
A primera vista, las variaciones de la escritura destinada a figurar en una enciclopedia no constituyen lo que llamamos materia genérica.
En buena medida, se trata de textos concisos, informativos y accesibles que podrían figurar en cualquier publicación divulgativa. No obstante, al ordenarse por temas o alfabéticamente, esos artículos constituyen una arquitectura única que satisface dos criterios indispensables: multiplicidad de saberes e interrelación de éstos. Seguramente fue ese cruce disciplinar lo que llevó a Borges a afirmar que “la enciclopedia es quizá el más deleitable de los géneros literarios. Al menos lo ha sido”.
Naturalmente, el escritor proponía esta inclinación personal con la mirada vuelta hacia el pasado, pues a su modo de ver, las enciclopedias actuales “no son generalmente más que simples herbarios de estadísticas y de necrologías, destinadas no tanto a la lectura como a una consulta rápida y a un olvido inmediato”. En contraste, los antiguos proyectos enciclopédicos, “desde la Historia Naturalis, de Plinio, que es uno de los monumentos de la Edad de Plata Latina, las Etimologías de San Isidoro de Sevilla y el Triple Espejo de Vincent de Beauvais, aspiraban, por el contrario, a darnos la suma de los conocimientos humanos” (Borges A/Z, compilado por Antonio Fernández Ferrer, Madrid, Ediciones Siruela, 1991, pp. 80-81).
Cierto es que el editor contemporáneo reduce con severidad estos límites, y procura satisfacer la curiosidad −aún inexperta e instrumental− de ese lector modélico que cabría encarnar en un joven estudiante de bachillerato. Lo que se pone en duda, pues, coincide con la decadencia de una fórmula que definió el pintor y músico Alberto Savinio. Según ese patrón, enciclopedia implica saberlo todo y acarrea tanto una ciencia circular como una ciencia cerrada. Esto es, una ciencia integrada por todas las nociones que organiza y anhela el espíritu humano. En tal sentido, Savinio decide que “la enciclopedia es un arma, un arma polémica. Se comprende así el enciclopedismo de los renacentistas, se comprende el enciclopedismo de los enciclopedistas franceses, pero no se comprende la razón de una enciclopedia compilada hoy en día, excepto como guía de información práctica, o sea en contradicción de su misma naturaleza y fuera de su propio objeto”. (Nueva enciclopedia, trad. de Jesús Pardo, Barcelona, Seix Barral, 1983, pp. 155-156).
Quien lea estas líneas y pertenezca al gremio de los escritores que colaboran en las recientes enciclopedias −sean éstas de papel o digitales−, probablemente concederá la razón al avispado Savinio. A nadie se le oculta que las exigencias de este formato quedan hoy muy lejos de esa experiencia intelectual que culminaron Diderot y d’Alembert.
“Recordemos −dice Borges− que les había tocado en suerte el siglo cumbre de la prosa francesa, que, por lo demás, contribuyeron a enriquecer. El siglo XIX continuaría, a su manera, la tradición, que decae en nuestros días. Basta comparar los volúmenes de la Enciclopedia Británica anteriores a 1911, los del Gran Larousse del siglo XIX, los del Brockhaus y Meyer, con los arduos e insípidos resúmenes con los que se nos aflige ahora” (Borges A/Z, op. cit., p. 81).
¿Cuestión de estilo o quizá de profundidad y alcance de lo expuesto? Al fin y al cabo, creemos con George Steiner que el contexto es siempre dialéctico, y de ello se sigue que el consumidor de este tipo de producciones editoriales ya no valora los materiales relevantes, las firmas de prestigio y los destellos de genialidad que antaño caracterizaron a los tomos del Espasa o la Británica.
En cierto sentido, la ensambladura de algunas de aquellas ediciones nos lleva a observarlas en paralelo con otro almacén de saberes: la biblioteca. Claro que en este caso el orden es aún más arbitrario, pero el cotejo no es del todo desafortunado. Ya dice Alberto Manguel que “las categorías que un lector aporta a la lectura, y las categorías en las que se sitúa la lectura misma [...] se influyen constantemente de maneras que parecen, a lo largo de los años, más o menos arbitrarias o más o menos imaginativas” (Una historia de la lectura, trad. de José Luis López Muñoz, Madrid, Alianza Editorial, 2001, p. 277).
Por esta senda, parafraseando a Manguel, podemos afirmar que toda enciclopedia es una enciclopedia de preferencias y toda categoría elegida implica una exclusión. Lo cual nos lleva a un asunto esencial: el de las taxonomías.
“Me encanta el orden −proclama Augusto Monterroso−. Y las taxonomías, aun las caóticas que cita o inventa Borges, a quien yo a mi vez he clasificado junto a Kafka como humorista, son un intento más o menos esperanzado de ordenar el caos”. Así, pues, ¿en qué medida la enciclopedia convierte los logros de cada personaje en una tradición? ¿Proporciona la enciclopedia un perfecto ajuste de los prestigios locales y foráneos? “Si clasificar es útil, verse clasificado es más útil aún −dice Monterroso−, pues de cualquier manera constituye un estímulo para el autoconocimiento, o, por lo menos, para un principio de autoexamen, que nunca está de más” (Viaje al centro de la fábula, Madrid, Alfaguara, 2001, p. 65).
A modo de digresión, y tratando de romper esa monotonía que afecta hoy al género, proponemos la inclusión en los volúmenes enciclopédicos de ese campo de relaciones mágicas que organiza la poesía. Hay una sugestiva posibilidad en esa sustitución del orden alfabético por el orden sentimental y estético. Se trataría, para ser precisos, de un orden que sólo cabe en el formato multimedia.
“Las cosas −escribe Octavio Paz− no se ordenan conforme a las jerarquías de la ciencia, la filosofía o la moral. El valor de los objetos no reside en su utilidad ni en su significación mundana (lógica o histórica) sino en su vivacidad: aquello que los une a los otros objetos en una suerte de copulación universal y los transforma en cosas nunca vistas. La metáfora es el agente del cambio y su modo de acción es el abrazo. (Cuadrivio, México D. F., Joaquín Mortiz, 1980, pp. 82-83).
Todo esto, claro, no es una utopía ni una extravagancia. Hace unos años se publicó en disco compacto una enciclopedia sobre Borges que asumía esta ilimitada diversidad (Nicolás Helft y Daniel Ferro [dirs.], La biblioteca total. Viaje por el universo de Jorge Luis Borges, Buenos Aires, Weber Ferro, 1996).
“En verdad −lo dice Alberto Savinio−, hoy ya no es posible una enciclopedia al estilo del XVIII, de la misma forma que tampoco cabe aproximarse a la sabiduría según la conceptuaban los ilustrados. Y es que en esta crisis humanística que nos ha deparado el siglo, no hay una homogeneidad del conocimiento, ni tampoco una afinidad espiritual entre los conocimientos. Hoy no hay una tendencia común de las disciplinas. Lo que hay hoy es un hondo desequilibrio entre las disciplinas, y esta es la razón de la ‘crisis de la civilización’ que ya denunciaron Spengler y, después de él, Huizinga”. (Nueva enciclopedia, op. cit., p. 156).
(La primera versión de este artículo fue publicada por el Centro Virtual Cervantes)
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