
El fin de la locura, Jorge Volpi, Barcelona, Seix Barral, 2003, 468 pp.
Volpi muestra señales de querer apropiarse de la historia del siglo XX para confeccionar su literatura.
Es muy probable que la idea misma sea común a muchos otros escritores, pero no son tantos los que, fuera del circuito peculiar de los best–sellers, citan en la misma encrucijada a criaturas de ficción y a remedos ficcionales de personajes que un día fueron de carne y hueso.
El riesgo, por esta vía, acecha, y es un error suponer que la operación fluye con naturalidad.
De otro lado, el escritor mexicano insiste en otra mixtura: la que injerta en el modelo novelesco esquemas propios del ensayo.
Tal vez sea un prejuicio insistir en ambas fórmulas, sobre todo cuando la novela ensancha hoy sus límites a voluntad –piénsese en los escritos de Magris, Calasso y Sebald–, pero será orientativo para el lector saber que El fin de la locura incluye digresiones de variada longitud que hubieran sido publicables a modo de artículo.
En sentido contrario, si extrajésemos del manuscrito original los episodios inventados, no habría problema en publicitar la obra como un divulgativo ejercicio periodístico.
Cosa distinta es valorar la fortuna lograda en ambos tránsitos, sobre todo si los juzgamos con más exigencia que simpatía.
Quienes conozcan la anterior entrega de Jorge Volpi, En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999), sabrán de la buena acogida que le brindó el público: fue traducida a diecinueve idiomas, obtuvo el premio Biblioteca Breve y otros galardones sancionaron el éxito de ventas.
Notable por su economía narrativa, aquella novela era un dignísimo entretenimiento, competente al dosificar la acción intercalando asimismo datos de enjundia histórica.
Ese antecedente hace sospechar que acá se ha pretendido repetir la jornada, sobre todo en busca de un lector afín.
De hecho, en el tono de ambos proyectos hay un aire familiar: si en aquel caso el protagonista ubicaba su peripecia entre los científicos que participaron en el proyecto atómico, el personaje central de El fin de la locura sondea los ambientes intelectuales y políticos de fines de los sesenta y los setenta.
Pero la diferencia, opinable sin duda, es que el nuevo relato carece de intriga y falla a la hora de transmitir cierto sentido de la vida.
De muy desigual factura, esta novela puede, con todo, atraer a un lector a quien le anime transitar a grandes pasos por el París de mayo de 1968, participando a la vez en la dramaturgia estructuralista.
No sin prevenciones, podría decirse que las páginas mejor cuidadas del volumen atañen a los eruditos que acuñaron ese entramado teórico, y es lástima que de tan magnífico anecdotario no haya podido extraer Volpi –minucioso recopilador de informes– un espinazo lo suficientemente robusto como para sostener toda su obra sin caer en la pura didáctica.
Es más, aunque éste hace decir a su narrador buen número de confidencias acerca de Lacan, Greimas, Althusser, Roland Barthes, Deleuze y Foucault, a ratos el discurso suena poco creíble y el artificio, anunciado como realista, termina por desflecar sus costuras.
Con bastante mejor humor, alejándose ya de la atmósfera parisina, adquiere brío la aventura del protagonista en Cuba, donde interviene en el voto del premio Casa de las Américas y ensaya el psicoanálisis de Castro.
Quizá ello sea el logro más elogiable en este tramo, e insinúa lo que, apostando con claridad por la ironía, hubiera sido una novela menos fragmentaria y probablemente de más luminosa inspiración.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
29 días atrás
29 días atrás
45 días atrás
164 días atrás
164 días atrás
164 días atrás
290 días atrás
419 días atrás
1842 días atrás
834 días atrás
4504 días atrás
3043 días atrás
5599 días atrás












































































