Es un mundo rudo y tierno a la vez, de caballeros que lloran y matan, con corazones de cera para el amor y de hierro para la pelea, de princesas, gigantes y bandidos generosos, en que Sansón se codea con Simbad, el Cid, Roldán, José María «el Tempranillo»...
La literatura de cordel es expresión del gusto popular. La voz ronca de la ciega aún encanta mis oídos y me sugiere misterio. La literatura de cordel permite formarse una idea exacta de lo popular; porque pueblo llano eran su público y quienes vivían de ella, generalmente recitadores ciegos de patética figura.
Estos ciegos comerciaban con impresos reducidos de tamaño, porque así lo exigía su condición de errantes, y reducidos de precio, porque se destinaban a un público carente de recursos.
En otras palabras, lo que llamamos literatura de cordel era una literatura para gente pobre. Aquellos pliegos, recitados en la plaza pública o al amor de la lumbre, eran el sedimento poético de los siglos; rodando de boca en boca durante generaciones, conservaban la flor de la fantasía popular y de la historia.
El estudio de estas humildes piezas literarias por el gran historiador y etnógrafo Julio Caro rescata del olvido -involuntario unas veces, deliberado otras- ciertas constantes del modo de ser de los españoles de otros siglos.
"No pocos –escribe Blas Matamoro– han acudido a estas expresiones para intentar una recuperación, una reivindicación populista de este tipo de textos. La tesis de fondo sería: el pueblo ha resistido a la presión alienante de la cultura de élite y le ha opuesto esta cultura espontánea, demostrando su creatividad.
El pliego sería, así, padre de una lucha por la liberación social de las clases oprimidas.
En mi trabajo sobre el romance brasileño intenté mostrar todo lo contrario, señalando que la cultura populista librada a su espontaneidad era un reflejo degradado de la cultura elitista, henchida de elementos que las clases dominantes inficionaban en la marginalidad.
En los pliegos se encuentra perfectamente reproducida toda una sistemática ideológica acerca de la sociedad y de las instancias trascendentes que remiten a las concepciones más reaccionarias acerca de ambos niveles. Remito al lector a tales conclusiones.
En España hay un rico material, extenso en el tiempo e intenso en el índice de productividad, que está siendo removido por generaciones recientes s de críticos.
El desinterés por la ojeada científica sobre los pliegos, antes solo objeto de la curiosidad del coleccionista, se evidencia en el hecho de que Julio Caro Baroja haya escrito sobre el tema, tomando como protocolos los coleccionados por su tío Pío Baroja, quien nunca se ocupó mayormente de ellos, salvo en cuanto pudiera haber tomado como fuente para resolver alguna de sus novelas (...) Insisto sobre el solo ejemplo español. Es un arte que viene de principios del Renacimiento y conoce su apogeo en el Barroco (hasta el siglo XVII). Luego decae, y desaparece durante el siglo XIX. O se disuelve en otros géneros: las octavillas, los panfletos (habidos, sobre todo, durante la Guerra Civil de 1936/1939). Más hacia nuestro tiempo, en los graffitti, las inscripciones de los baños, los carteles y pancartas de las campañas electorales, las inscripciones murales y guerras de consignas. En la Francia del siglo XIX, a través de hojas como los canards y las nouvelles à sensation, que recogen crímenes famosos y sucesos truculentos.
No puede considerarse que el pliego español sea folklórico ni marginal. Sus autores son especialistas y sus productores, ciertas corporaciones reguladas por la ley.
La autorización del Municipio motivó en Madrid, entre 1680 y 1755, un largo pleito de la Hermandad de la Visitación de Ciegos contra ciertos impresores de la ciudad. El privilegio de las autoridades se concedió, finalmente, a los ciegos.
De manera que era una actividad regulada, fiscalizada y sometida a la censura inquisitorial, que solía enjuiciar a ciertos autores de cordel. Ciertas obras de la gran literatura eran reescritas en estilo de pliego y dedicadas a grandes personajes de la Corte. No era en los textos que se despegaba el cordel de la literatura elitaria.
Era en el recorrido circulatorio, porque su precio lo hacía accesible a compradores modestos, que no podían adquirir libros, o que no estaban en condiciones sociales como para dedicar gran tiempo a la lectura.
Esto condicionaba también los lugares y modalidades de la venta, generalmente callejera y de arrabal. Este paquete de circunstancias hace que el virtual destinatario sea distinto en uno u otro caso. Y, al decir destinatario o receptor del mensaje del pliego o del libro cortesano, pienso en un comitente ideal para el cual trabaja el productor del discurso. En el caso del pliego, el vulgo. En el caso del libro, el discreto."
Julio Caro Baroja nació en Madrid en 1914. Hijo del editor Rafael Caro Raggio y sobrino de Pío Baroja, estudió en el Instituto-Escuela y en la Universidad de Madrid.
Ha sido director del Museo del Pueblo Español de Madrid y ha impartido cursos en diversas instituciones y universidades de España, Europa y Norteamérica. Hombre de gran erudición, es desde hace años modelo de estudiosos.
Cultivador de la historia, la etnología y la antropología, por la amplitud de sus intereses, por sus vastos conocimientos y por su capacidad de síntesis, es una de las principales figuras de la cultura española Julio Caro Baroja contemporánea.
Entre sus principales obras cabe destacar: Los moriscos en el reino de Granada, Las brujas y su mundo, Los judíos en la España moderna y contemporánea, Vidas mágicas e Inquisición, Estudios sobre la vida tradicional española, Ritos y mitos equívocos, Los vascos, El carnaval, La estación de amor, Formas complejas de la vida religiosa, Los Baroja y La cara, espejo del alma.
Es miembro de las reales academias de la Historia y de la Lengua. En 1983 recibió el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales y en 1985 el Nacional de las Letras Españolas.
Copyright del comentario © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
Copyright del texto © Círculo de Lectores. Reservados todos los derechos.
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