
El ensayo El enigma argentino (descifrado para españoles) de Horacio Vázquez-Rial (Buenos Aires, 1947) es, según veremos, una excelente aproximación a esa realidad argentina que hoy nutre las cabeceras periodísticas y las conversaciones privadas.
Una realidad desgraciada, en donde cumple investigar los gérmenes de la ruina. Toda conjetura es lícita, pero acaso no exagere el autor al plantear como consideración previa que la Argentina puede desaparecer en cualquier momento.
Al cabo, en su baldío empeño de reinventar la economía local, los dirigentes del país acaban autorizando nuevos y más firmes datos para el pesimismo.
La opción fiable reside, por consiguiente, en proyectos de refundación y regeneración, como ese Movimiento por la Segunda República Argentina que Vázquez-Rial cita entre las soluciones más sensatas, pero que asimismo requieren más esperanza y también más paciencia.
Mientras tanto, a la hora de asumir los síntomas de inviabilidad social, surge lo que él denomina una épica de la frustración, acorde con el sentimiento de fracaso por no haber aprovechado las innumerables posibilidades que, al menos en el plano teórico, debieran beneficiar a los argentinos. Así es la naturaleza humana cuando los tiempos abandonan su buen cauce.
Al final, la diagnosis se vuelve confidencia. Quiere esto decir que el autor explora con lucidez todos los factores que concurren en este fatal determinismo, y descubre entre ellos el hecho de que Argentina «imagina media docena de pasados distintos, ninguno de los cuales coincide siquiera mínimamente con los hechos, como se demuestra cuando los electores van a votar a Perón y a Evita sin importarles que estén muertos».
Agrandando las dimensiones del panteón, aparecen además dos lápidas: la de los grandes hombres muertos en el exilio y la de los desaparecidos, cuya búsqueda nos da indicios de otras patologías personales y políticas. En definitiva, cada quien afronta su zozobra doblado por el peso de la memoria.
Al trasluz de este velo mortuorio, la reflexión se agita en oscuro mar de fondo, y nos conduce hacia esas áreas perdidas, marginales, donde el progreso deja de expresarse.
Lugares de la miseria, cuya población delata un problema social que hunde sus raíces en el siglo XIX. Y es que, según detalla Vázquez-Rial, fue erróneo llevar hasta la Argentina más mano de obra de la que resultaba necesaria. En contraste con ese aluvión migratorio –imprescindible para imaginar la nación– se sitúa el tránsito en sentido inverso.
Con certera pincelada, el ensayista explica las consecuencias de que 2.125.000 compatriotas intenten reconstruir sus identidades en el exterior.
A la hora de compendiar la historia reciente, el libro abunda en argumentos inapelables. Tomemos algunos ejemplos: cuando Perón lanzó la consigna «alpargatas sí, libros no», fracturó en dos a la sociedad argentina. De hecho, a partir de 1945, el peronismo tomó el lugar que correspondía a la izquierda tradicional.
Por otro lado, desde Videla hasta De la Rúa, existe una continuidad en la casta dirigente, lo cual confirma el mayoritario colaboracionismo de los actuales políticos con los antiguos represores. Vista en una perspectiva que va más allá de sus atrocidades más divulgadas, cabe definir la dictadura argentina como un proyecto delictivo que hizo estragos en la economía nacional, y al cual se vincularon cómplices internacionales que aún siguen obteniendo rentas del latrocinio.
En todo caso, aunque no hay lemas que valgan para discernir quiénes abrieron el foso, la simplificación resulta muy tentadora. Uno de estos desahogos es mencionado por Vázquez-Rial a propósito de aquella dictadura: «Pese a que el presidente Carter decretó el embargo comercial sobre Argentina por las reiteradas violaciones de los derechos humanos, y la Unión Soviética se esmeró por convertirse, y se convirtió, en el principal cliente exterior del país, los Montoneros (...) siguieron agitando el fantasma del imperialismo yanqui». Acaso, como dijo Tomás Eloy Martínez por boca de uno de los personajes de Santa Evita, a un olvido hay que oponerle muchas memorias, a una historia real hay que cubrirla con historias falsas.
Hondura y claridad de estilo son las virtudes predominantes de este ensayo, que en cada uno de sus apartados traspasa el límite en el cual una pesquisa periodística deja de ser coyuntural y admite el rango de las interpretaciones históricas más afinadas.
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