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En busca del tiempo perdido 2. A la sombra de las muchachas en flor

En busca del tiempo perdido 2En la historia de la literatura no es frecuente que un solo autor y una sola obra –Marcel Proust y En busca del tiempo perdido– revolucionen las concepciones vigentes de un género, invaliden las habituales formas de entender el trabajo de creación, y abran nuevos caminos por los que obligatoriamente han de transitar las generaciones posteriores.

«A la sombra de las muchachas en flor» (À l'ombre des jeunes filles en fleurs, 1919, Gallimard) es el segundo volumen de la serie que inicia «Por el camino de Swann» y completan, por este orden, «El mundo de Guermantes», «Sodoma y Gomorra», «La prisionera», «La fugitiva» y «El tiempo recobrado».

"Los artistas de la Recherche –escribe Blas Matamoro– son Elstir y Vinteuil más que Bergotte, el escritor que muere soñando en el pequeño fragmento de muro amarillo del cuadro de Vermeer, que está allí, intacto a las palabras. En tanto dura el trabajo, la vida se sostiene.

Cuando la obra está terminada, cesa el tiempo y Proust deviene pura duración del nombre, eternidad, madre recobrada. (...) Si pasamos de la fraternidad al amor, también se pueden hallar raíces familiares en la experiencia tan compleja que se denomina amor proustiano.

Marcel tuvo relaciones amorosas muy breves, con Reynaldo Hahn y Lucien Daudet, se enamoró de algunas parejas (Louise Mornand y Albufera, Albert Agostinelli y Anna, Paul Morand y Hélène Soutzo), de unos hombres que no correspondieron a sus deseos (Antoine Bibesco, Bertrand de Fénélon) y pagó a unos chulos más bien anónimos.

La pareja como objeto amoroso puede ser fácilmente entendida como atracción por los padres, tal vez divididos en la vida biográfica y reunidos en el triángulo amoroso.

Es una fantasía de exclusividad –tener un padre y una madre exclusivos, no compartidos con ningún hermano– y una eternización de las seguridades infantiles, pero prefiero llevar este esquema psicológico a otro nivel, ese ideal del yo que está en la base de la transferencia y del vínculo amoroso. Se ama a un ser total porque se ama la propia plenitud, la propia perfección, en el otro, cifra del Otro.

En este sentido, se ama siempre a un andrógino, esa figura de la totalidad autosuficiente que encierra todas nuestras fantásticas perfecciones. (...) El amor, cosa mental, como la pintura para Leonardo da Vinci, se liga, proustianamente, con el arte, el lugar donde se sitúa la verdad de la vida. Una verdad que no puede ser articulada por el lenguaje, sino mostrada por la pintura o la música, al igual que los nombres prohibidos o las palabras sometidas al tabú.

En efecto, Swann cree amar a Odette, pero ama a la Céfora de Botticelli y la sonata de Vinteuil, fetichizadas en Odette, es decir que, platónicamente, ama unos objetos bellos que conducen a la verdad y el sumo bien, que no son de este mundo y de los cuales las obras de arte valen de analogías. Finalmente, Odette es tan bella como tantas otras mujeres y no más verdadera y buena que ellas.

Reunidos por la música –ese discurso con gramática y sintaxis pero desprovisto de la incómoda semántica– Swann y Odette encuentran la verdad de la vida en la sonata de Vinteuil, como Charlus y Morel en su dúo de piano y violín.

Los amores son el Amor: Swann ama la sonata por todas partes: en la sala de conciertos, en casa de los Verdurin, bajo los cenadores de un parque.

Y he allí, me parece, el núcleo del amor proustiano: ser atraído por una persona que encarna la verdad de la vida, que reside en el arte, y que se conserva verdadera en tanto inarticulada presencia compacta e inmediata, como la música y la pintura.

Sometido al análisis de la inteligencia, el amor perece por un exceso de precisión, como los mitos en Valéry, y se disipa en el cielo de los malentendidos.

Marcel realiza la fantasía del amor imperecedero en la construcción de un cuerpo de escritura, que intenta ser bello como una partitura musical: un cuerpo que no se enferma, no sufre, no envejece, que está siempre dispuesto a la recuperación, capaz de regenerarse como cada vez que se toca la sonata de Vinteuil, esa música que Swann ha escuchado tantas veces y que nunca hemos de conocer".

Ficha editorial

En busca del tiempo perdido. 2. A la sombra de las muchachas en flor

Marcel Proust (Autor)

Pedro Salinas (Traductor)

Colección: El libro de bolsillo

Bibliotecas de autor: Biblioteca Proust

11 x 17,5 cm.

648 Páginas

Rústica Fresado

I.S.B.N.: 978-84-206-3364-0

Código: 3460571

12,98 IVA no incluido

13,50 IVA incluido

Junio 1998

Copyright del comentario © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Copyright del texto © Alianza Editorial. Reservados todos los derechos.


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