
La figura paterna es débil en nuestro escritor. Así es como sustituye el apellido del caso por Stendhal o Brulard, en la enmascarada autobiografía que lleva ese título. La amistad entre padre e hijo fue escasa.
Oblicuamente, éste odió al otro en la figura de la tía Serafia, amante del padre, la primera en definir a Henry como un monstruo. Con este antecedente, la infancia y la juventud resultan dramáticas. La familia es ultra y tiene manías nobiliarias «a la española». El padre es un abogado que sólo habla de propiedades y de dinero.
Durante el Terror estuvo preso, sospechado de no amar a la República. HB (Henri Beyle o Henry Brulard), para huir de él y de la asfixiante Grenoble natal, estudia matemáticas. Su maestro es un abate jesuita del cual aprende a detestar el catolicismo. Es entonces cuando se inventa una ascendencia italiana y se deja seducir por ella, o sea por su literatura, es decir por Dante.
Un espejo paterno sustituto es su abuelo materno, un volteriano. Es quien fija su filiación imaginaria como materna. En efecto, la madre, mujer encantadora de la cual HB está enamorado, muere cuando él tiene siete años (durante los diez siguientes su alcoba permanecerá clausurada). Con insistencia recordará las sesiones de besos que el padre solía interrumpir. La escena queda fijada en la vida sentimental del personaje, quien siempre se acercará a las mujeres como un niño a su mamá. Las relaciones de ellas con los varones adultos son cosas de los demás, a partir de ese tío paterno, abogado elegante que revuelve la fantasía precoz del sobrinito: las amantes ricas le pagan y él paga a las amantes pobres. El matrimonio, desde luego, también queda fuera de todo plan. Es cosa de sus hermanas.
La verdadera instancia paterna es la literatura. De niño, HB cree que Dios le manda escribir una historia de la pintura en Italia y, mientras lee de tapadillo a Voltaire en la biblioteca del abuelo, dibuja caricaturas de su familia. Duda entre ser letrado y pintor, hasta que lee el Quijote, seguramente en alguna adaptación para niños, abundante en grabados.
Se ríe: es la más bella escena de su vida. Curiosamente, años más tarde también Flaubert descubrirá su vocación de escritor leyendo el Quijote. De allí, de ese riñón del barroco, parte hacia Moliere y sus comedias, hacia Ariosto y su caballería cortesana, tan próxima al mundo quijotesco y a la ópera. Con apenas diez años bosqueja una comedia. Toda su vida querrá ser lo que no será: autor dramático. Quizá por ello se vuelve operómano. Palacio de la paternidad, la literatura le ofrece una compleja galería de espejos. Los consabidos –maestros cercanos, contemporáneos– no le valen. O se imagina anacrónico o se erige en único y, por lo mismo, incomparable. Esta alternativa condición tiene sus propias tensiones.
No es nada complaciente ni vanidoso con sus obras, corrige sin cesar, se juzga severamente, sobre todo en cuanto a la elocuencia, que siempre le parece muestra de un estilo excesivo. En cuanto a las ideas de su tiempo, las ve como creencias inaceptables. Hasta llega a pedir perdón al lector por lo mal que escribe. La literatura, igual que las mujeres, suscitan su narcisismo masoquista. Me atrevo a formular toda una estética stendhaliana a partir de estas premisas: la renuncia a toda ambición artística a favor de lo que él acepta como única «verdad». Por eso –supongo que no por otra cosa– le molestan los éxitos coetáneos: Hugo, Vigny, Lamartine.
La justa medida de la admiración por un escritor sólo se da a distancia. De cerca, es excesiva o mezquina. En general, los escritores de su tiempo –estamos en plena Restauración y subsiguiente monarquía liberal– no le gustan porque fingen ser nobles cuando son burgueses. Sencillez y claridad que deflagran todo énfasis sólo se alcanzan pasando a la escritura el tono de la conversación. Por el contrario, la vida literaria hacia 1840 es miserable y su única fertilidad es la pequeña desdicha. No hay conversación sino mera y mezquina cotilla.
La lista de ejecuciones stendhalianas da para un patíbulo literario. Chateaubriand es puro y grandioso pero no puede acabar de leer Rene; igualmente ilegible es el enfático Rousseau, medio charlatán y medio pardillo, que quiere engañar exponiendo el fondo de las cosas sin ocuparse del estilo; pareja antipatía le provocan Madame de Staél, Buffon y el pueril Voltaire, que exagera su maldad para no pasar por incauto,para hacerse cortesano y superar el complejo del plebeyo ennoblecido en el siglo XVIII; en general, los filósofos le resultan genios que escriben aburridos poemas que se podrían resumir en cuarenta páginas, salvo Bacon, por lo útil de sus textos, uniendo el sentido anglosajón de lo provechoso con el latino de la bella escritura; por el contrario, George Sand pretende ocuparse de la alta filosofía y apenas se interesa por la moda en el vestuario; Saint-Simon, a despecho de su estilo profundo, es un jansenista superficial y bilioso; Boileau y Racine se creían muy sabihondos pero ignoraban a Shakespeare; Schiller no pasa de ser un alma bella que imita a Shakespeare, aunque por encima del chato Goethe.
No todos los espejos están velados y los escasos pero selectos maestros que acepta Stendhal guardan una coherencia de época y cultura: son barrocos conceptistas que lo llevan al idealizado mundo de la caballería cortesana. Desde su precoz devoción por Cervantes y Ariosto no es difícil llegar a Shakespeare.
Si bien su retórica es halagadora para el público y le da dinero, cuando no retoriza es capaz de erigir modelos: Macbeth, tragedia en versos alegres y esa lección de modestia que impone releer el final de El mercader de Venecia. ¿Cómo hay que escribir? Como Corneille, el verdadero estilista francés (no Racine, mero aparejador de textos) y, especialmente, como Montesquieu. O sea: saltar sobre el siglo XVIII, racionalista y cortesano, eludiendo lo contemporáneo, y llegar a las fuentes de la lengua literaria francesa, el siglo XVII.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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