
El nido de la serpiente. Memorias del hijo del heladero, Pedro Juan Gutiérrez, Anagrama, Barcelona, 2006, 211 pp.
Por caminos tortuosos, este memorial de Gutiérrez viene a desembocar en noviembre de 1969.
¿Hay alguna anotación concluyente en este almanaque? Sólo la que sigue: «Mi problema principal era que no sabía cuál era mi rumbo. No tenía la más mínima idea».
Así pues, sólo la indecisión negligente encuentra adecuado cauce en la nostalgia del autor.
Poca cosa, en lo que toca a profundidad psicológica, sobre todo si se tiene en cuenta que el cubano desgrana sus recuerdos juveniles acudiendo al engaño de los detalles más escabrosos.
Pormenores truculentos, sí, aunque a nadie se imponen ni a nada comprometen.
Lo sabemos hasta la saciedad: ya es típico y hasta trivial que el sexo, el insomnio y los tragos de alcohol se introduzcan (por derecho o de refilón) en los cuentos de la moderna bohemia.
Claro que, buscando el auspicio de modas y subgéneros –feísmo, realismo sucio–, caben acá las comparaciones.
Pero no las busquemos en la identificación del autor con Bukowski o Henry Miller, cuya guía espiritual ha inspirado notables bodrios y algún acierto esporádico.
En el regateo de Gutiérrez, cuya táctica él mismo se encarga de avisar, los momentos de agobio y la salida por peteneras sustituyen al pavoneo de largo recorrido.
Y esto me lleva a recordar que sus historias pertenecen a la misma variedad de anécdotas sanjuaneras que Klaus Kinski –actor sugestivo, tipo miserable– anotó en sus memorias.
¿Habrá que mencionarlo? Con el mismo timbre sonoro que usaba Kinski, el novelista va cantando sus recuerdos, y de conformidad con el rijoso alemán, mide por igual rasero al rufián que al inocente.
La prisa y la obscenidad empujan el lápiz del cubano.
Sorprende enterarse de que haya razones en su documento ("Yo quería ser alguien en la vida y no pasármela vendiendo helados"), puesto que la suma y sigue comienza con herrumbre y termina con gratuitos furores ("Al fin la vi desnuda. El vientre fláccido, piernas y muslos cubiertos de varices, las tetas grandes y caídas, la piel sucia y empercutida, los dientes amarillos y podridos").
Gutiérrez tiene oficio e ironía, esto no se discute, pero resulta bien dificil localizar tesoros en su escritura.
Lo peor, la excitable máscara que sitúa en el centro del escenario ("No me podía sentir bien y ser feliz porque me sentía sobreviviendo en medio de una jauría feroz y sanguinaria»; «Le di unas cuantas patadas más. Agarré el machete y lo alcé para rajarle la cabeza a la mitad»).
De otra parte, a diferencia de lo que sucede con obras de mayor talento, aquí la derogación moral de los personajes no devenga intereses literarios.
Ciñéndonos a lo esencial, una escandalera funciona por contraste, en la medida en que turba algún plácido sueño e implica un razonamiento.
Cuando se prolonga en exceso, infunde sospechas e incluso puede conducir al hartazgo.
Digámoslo así: el aquelarre sólo empieza a tomar cuerpo narrativo por medio del contrapunto.
Pero en el caso que nos ocupa, el autor carga la mano, y por exceso, cae en la caricatura pornográfica y cochambrosa ("Volvimos a las pajas. En eso se nos fue la noche. Muy entretenidos. Metiendo buches de alcohol de noventa").
De nuevo habrá que preguntarse si Gutiérrez, un escritor enérgico, bien dotado para la impresión lacónica y punzante, será capaz de superar en el futuro este balance desperdiciado por la monotonía.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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