En la siguiente entrevista, Arturo Pérez-Reverte explica que, como autor, lo que más le interesaba de su nueva novela, El asedio, era reflexionar sobre la ciudad como espacio de fuerzas oscuras, misteriosas, enigmáticas y peligrosas.
El asedio es un libro donde sentiremos el escalofrío del miedo y la turbación. Donde viviremos cómo las pasiones pierden a los hombres, pero también pueden salvarlos. Narra una historia singular e incorrecta.
En El asedio palabras como «honor» y «caballerosidad» dejan de tener sentido y nos adentramos por los abismos más oscuros del ser humano.
A buen seguro que El asedio pronto será considerada unas de las grandes novelas sobre Cádiz, como Cádiz, episodio nacional de Galdós, o Un siglo llama a la puerta, de Ramón Solís. Pero además, nos atrevemos a asegurar que también puede convertirse en una novela de referencia sobre los enigmas de las ciudades.
Porque en este Cádiz recreado por Arturo Pérez-Reverte encontramos ecos de Sófocles, Flaubert, Tolstoi, Lampedusa, Stevenson, Patrick O’Brian..., y también de hombres de ciencia como Newton, Descartes, Euler y Lapace.
El asedio, en más de un sentido, es un novelón. Si hablamos de su extensión, supera las setecientas páginas. Desde La Reina del Sur, en 2002, no te habías embarcado en un proyecto semejante, ¿no?
Pero yo no elijo la longitud. Son las novelas las que determinan la longitud que han de tener. Cada historia tiene su ritmo, su estructura y me determina sus puntos de vista o su tiempo verbal. Estructura y lenguaje, como la extensión y los personajes, son herramientas al servicio de la historia. Ella manda. Esta novela, por su complejidad, tipo de personajes y trasfondo histórico, requería un tratamiento largo.
A pesar de su longitud, la novela se devora. ¿Te molestará si la consideran un best seller?
No. Esta novela, como todas las que escribo, nace con la vocación de ser un best seller. Es decir: con la vocación de ser una novela muy leída. Para eso las escribo. Procuro que sean novelas muy leídas.
Asumo el término best seller sin el menor complejo: cuanto más me lean, mejor. Dos años trabajando para que me lean sólo cuatro espíritus selectos sería un derroche de tiempo, energías y de imaginación. No compensaría. Espero que la lean muchísimos lectores.
¿Por qué ubicaste el libro en el Cádiz sitiado por los franceses, durante la Guerra de la Independencia, en 1811-1812?
Quería contar una historia que tiene que ver con geografía urbana y con unos determinados personajes. Y necesitaba una ciudad en unas circunstancias especiales: una ciudad asediada, cercada, convertida en un espacio cerrado, sometida a un montón de energías exteriores.
Como la Troya cercada por los aqueos, el gran cerco de Viena ante los turcos, el Madrid del 36 o la Sarajevo de los 90. Por muchas razones, el Cádiz asediado por los franceses me daba los elementos más adecuados para contar la historia como quería.
Además existía una coincidencia histórica: estamos relativamente cerca del bicentenario y al haber una mayor sensibilización con el asunto el lector acudirá al libro con una mayor información complementaria. En caliente. Y también el libro contribuirá, por su parte, a crear ambiente.
¿Y qué tiene Cádiz para que te atraiga tanto?
Cádiz es un barco. Es una ciudad que está en mitad del mar y que está sometida a un montón de cosas que no sólo tienen que ver con la condición humana: a los vientos, a las temperaturas, a la fuerza del mar...
Y no es sólo la ciudad de Cádiz: también es la bahía de Cádiz. Mi idea era crear un territorio como un tablero de ajedrez en el que se movieran los personajes y la historia.
Cádiz era un marco adecuado: cruzando todos mis deseos e intenciones, era el lugar que me daba mayor riqueza, más posibilidades de desarrollo para la historia. Y hay un motivo personal: no es lo mismo dedicar dos años de mi vida a una ciudad hostil, sucia, triste, fea, que a una ciudad con una temperatura magnífica, con el mar al lado.
Como autor, me deparaba dos años de agradable escenario para mi trabajo. A mi edad uno intenta hacer compatible las historias con el placer de escribirlas.
¿Cómo esperas que acojan El asedio los gaditanos?
Espero que bien. Pero no es una novela hecha para los gaditanos. Ni siquiera sólo para lectores españoles. Espero que también les guste a mis lectores franceses, japoneses, canadienses, israelíes o rusos.
La novela tiene que ser accesible para todos ellos. Ése es uno de los problemas que intento resolver: intento que los personajes y sus conflictos sean universales y que el lector de cualquier lugar pueda moverse por el Cádiz de aquella época, sin que el español lleve demasiada ventaja respecto al extranjero. Eso lleva trabajo, claro. Mucho.
¿Debemos precisar que El asedio no es propiamente una novela histórica, como Cabo Trafalgar o Un día de cólera?
Sí. Yo no quería contar el cerco de Cádiz, sino una historia que transcurre allí; ya digo que podía haber elegido cualquier otra época o ciudad. Es una novela de personajes, con misterio dentro.
¿Podemos decir que El asedio es sobre todo un thriller, una historia con intriga y suspense, o eso es acotarla demasiado?
Es una novela con enigma, me gusta decir. Como mis primeras novelas, además. Deliberadamente he querido recuperar los enigmas de mis primeras novelas; he querido volver a usar eso con la experiencia y la veteranía que me da llevar veinte años dándole a la tecla.
He querido volver al misterio, a un suspense que no es exactamente policiaco: es policiaco, científico, topográfico... Cada lector lo verá. Y Cádiz es el escenario, mientras el lector tiene incertidumbres y se ve sometido a las tensiones y enigmas de los personajes y sus circunstancias, también está de paso aprendiendo de fondo lo que pasó históricamente. Sin didactismo latoso, sin erudición superflua.
Quería que el lector tuviese el conocimiento de lo que fue Cádiz de época de las Cortes constituyentes, pero como telón de fondo. Mientras se mueve virtualmente por ese Cádiz que recreo para él.
¿Y podemos revelar que en la novela hay un asesino en serie?
Bueno, no responde a los cánones del asesino en serie. Hay razones mucho más hondas y turbias. Hay asesinatos, hay un enigma de tipo policiaco y científico a la vez. Hay una trama compleja por debajo de toda esa otra historia.
¿Hablamos de los enigmas de la geografía urbana?
Sí. Esta novela es el resultado de una vida, en muchos aspectos. Cuando tienes cierta edad, vas con la mochila cargada de cosas útiles. Yo tenía ya una aproximación intelectual, por mis lecturas juveniles sobre Troya, al hecho de la ciudad asediada. Pero luego hubo algo que fui descubriendo poco a poco y que viví cuando fui reportero.
Haciendo fotografías en el Beirut del año 76 descubrí la geografía del caos en la ciudad, la ciudad como territorio en el que una guerra pone de manifiesto un montón de situaciones interesantes: el lado bueno y el malo; las partes vulnerables o no vulnerables; la ciudad como protección y como amenaza, la calle, el ángulo muerto y el ángulo vivo.
La guerra coloca en las ciudades un mapa superpuesto al mapa convencional, que no siempre coincide, muy interesante. Hay energías, fuerzas y relaciones humanas, físicas y geométricas que se cruzan entre sí. Durante mucho tiempo estuve pensando en ese concepto de la ciudad.
En Sarajevo lo percibí con mucha claridad y en El pintor de batallas aparece. En esta novela necesitaba aplicar las conclusiones de todo este largo proceso de reflexión sobre el espacio urbano, acogedor y peligroso al mismo tiempo. O falsamente protector.
Cádiz, una ciudad muy singular, trimilenaria, que hoy mantiene la traza que tenía hace doscientos años, y donde los vientos y la temperatura, el mar y todo lo demás tienen mucha importancia, era un buen lugar para experimentar con esas ideas. Para mí como autor, no hablo ahora para el lector, lo que más me interesaba de esta novela es eso: reflexionar sobre la ciudad como espacio de fuerzas oscuras, misteriosas, enigmáticas y peligrosas.
El comisario Tizón, por ejemplo, percibe unas sensaciones o tiene unas intuiciones misteriosas...
Ahí he tenido un desafío muy complicado e interesante para mí. Muy instructivo. Ahora, en estos años, la ciencia ha desarrollado métodos y procedimientos sobre lo que acabo de comentar.
Mi amigo el profesor José Manuel Sánchez Ron, que es un brillante divulgador científico, me ayudó mucho dándole una formulación concreta, rigurosa, a lo que para mí eran sólo intuiciones personales. Tenga en cuenta que lo que ahora es ciencia probada hace doscientos años sólo eran aproximaciones. Yo no podía tratar el asunto desde la ciencia actual, sino desde la de entonces: Newton, Descartes, Euler, Lapace…
Por eso he tenido que manejar conceptos que ahora cualquier físico maneja con soltura, que antes eran más elementales o imperfectos, incluso erróneos. He tenido que despojar a mis protagonistas de lo que yo sé, de lo probado, de lo moderno, y dejar su conocimiento como era entonces.
Ha sido muy interesante. Y agotador. Tenía que tratar el problema de las ciudades y sus enigmas desde el punto de vista del policía, del artillero o el personaje del año 1811.
¿Los personajes de la novela son adelantados a su tiempo? ¿Había comisarios como Rogelio Tizón o mujeres como Lolita Palma?
Sí. A estas alturas cualquier lector mío sabe que la base documental de mis libros es muy rigurosa. Es más, para el comisario de esta novela me fueron muy útiles, entre otras cosas que no excluyen las experiencias personales, las memorias de Vidocq, un antiguo delincuente que fue jefe de la policía francesa a principios del XIX. Me invento el carácter de Rogelio Tizón, que sea corrupto o brutal, pero no su modus operandi.
En cuanto a Lolita Palma, el Cádiz de entonces era una ciudad culta, liberal, con dinero; comparado con la España de la época, era una sociedad avanzada y abierta, y algunas mujeres tenían una formación muy por encima de la mujer española normal. Ojalá todas hubieran sido así.
El libro muestra un cambio de época.
Ese momento me daba la posibilidad de abrir la puerta y recrear un espacio burgués, liberal, viajado, donde algunas mujeres hablaban inglés, leían periódicos y hacían negocios, donde una elite comerciante impulsaba la economía de la época, a la que la guerra y la emancipación americana destrozaron.
Ese momento crepuscular me ofrecía unos elementos muy atractivos para contar la historia. Describo un momento bisagra entre dos Españas. Una España se muere, la vieja España, aunque seguiría y aún sigue por muchas razones. Y un mundo comienza, en el que las palabras honor o lealtad son diferentes.
Aparece el hombre moderno: el comerciante moderno, el policía moderno, el corsario moderno, y los viejos códigos van despareciendo. Hay que tener en cuenta que Cádiz fue una España en pequeño: durante la Guerra de la Independencia fue el único lugar donde los franceses no llegaron. Ahí se concentraba todo.
Cádiz es un símbolo de la España que pudo ser, que estuvo a punto de ser, que pudimos haber tenido, y que por muchas razones no pudo ser nunca. Por eso creo que, incluso en la reflexión sobre España, en El asedio están todas mis novelas.
Sin entrar en reduccionismos, ¿El asedio es una novela romántica?
Sí, pero también es una novela de aventuras, es una novela policiaca, es una novela de espionaje, es una novela científica, es una novela de enigmas, es una novela de mar. Dicho esto, Lolita Palma es una heroína romántica, su historia con el corsario es una clásica historia romántica con la que he disfrutado una barbaridad...
Me gusta decir que es como una heroína de Jane Austen que se enamorase de un torero. Es una pasión romántica muy decimonónica, pero muy matizada. He disfrutado mucho con esos diálogos y situaciones.
Una historia muy sutilmente desarrollada, ¿no?
Sí, está contada con la sutileza de lo que entonces era posible. No podemos dar un tratamiento moderno a una historia que transcurre hace dos siglos en una ciudad donde se conocía todo el mundo.
Antes la gente no se iba a la cama a las primeras de cambio, como en las películas y en alguna novela ocurre ahora; era otra cosa. Jugar con el qué dirán, el prestigio social, la reputación...
Eran elementos muy interesantes para mí. Nunca había tocado hasta ahora el tema del folletín romántico. Moverme por ese tipo de sentimientos me ha parecido muy interesante.
Tras mencionar a Lolita Palma, quizá habría que detenerse en Pepe Lobo. A más de un lector le sorprenderá que en la Bahía de Cádiz, hace doscientos años, podía navegar un corsario español...
El corso era un negocio que se hacía de acuerdo con ordenanzas reales. La gente confunde piratas con corsarios. El corso era legal, familias honradas y prestigiosas de Cádiz creaban sociedades para el corso, para capturar barcos enemigos. Me apetecía contar que eso era así. Insertarlo con naturalidad en la vida comercial gaditana de la época.
Siguiendo con los personajes, ¿por qué el capitán de artillería Simón Desfosseux no acepta ascensos?
Porque es un civil de uniforme. Quería meter a un científico en la novela. Simón Desfosseux es un personaje a quien Cádiz le ofrece la posibilidad de responder a un montón de desafíos científicos.
Le importa un carajo ganar o perder una guerra: le interesa saber si sus cálculos físicos hechos en un laboratorio de la escuela de artillera de Mentz son aplicables a una realidad física en un bombardeo de una ciudad. En todas mis novelas los personajes tienen una obsesión, y aquí todos la tienen también, pero quizá la de Simón Desfosseux sea la más moderna de todas. La guerra, como acto científico, es algo moderno en aquel momento histórico, como en tantos otros.
El camino de Simón Desfosseux nos lleva a la bomba atómica: es el científico para quien no hay consecuencias morales de lo que está haciendo, para quien su trabajo es un desafío. Lo terrible del horror es que es técnico, frío.
En El asedio comprobamos que te apasiona el ajedrez...
El ajedrez ha sido para mí muy importante desde siempre. Estoy convencido de que es uno de los mejores símiles de la vida, es una metáfora del mundo extraordinaria.
En todas mis novelas suele aparecer, y en ésta, dado el planteamiento (una ciudad, un territorio, un espacio), el tablero era inevitable. El ajedrez me daba posibilidades muy ricas a la hora de simbolizar casillas, piezas ganadas, comidas, arriesgadas...
El ajedrez para mí no es ganar o perder. Ponerte frente a un tablero de ajedrez aunque no estés jugando ya es una reflexión sobre el mundo y la vida.
¿Se nos queda algo en el tintero?
Bueno, me gustaría añadir que es una novela muy poco políticamente correcta. Muy incorrecta. Plantea temas de mucho calado: la tortura, los procedimientos judiciales, la responsabilidad, el castigo y el premio, la impunidad...
Yo no comparto lo que piensan mis personajes, pero planteo algunos interrogantes y reflexiones sobre el mundo moderno y el antiguo, la moral cambiante según el tiempo y la moda, sobre la lealtad y la ciudadanía, el bien y el mal, que valen lo mismo para mi lector japonés que para España.
Hay muchos asuntos, que están por debajo, como capas, que dan el sustrato sobre el que he montado la trama novelesco-aventurera. Todo está diluido bajo una trama: hay aventuras, peripecias, lances, amoríos, suspense, enigmas,... Y otras cuestiones más complejas.
El lector elegirá con qué se queda.
Resulta tópico asegurar que la última novela es la mejor de un escritor o la culminación de su carrera, pero en este caso, como poco, podemos asegurar que encontramos ecos de todos tus libros anteriores, ¿no?
Eso es indiscutible: cualquier lector, de cualquiera de mis novelas anteriores, reconocerá la novela que leyó en ésta. No se trata de repetir ni de volver a los temas manidos.
Hay un aire de familia, un territorio narrativo, una mirada sobre el mundo, que cualquier lector mío reconocerá en el acto. Yo voy a esta novela con la experiencia de 58 años de vida, con mi vida como lector, como reportero, como novelista, como individuo. Con las canas que tengo en la barba y las arrugas que tengo en la cara. Con la mirada que la vida me ha dejado.
Como ha sido una vida ajetreada, es una mirada enturbiada y removida por un montón de cosas buenas y malas. Es una novela sobre todo fruto de una experiencia vital, puesta al servicio de una historia que he querido que sea divertida, apasionante, para que el lector corra y fluya por ella, de cabo a rabo y sin pararse. He hecho mi trabajo, lo mejor que he podido.
Ahora el lector debe decidir si es lo que quiere leer. Yo me he quedado bien. Lo bueno de mi situación actual es que he llegado a un punto en el que literatura y vida se combinan de una manera asombrosamente agradable, y esta novela es la prueba de ello.
Sinopsis de El asedio
Cádiz, 1811. España lucha por su independencia mientras América lo hace por la suya. En las calles de la ciudad más liberal de Europa se libran batallas de otra índole. Mujeres jóvenes aparecen desolladas a latigazos.
En cada lugar, antes del hallazgo del cadáver, ha caído una bomba francesa. Eso traza sobre la ciudad un mapa superpuesto y siniestro: un complejo tablero de ajedrez donde la mano de un jugador oculto —un asesino despiadado, el azar, las curvas de artillería, la dirección de los vientos, el cálculo de probabilidades— mueve piezas que deciden el destino de los protagonistas: un policía corrupto y brutal, la heredera de una importante casa comercial gaditana, un capitán corsario de pocos escrúpulos, un taxidermista misántropo y espía, un enternecedor guerrillero de las salinas y un excéntrico artillero a quien las guerras importan menos que resolver el problema técnico del corto alcance de sus obuses.
El asedio narra el pulso asombroso de un mundo que pudo ser y no fue. El fin de una época y unos personajes condenados por la Historia, sentenciados a un vida que, como la ciudad que los alberga —una Cádiz equívoca, enigmática, sólo en apariencia luminosa y blanca—, nunca volverá a ser la misma.
Copyright de la imagen superior (Arturo Pérez-Reverte en la Real Casa de Correos, Madrid) © Fotografía de Guzmán Urrero, 2008. Reservados todos los derechos.Copyright del texto © Santillana Ediciones Generales. Cortesía del Departamento de Prensa de Alfaguara. Reservados todos los derechos.
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