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El léxico taurino. Entrevista con José Carlos de Torres

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José Carlos de Torres es investigador científico del Instituto de la Lengua Española desde 1989 y miembro del Consejo Editorial de revistas científicas como la Revista de Filología Española, Anales Cervantinos y la Revista Española de Lingüística. Asimismo, es Socio fundador de la Sociedad Española de Lingüística (1970) y de la Asociación de Cervantistas (1988). En el año 1999, le entrevisté para la revista Cuadernos Hispanoamericanos. He reducido al mínimo las preguntas de aquel diálogo para subrayar la erudición de sus respuestas.

¿De dónde proviene su afición a los toros?

Ha sido la tauromaquia una pasión personal, hondamente sentida. Más aún, ha inspirado una parte considerable de mi trabajo como investigador, desde que completé mi tesis doctoral, titulada Contribución al estudio diacrónico del léxico taurino español: Fuentes y clasificación del mismo (siglos XVI-XX). Don Antonio Díaz-Cañabate me ayudó muchísimo en este trabajo académico; puede decirse que fue mi asesor, quien me puso en contacto con una serie de toreros y expertos para que cooperasen en la interpretación de la terminología recogida por mí, dado que yo era un aficionado, pero aún no sabía interpretarla.

Aparte del léxico técnico, objeto de mi tesis, me puse luego a estudiar el léxico taurino en las obras literarias, y fui publicando actas en congresos y artículos alrededor de ese asunto, deteniéndome en el análisis de las fuentes medievales castellanas, el ciclo celestinesco, la novela picaresca española, la obra cervantina, el ciclo teatral de Calderón y los escritos de Nicolás Fernández de Moratín.

Mi actividad investigadora continúa en curso, y uno de sus últimos frutos ha sido el Diccionario del arte de los toros, publicado en 1996.

La trayectoria de la fiesta nos enseña que, desde sus primeras formulaciones, es rito y juego con la muerte, porque al toro lo burlan y luego lo matan. Es una ceremonia en la cual el toro es el héroe que va a ser sacrificado por un dios-torero, dios que va a arriesgar la vida y va a coronarse superior a la fuerza bruta de la Madre Naturaleza representada por el astado.

Como es bien sabido, los orígenes de la lidia son anteriores al cristianismo. El ganado bravo habitaba la cuenca del Mediterráneo y había una serie de ejercicios en los que se le utilizaba, como muestra la arqueología. Obviamente, se trata de prácticas que nada tienen que ver con el toreo tal y como ahora lo concebimos.

La tauromaquia y la literatura parecen ir ligadas.

El estudio del léxico taurino, en su reflejo literario, pone de relieve tres ciclos diferenciados en la evolución de la lidia. Entre los siglos XIII y XV, se menciona en las fuentes escritas medievales el correr, lidiar y matar toros, una práctica procedente del campo, en la cual coexisten la lidia a pie y a caballo, organizada en una explanada, dentro de la urbe o en sus cercanías. La fiesta de toros aparece citada en fuentes escritas desde el siglo XVI, y destaca en ella el toreo a caballo por parte de los nobles, por oposición a la lidia de las clases populares, practicada sobre todo a pie. Y la corrida de toros, llamada durante cierto tiempo función de toros, cuyos inicios hay que situarlos en el siglo XVIII, caracterizada por celebrarse en plaza.

Después de haber esbozado la cronología del fenómeno, quisiera anotar a continuación una serie de ejemplos y precisiones relacionados con el léxico que nos ocupa. El repertorio se abre en el siglo XIII, con la legislación ordenada en las Siete Partidas del Rey Don Alfonso el Sabio. En este caso, lo que le inquieta a Alfonso X es el peligro derivado de ese espectáculo multitudinario que es el correr, lidiar y matar toros:

"Cuerdamente deben los perlados traer sus faciendas como homes de quien a tomar los otros enxiemplo, así como desuso es dicho. Et por ende non deben ir a ver los trebejos, así como alanzar, o bofordar, o lidiar toros o otras bestias fieras et bravas, nin ir veer los que lidian (...)"

Se nos presenta el correr toros como una práctica ejercitada normalmente a caballo, por la mayor velocidad de la res en comparación con el ser humano. Es algo que, sin embargo, también debieron hacer en las villas, aprovechando esas calles que en las urbes cristianas llamaban maestras. Los encierros de hoy son una pervivencia de esta usanza.

Lidiar es palabra más técnica, pues además de correr ante la res, también define la lucha con ella entablada. El hombre se atrevía a jugar en este rito con el toro antes de sacrificarlo. Para tener una imagen de semejante actividad, hay que echar mano a los relieves que aún se conservan en el monasterio de Santo Domingo de Silos. También en algunas miniaturas de las Cantigas hay constancia de este tipo de enfrentamientos con el animal, y se ve que existen personas acostumbradas a estos lances.

Además de las fuentes alfonsíes, hay en este periodo otros textos con un fondo moral, escritos por personas ligadas a la Iglesia. En el siglo XV el Arcipreste de Talavera apenas habla de toros, pero sí censura las multitudinarias reuniones que se organizan en los pueblos, ya que, al haber mujeres, también existe a su juicio posibilidad de pecado. Pero el peligro no era tanto el elemento femenino sino el derivado de correr toros, una práctica de verdadero riesgo que supone un desafío a lo razonable que puede ser la vida.

Las fuentes son muy parcas hasta el siglo XV. Por las noticias existentes, este tipo de festejos podrían resumirse en lo que Argote de Molina llamaba montería de toros. Actos multitudinarios, organizados por un noble o con motivo de una fiesta religiosa, bastante sangrientos porque había gente que se metía delante del toro y no sabía cómo hacerlo. De ahí la posterior protección de las leyes.

Una crónica del siglo XV, Hechos del Condestable don Miguel Lucas de Iranzo, refleja estas costumbres, muy extendidas en el pueblo cristiano castellano. La cita siguiente, extraída de dicho texto, incluye la descripción de un quite, durante una fiesta que el Condestable celebra con su séquito en la jiennense plaza de San Juan, en 1461. Su precisa descripción demuestra que los caballeros conocían las particularidades del ejercicio taurino:

"Y después que ellos y todas las gentes de las otras mesas ouieron comido, dançado y cantado, llegada la tarde, el dicho señor Condestable caualgó, et todos los otros con él, et fue a la plaça de San Juan, do mandó correr çinco o seis toros. Y como el vno dellos tomase en los cuernos vn onbre, debaxo del mirador donde estaua, con muy grand discriçión et presteza le socorrió, echando en los cuernos del toro vn coxín de brocado que debaxo de los cobdos tenía; y el toro, por tomar el coxín, afloxó del onbre, et así fuyó y escapó con la vida".

¿Hay otras referencias léxicas que pueda mencionar?

Por su interés lexicográfico y literario, vamos a mencionar, siquiera brevemente, algunos casos de léxico taurino usado en sentido figurado a lo largo de este periodo. El primer pasaje corresponde a El Libro de Alixandre, y en él una persona que lucha es comparada al toro lidiador:

"Quando vido aquesto el hermano menor,

tollió sele delante al toro lidiador;

si un poco quisiesse refertar al señor,

fiziera-l esso mismo que fizo al mayor".

Pedro López de Ayala en su Libro de Poemas o Rimado de Palacio recurre a un efecto semejante:

"Anda el rey con esto en derredor, callado;

paresce que es un toro que anda agarrochado".

Y en el Cancionero de Juan Alfonso de Baena encontramos una comparación relacionada con la condición de bravura y virilidad atribuida al toro:

"Quando fuere dado el bueleo a la rueda

e fuere tirado el exe del clauo,

allá será manso quien antes fue brauo"

Hay más ejemplos, a cual más interesante. Fray Íñigo de Mendoza tiene un Cancionero críptico en el cual hay términos taurinos usados con sentido político. Entre otros, también recurrirán a la materia taurina Fernando de Rojas y los autores del llamado "ciclo celestinesco".

Conviene, no obstante, hacer aquí una aclaración, pues aunque parece que entre los musulmanes había alguna práctica taurina, esto semeja más bien una simple cristianización de costumbres en algunas partes de Al-Andalus, porque el Corán no contempla esa posibilidad. Es un error craso, por tanto, pensar en una raíz musulmana de la fiesta, pero Moratín recoge esa probabilidad en sus famosas quintillas y, basándose en ello, las plazas construidas en España durante el siglo XIX se edificarán con estilo mudéjar.

Cuando en el siglo XV la nobleza castellana concluye la guerra de Granada, es perceptible un cambio ideológico y cultural muy importante que en el terreno que nos ocupa conducirá a la aparición de la fiesta de toros. La Plaza Mayor, importada de Italia y extendida con el Renacimiento por Andalucía, Levante y, más tarde, Castilla, es un lugar despejado en el cual pueden ejercitarse con amplitud las prácticas taurinas a caballo y a pie. Aparecen las Advertencias y Reglas para torear a caballo, donde, sin haber todavía un vocabulario técnico específico, hay una lexía elemental relacionada con las suertes, el ceremonial e incluso los tipos de toros y su embestida. Aún no existía la ganadería selectiva como tal; las toradas estaban en manos de la nobleza, y en ellas convivían el ganado bravo y el manso. Cuando los mayorales se percatan de que ciertas reses embisten, esos toros son los elegidos para las fiestas en la ciudad.

Existe una etiqueta para el toreo ecuestre. La ceremonia que significa toda fiesta de toros está presidida por el Rey o el Comendador de la ciudad y se organiza con motivo de una festividad religiosa o un acto solemne. Lo curioso es que las fuentes al respecto, según el léxico que tengo estudiado, demuestran que va forjándose una tradición que se mantiene y perfecciona hasta entrado el siglo XVIII, cuando Diego de Torres y Villarroel redacta las últimas reglas para torear a caballo.

En lo referido a otro tipo de textos, disponemos de relaciones en prosa y verso bastante ilustrativas de cómo se desarrollaban las prácticas taurinas en los siglos XVII y XVIII. Cuando en 1624 Felipe IV viaja a Andalucía en compañía del Conde Duque de Olivares, llega hasta el Coto de Doñana. Y por la relación del viaje, sabemos que allí se organiza una fiesta. Desde una tribuna, el Rey y su séquito asisten a la demostración taurina de los mayorales del Duque de Medina Sidonia, quienes hacen suertes, mancornan al toro con las manos y torean con garrochón a las reses de la marisma.

Como atestiguan las calas que hemos analizado, en las relaciones del siglo XVII ya se advierte cómo alguien es capaz de dar una estocada al toro y matarlo. No obstante, las herramientas más usadas en estas actividades eran los rejones y las lanzas. Cuando un noble salía a enfrentarse con la fiera, iba acompañado por otro caballero, que hacía las veces de padrino. De este modo, si el noble sufría un percance, perdía el arma o era derribado de su montura, empeñaba su honor. Cuando no podía continuar la lidia normal, su padrino debía entrar en acción de inmediato, con el cometido de buscar al toro y hacerle una herida. No debía matarlo sino causarle una herida, con lo cual quedaba desempeñado el honor del primer caballero. En la lidia moderna pervive un eco de aquello: cuando el torero sufre un desarme por el toro, se considera un desdoro, porque su enemigo le ha arrebatado el engaño.

El Siglo de Oro es un periodo fundamental en este ámbito, ¿no es cierto?

La literatura áurea testimonia este tipo de costumbres y abundan en ella los pasajes taurinos. En auge a partir del siglo XVI, la fiesta se nos presenta como un fenómeno que interesa a diversos literatos, por ejemplo a Miguel de Cervantes. Ese vínculo de Cervantes con los toros se advierte en bastantes pasajes de su obra. Queda claro que vio fiestas de toros y capeas, pero él no se retrata en sus escritos. De hecho, no puedo afirmar que le gustase la fiesta. Quizá cuando encaja tan perfectamente el léxico taurino en los diversos contextos lo hace sólo por curiosidad, pues le importa este aspecto del habla del pueblo. Resulta sintomático hallar en sus obras dichos populares ("bramar como un toro", "verse en los cuernos del toro") y, junto al testimonio de las usanzas taurinas de la época, es detectable una fina burla de la fiesta, como sucede en el Quijote.

El resultado de mis investigaciones acerca de esta cuestión fue un artículo de ensayo, El léxico taurino en la obra cervantina, en el cual clasificaba el material analizado en tres grupos: el léxico taurino relacionado con las descripciones de las fiestas de toros, su ceremonial, suertes, armas y demás objetos relacionados; el léxico taurino en sentido figurado; y, por último, los refranes y dichos taurinos. Diversos ejemplos cabe traer a colación de cada uno de los apartados. Así, en la segunda parte del Quijote, un pasaje del capítulo XVII expresa la separación social existente en la práctica del toreo. Mientras los caballeros torean a caballo, el pueblo lo hace a pie y de forma tumultuosa. En este sentido, le dice Don Quijote a don Diego de Miranda:

"Bien parece vn gallardo cauallero a los ojos de su rey, en la mitad de vna gran plaça, dar una lançada con felize sucesso a vn brauo toro".

La expresión Ciertos son los toros figura en la siguiente cita, procedente de la primera parte del Quijote, capítulo XXXV. Con ella, según indica la Academia, "se afirma la certeza de una cosa, por lo regular desagradable, que se temía o se había anunciado":

"¿No lo dixe yo?", dixo oyendo esto Sancho. "Sí que no estaua yo borracho; ¡mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! ¡Ciertos son los toros; mi condado está de molde!"

En la segunda parte, capítulo XIV, incluye Cervantes un refrán que, con ligeras variaciones, continúa en uso:

"Antes creo, Sancho", dixo Don Quixote, "que te quieres encaramar y subir en andamio por ver sin peligro los toros."

Un conocido pasaje de la segunda parte, en su capítulo LVIII, alude a la conducción de ganado bravo:

"Llegó el tropel de los lanceros, y vno dellos que venía más delante, a grandes vozes començó a dezir a don Quixote:

"¡Apártate, hombre del diablo, del camino; que te harán pedaços esos toros!"

"¡Ea, canalla!", respondió don Quixote, "para mí no ay toros que valgan, aunque sean los más brauos que cría Xarama en sus riberas! (...) No tuuo lugar de responder el baquero, ni don Quixote le tuuo de desuidarse, aunque quisiera; y, assí, el tropel de toros brauos y el de los mansos cabestros, con la multitud de los baqueros y otras gentes que a encerrar los lleuauan a vn lugar donde otro día auían de correrse, passaron sobre don Quixote y sobre Sancho, Rocinante y el ruzio, dando con todos ellos en tierra, echándole a rodar por el suelo".

Por lo que concierne al léxico donde "bravo" hace referencia al "toro corrido", disponemos de unos versos del cervantino Viaje del Parnaso:

"Otro que, al parecer, de argentería,

de nácar, de cristal, de perlas y oro

sus infinitos versos componía,

me dixo (brauo, qual corrido toro):

no sé yo para qué nadie me puso

en lista con tan bárbaro decoro".

Como Cervantes, también Lope de Vega permanece atento al lenguaje hablado y los dichos populares, y emplea el léxico taurino en varias de sus obras. Un ejemplo precioso lo hallamos en Querer más y sufrir menos, una comedia cuya autoría se le atribuye:

"Leonor: ¿Celos pides, celos tienes?

D. Diego: ¡Celos tengo, celos pido!

Leonor: ¿De quién, D. Diego?

D. Diego: De quien

premiado y favorecido,

para pedirme un listón

me sacó, siendo mi amigo

al campo, donde me hallé

ni enojado ni corrido. (...)

¿No has visto un toro en el coso,

que acosado y combatido

del que le burla con tretas,

del que le irrita con silbos,

del que le ofende con hierro,

del que le ultraja con gritos,

del que roto y destrozado

entre sus golpes se ha visto

en los brazos de la muerte,

y apenas restituido

a la vida y al aliento,

busca segundo peligro?"

Es innegable que estos versos suenan a Lope. Lo que no habrá es certeza de su autoría. No obstante, de no ser obra suya, él los ha debido retocar, pues conservan su impronta.

En contraste de lo que sucede con Lope y Góngora, atraídos por los toros y su retrato literario, a Calderón de la Barca está claro que le gusta más el caballo, un animal noble que ennoblece al caballero y que despierta el interés de la pintura y la escultura de siglo XVII (Hay por entonces pocos lienzos de tema taurino y sus autores no son de calidad. No deja de ser curioso que la pintura del Siglo de Oro, interesada por ambientes cortesanos, ignorase el mundo del ganado bravo.) En lo referido al temario taurino, Calderón se siente atraído por su aspecto más jocoso. Por lo que podemos hallar en sus comedias, da la impresión de que no se tomaba muy en serio aquello. No llega a movilizarse con la pluma contra los toros, como un antitaurino más, pero tampoco parece que le gustase la fiesta. Un adecuado exponente de esta postura del dramaturgo es el entremés titulado El toreador.

Al hilo de estos ejemplos, conviene destacar que la literatura de este periodo refleja muy bien el contexto de la fiesta. Cabe incluso hacer historia de los toros a través de las fuentes literarias y, de hecho, es un proyecto que posiblemente lleve a cabo, pero deteniéndome en la terminología taurina. Será un libro de divulgación más que un libro técnico, porque el léxico taurino en la literatura no tiene tanto valor como el procedente de fuentes técnicas; es un léxico de creación, no fijado.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


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