
Como es bien sabido, el negocio editorial contribuye a ordenar una jerarquía mercantil, probablemente autónoma pero similar a la de otras producciones en serie. Se imaginan de qué hablo, ¿verdad? Los libros, como los automóviles y los armarios suecos, salen de una cadena de montaje.
Claro que todo consumo es opcional, y por tanto, dudoso. Por ello, puestos a mejorar con todo derecho su rentabilidad financiera, estos industriales del libro han diseñado un barómetro de lo más eficaz: el índice de ventas, expresado en ese tipo de listas que, dentro de categorías homologables, iluminan a lectores o compradores acerca de los diez, quince o veinte títulos que han fatigado la estadística de los libreros.
El truco para prestigiar a los integrantes de ese inventario consiste en convertir la compra en un plebiscito. Tanto vendes, tanto vales.
De algún modo, la cultura masiva deriva y retiembla gracias al capricho de una mayoría de consumidores, y ese mecanismo, aunque engañoso, también se aplica a este negocio libresco.
Gracias a la mercadotecnia asociada —y con efecto acumulativo—, un autor cuya última entrega irrumpa en ese registro, de inmediato ha de adquirir una divisa: la del best-seller.
Por simpatía, dicha cualidad beneficiará a toda la producción de ese afortunado. Aunque todo eso no equivale al prestigio académico, sobra decir que pocos escritores rechazarán una distinción semejante. Aún más: muchos cambiarían dignidades y alabanzas por la opulencia de los derechos de autor y el folclore de la fama.
Ya que hablamos de ventas y beneficios, hay que confiar en la importancia de esa concurrida asamblea comercial que transita por las ferias del libro.
Un evento que es, a la par, mercado anual; forum, en expresión latina, o dicho de otro modo: foro de fomento de la lectura, además de fiesta y asamblea de notables, exhibiendo de paso la densidad cultural del país convocante.
No hay duda: ciudades como Cannes, Bruselas, Ginebra, Lisboa, Leipzig, Sao Paulo, Nueva York o Frankfurt disputan por ocupar el meridiano de esta superficie donde cabe casi todo: reivindicar una literatura inmarcesible, conmemorar a un autor pintoresco, proponer la obra de arte como un medio de lucro, definir por enésima vez el canon literario e incluso solicitar un autógrafo a algún novelista de fama.
Al fin y al cabo, acá se concilian la alta cultura y el trapicheo de mercaderías, el patriciado editorial y los pequeños impresores, el discurso ilustrado y los albaranes, la elocución de vanguardia y el más torpe folletín.
Este dominio heterogéneo —arrebatador para quienes aún gozan de la bibliofilia o la bibliomanía— se formula en español con mucha propiedad, y no escasean los salones de voz hispana que han ganado prestigio y crecido en recursos.
Por su balance financiero y cultural, la Feria del Libro de Guadalajara se sitúa en lo alto de esta cepa, en cuyo tallo encuentran espacio otras convocatorias ilustres, como la Feria del Libro que se celebra cada año en Santo Domingo, y también las organizadas con provecho en Buenos Aires, Bogotá, San Juan de Puerto Rico, Monterrey, Santiago de Chile, La Habana y Madrid.
Y dado que a nuestro idioma se asocia un claro empuje, añadiremos otras muestras similares, aunque esta vez más al norte, donde también se lee en español. Por ejemplo, el Latino Book and Family Festival, de Los Ángeles, y la Miami Book Fair International movilizan con habilidad este sistema de relaciones que involucra a escritores, editores y lectores de España e Iberoamérica.
Por lo demás, aun aceptando la categoría comercial de todos estos festejos, he de admitir que, a sus expensas, crece la mitología del libro. Una mitología gracias a la cual todavía es factible esa forma de felicidad que llamamos lectura.
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