A lo largo de los siete tomos de esta obra, Proust hace el relato de una vida en la cual la búsqueda del tiempo perdido –pasado– se convierte en la fuerza vital que lleva al encuentro con la realidad del tiempo presente.
«La prisionera» (La Prisonnière, editado de forma póstuma en 1925) es el quinto volumen de la serie que completan, por este orden, «Por el camino de Swann», «A la sombra de las muchachas en flor», «El mundo de Guermantes», «Sodoma y Gomorra», «La fugitiva» y «El tiempo recobrado».
"Hay una suerte de «moral del gasto» en el narrador [de En busca del tiempo perdido] –escribe Blas Matamoro–. Rigurosamente, nunca se ocupa de producir ni de reproducir riqueza. Ni siquiera hay testimonios de sus relaciones concretas con el dinero. Los objetos que atraen su atención son frutos del despilfarro, costosos pero inútiles.
Cosas de la mundanidad, carruajes, obras de arte, mansiones, vestimentas lujosas, etc.
Cuando está enamorado de Gilberte, es capaz de vender un valioso jarrón de porcelana, sólo para disponer de unos francos y regalar cotidianamente un ramo de flores a su amada, durante un año.
La completa pasividad ante el mundo lo hace sentirse un no incluido en él.
No parece pertenecer a la vida de los demás; ésta, a su vez, forma, en su vida propia, un sistema de imágenes de dudoso asidero real.
Amorosamente, es un frustrado.
No sabemos que nadie se enamore realmente de él. Charlus lo desea, pero él no entiende o, inconscientemente, rechaza los avances del barón. Ama a Gilberte y a la duquesa de Guerrnantes, pero no concreta su pasión. De Albertine sospecha continuamente Que no lo quiere, que ni siquiera lo desea, pues gusta de ciertas mujeres.
Los otros son excusas para reflexionar y fantasear, no para hacer. Por ello, finalmente, esta «política de no intervención» proustiana, no interesa a sus teorías sobre la verdadera realidad del mundo y del amor. Lo dicho explica la importancia que tienen en su vida las mujeres del entorno inmediato.
La madre, la abuela, Francoise, Albertine. Lo asisten, lo cuidan, le cuentan cosas del mundo, lo alimentan. Al besar a AIbertine cree besar a su madre, y su auténtica relación edípica es con su abuela. Las tres figuras de mujer se confunden en un solo modelo.
Acaso sea Francoise el primer objeto de su amor de señorito hacia una mujer de rango inferior, notoriamente servil.
Cuando se besa con Albertine, al contacto de sus lenguas, siente en su boca como «un pan cotidiano, como un alimento nutricio y con el carácter casi sagrado de toda carne a la cual los sufrimientos que hemos soportado por ella han terminado por dar una suerte de dulzura moral».
Albertine, a su lado, evoca a su madre, cuando, alguna vez, para velar su enfermedad, durmió en una cama próxima a la suya".
Ficha editorial
En busca del tiempo perdido. 5. La prisionera
Marcel Proust (Autor)
Consuelo Berges (Traductora)
Colección: El libro de bolsillo
Bibliotecas de autor: Biblioteca Proust
11 x 17,5 cm.
464 Páginas
Rústica Fresado
I.S.B.N.: 978-84-206-3804-1
Código: 3460574
12,98 IVA no incluido
13,50 IVA incluido
Diciembre 1998
Copyright del comentario © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
Copyright del texto (nota editorial) © Alianza Editorial. Reservados todos los derechos.
29 días atrás
29 días atrás
150 días atrás
150 días atrás
1232 días atrás
2296 días atrás
2295 días atrás
2295 días atrás
2295 días atrás
2295 días atrás
2295 días atrás
2295 días atrás
2295 días atrás












































































