
El 17 de septiembre de 1976 se estrenó, con desbordante fuerza, El desencanto, documental de Jaime Chávarri sobre la familia Panero.
Detrás del umbral, a los sones de la Sonata para piano D 959 de Schubert, los Panero se sometían a una anamnesis que comenzaba en Astorga, el 28 de agosto de 1974. Fecha bien significativa, pues en una plaza de la ciudad se rendía homenaje a Leopoldo Panero, hijo destacado del lugar. En apresurado protocolo, asistían al festejo su viuda, Felicidad Blanc, y dos de sus hijos, Juan Luis y Michi. Lo que mostraba luego la cámara forma parte de los clásicos de la cinematografía española: una cadena de confesiones, a cual más aguda y descarnada, que servía para retratar el conflicto existente entre el poeta leonés y los suyos, genuina metáfora de la quiebra generacional española. Lanzados a una tempestad emocional sin parábolas ni disfraces, los Panero —incluido Leopoldo María— interpretaban el significado de los síntomas neuróticos, las represiones y rupturas que trazaban su itinerario íntimo, prestándose a desempeñar su parte en este drama de la España antagónica.
La pertinencia de estos fotogramas para una semblanza de Leopoldo Panero (Astorga, 1909-Castrillo de las Piedras, 1962) está en que, si pensamos en ese testimonio acerca de su faceta subyacente —autoritaria, reconcentrada, aún más amarga en los últimos años—, se proyecta un chorro de luz sobre su creación poética. Puede pensarse justificadamente si la testificación familiar distorsiona más que aclara. En todo caso, es cierto que enriquece una mirada que hasta ese punto había sido de homenaje. (Léase en esta línea el número especial que le dedicó la revista Cuadernos Hispanoamericanos en julio-agosto de 1965.)
Pero, por muy forzado que pueda parecer, ¿cabe una sola definición de Panero? En sus líneas más destacadas, el currículo del escritor viene muy al caso: los estudios de literatura inglesa y francesa en Cambridge, Tours y Poitiers desde 1931 a 1936, sus primeros versos en Nueva Revista y Cruz y Raya, su trato con Pablo Neruda en la fundación de la revista Caballo verde para la poesía (1935) y, naturalmente, la complicidad libresca de su hermano Juan, muerto en accidente de tráfico el 7 de agosto de 1937. Síntomas, en fin, de dolor humano y vocación literaria que se subrayan tras la guerra civil, cuando el poeta, ya situado en el bando vencedor, se vincula a la revista Escorial junto a sus compañeros Laín Entralgo, Ridruejo y Rosales.
Su producción poética de posguerra se constituye como un dispositivo de intimidad dolorida, emoción metafísica y esencialidad expresiva, impuesta en motivos como la muerte o el paisaje. Tras editar La estancia vacía (1944) y Versos al Guadarrama (1945), su libro Escrito a cada instante (colección La Encina y el Mar, Madrid, 1949) es reconocido con el Premio Nacional de Literatura. Sin duda, los materiales congregados habitualmente por Panero quedan de manifiesto en la pieza que da título a ese poemario:
"Para inventar a Dios, nuestra palabra
busca, dentro del pecho,
su propia semejanza y no la encuentra,
como las olas de la mar tranquila,
una tras otra, iguales,
quieren la exactitud de lo infinito
medir, al par que cantan...
Y Su nombre sin letras,
escrito a cada instante por la espuma,
se borra a cada instante
mecido por la música del agua;
y un eco queda solo en las orillas".
En su Introducción a la poesía española contemporánea (1974), un compañero generacional, Luis Felipe Vivanco, dice así:
"Ni un solo poema ha escrito Panero que no pertenezca a su realidad existencial de hombre. Son poemas con vibración de palabra temporal o machadiana, pero también con precisión de visiones plásticas. Sus visiones no son interiores —ni simbolistas, ni surrealistas— sino [...] visiones de la realidad más cercana y cotidiana".
Desgraciadamente, ese tratamiento se ve oscurecido en alguna oportunidad por el exceso ideológico. Tal es el caso de Canto personal (Carta perdida a Pablo Neruda) (colección La Encina y el Mar, Madrid, 1953), una réplica muy menor y previsible al Canto general del poeta chileno.
Panero colaboró en el Instituto de Cultura Hispánica, ocupó el cargo de director del Instituto de España en Londres y trabajó en la compañía Reader’s Digest. Sin embargo, la ventajosa posición en las estructuras del régimen franquista no redundó en su ánimo, cada vez más desesperanzado y convulso. El libro póstumo Poesía (1932-1962) (Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1963) reúne toda su producción lírica, luego enriquecida en dos volúmenes de Obras completas (Editora Nacional, Madrid, 1973), con prólogo y notas de su hijo Juan Luis.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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