
El sentido de la belleza. Un esbozo de teoría estética, George Santayana, traducción de Carmen García Trevijano, Tecnos, Madrid, 1999, 221 pp.
Entre 1892 y 1895 Santayana impartió en el Harvard College un curso de estética que publicó en 1896 y renegó en sus memorias.
Ahora, los profesores Holzberge y Saatkamp lo recuperan y Arthur Danto lo prologa.
Para los santayanistas es una pieza interesante. Para el resto de los implicados, un pequeño episodio en la historia de las ideas.
Ecléctico, desmarcado del esteticismo en boga y tratando de conciliar a Platón y William James, Santayana no renuncia, sin embargo, a entender la belleza como un placer que se parece al juego por su libre ejercicio de la inútil espontaneidad y que pone en práctica un valor.
Este valor –estético, obvio es– se caracteriza por ser intrínseco, al revés de los valores prácticos, pero además objetificado, o sea inherente a un objeto y no mera reacción subjetiva ante un estímulo.
La belleza está en la cosa.
Por eso, sus componentes –materia, forma, expresión– se distinguen en abstracto pero son inseparables en cada obra concreta.
Santayana se adhiere, en esto, tanto al simbolismo como al idealismo croceano, por citar a dos corrientes coetáneas y que tal vez nada influyeron en su razonamiento, en parte por una cuestión de fechas.
Igualmente, se distancia de cualquier intento de restauración clásica o de subjetivismo romántico, a pesar de su querencia schopenhaueriana.
Tampoco le interesa la concepción esteticista de la vida como arte.
Más bien, lo contrario: el arte está vivo en tanto objetivo y, en esa medida, es universal.
Santayana no fue un filósofo en sentido radical, si se piensa que pasó junto a Bergson, Wittgenstein y Heidegger, sino un comentarista elocuente de una herencia compleja en la que supo buscar el espejo adecuado a su identidad: lo bello es lo bueno que hay en la muda presencia de Dios en su Creación.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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