
Además de un pionero de la crítica de cine y un destacado especialista en música clásica, Florentino Hernández Girbal (1902-2002) fue un magnífico historiador, al que debemos importantes biografías de personajes del XIX. En 1999 le entrevisté por primera vez. A continuación reproduzco aquel diálogo que mantuvimos en su casa de Madrid.
Aún sigue escribiendo, ¿verdad?
Está en la imprenta mi último libro, que no es una biografía, sino una serie de artículos sobre personajes y hechos que yo he vivido. Se titula A los noventa y seis años -que son los que tengo-: Personajes, recuerdos y añoranzas. Son impresiones, sin orden cronológico.
He perdido a muchos amigos entrañables con los cuales he mantenido tertulias. Han desaparecido todos. No quedo más que yo como señal. Hay gente que incluso cree que ya he muerto.
Tras la pérdida de mi mujer y con problemas de salud, escribir es mi única distracción, es de la única forma que puedo emplear lo que me queda de vida. No pienso en la posteridad; eso es algo demasiado ligero.
Lo que sí me sastisface es que quien quiera saber algo sobre los personajes que he biografiado, tiene que recurrir a mis libros, porque no hay otros.
Es conocida su afición a la música y al cine. Lo que no sabe tanta gente es que usted es un experto en tauromaquia.
Fui un gran aficionado a los toros, pero ya no lo soy, aunque me sigue interesando revisar lo que de memorable ha tenido la fiesta. Sabiendo de esa inclinación mía, acaban de obsequiarme la grabación videográfica de la corrida goyesca que José Miguel Arroyo "Joselito" toreó en solitario el 6 de mayo de 1993.
Es lo mejor que se ha hecho en en el toreo desde hace cincuenta años. Lo que hizo este muchacho, ya no ha vuelto a hacerlo. Ahora está en declive y habría que analizar los motivos.
He conocido a muchos toreros que han sido un descubrimiento, una revelación. Han entusiasmado a los aficionados y luego no ha pasado nada. Sucede con algunos escritores algo semejante. Su primer libro es bueno porque es sincero, porque es su autobiografía. Además hay otra razón que podríamos denominar biológica. Quien obtiene un gran éxito inicial ya puede andar con cuidado porque el público esperará que esté a la altura en sucesivas obras. Y muchas veces no lo está, porque ha agotado su repertorio en la primera.
Como biógrafo, usted ha estudiado el toreo del XIX. Es un siglo que aparece en casi toda su obra.
Conservo muchos recuerdos del mundo taurino, pues llevo viendo corridas desde que tenía dieciocho años. He visto empezar a toreros famosos que ya no existen. Por otro lado, en mi faceta de investigador, me he especializado en el siglo XIX, un periodo de extraordinario interés para la tauromaquia. Con mis biografías de figuras de muy distinto carácter quería dar cierto panorama de ese siglo y así, al reconstruir las vidas de personajes significativos, he acabado componiendo una historia anecdótica del XIX.
Cuando menos, es lo que me propuesto en libros como Manuel Fernández y González (1931), Julián Gayarre: Una vida triunfal (1932), Julián Gayarre: El tenor de la voz de ángel (1955), José de Salamanca: El Montecristo español (1963), Bandidos célebres españoles: En la historia y la leyenda (1963-1973), Amadeo Vives: El músico y el hombre (1971), Adelina Patti: La reina del canto (1979) y Juan Martín "el Empecinado" (1985).
El mundo del toro en el XIX lo traté en la biografía Una vida popular: Salvador Sánchez "Frascuelo" (Biografía novelesca) (1934), obra cuya gestación coincide con mi primera etapa profesional.
Su vocación literaria es muy temprana.
Sí que lo es... El relato de aquellos humildes inicios comienza en la ciudad de Valladolid. Yo trabajaba como aprendiz de electricista con mi padre, y luego, en los ratos libres, acudía a la Universidad como oyente. Más adelante, atraído por el periodismo, comencé a ejercer esa vocación y fundé con un buen amigo un periódico semanal, El Heraldo de Castilla. Conocí en Valladolid a los hermanos Cossío y entablé relación con ellos, sobre todo con Francisco, director por entonces de El Norte de Castilla, diario en el cual empecé a colaborar gracias a él. Con José María de Cossío tuve menos amistad. Sin embargo, aún conservo obras suyas como la enciclopedia Los toros: Tratado técnico e histórico y el sugestivo ensayo Los toros en la poesía castellana.
Tiempo después me trasladé a Madrid, donde seguí ejerciendo el periodismo. De aquellos días recuerdo innumerables detalles, con cuya enumeración no voy a extenderme, pues quedan fuera del tema que nos ocupa. Baste señalar mi circunstancia taurina: es en esa capital donde se forjó definitivamente mi afición a la lidia, asistiendo a tertulias y, sobre todo, viendo torear en "Las Ventas" acompañado por grandes conocedores del mundo toreril.
Corrían los años veinte, los toros eran bravos y la lidia tenía buen tono. Recuerdo entre los espadas del momento a Marcial Lalanda, con quien, ya viejo, tuve relación, porque íbamos a la misma tertulia. Permítaseme introducir una digresión sobre el paso del tiempo: conservaba yo en la memoria a aquel Lalanda joven, no muy alto, con cierta apostura, y cuando hicimos amistad, bastante después de la guerra, era un anciano con más carnes, un poco encorvado, que hablaba muy despaciosamente, como deletreando las palabras.
¿A qué otras figuras llegó a ver?
De aquellos días de juventud no olvido a los Bienvenida, quienes ya habían dejado de ser becerristas para convertirse en matadores de toros. Manolo Bienvenida fue matador a los dieciséis años. Era magnífico. Otras figuras que guardo en la memoria son Juan Luis de la Rosa, un torero finísimo, y Cayetano Ordóñez y Aguilera "Niño de la Palma", el padre de Antonio Ordóñez. Corrochano hizo una crónica en ABC sobre una tarde grandiosa del "Niño de la Palma". La titulaba Es de Ronda y se llama Cayetano. Yo le vi torear muchas veces. Era un diestro de una alegría extraordinaria, delgado, muy fino y también dicharachero, de mucha simpatía.
Quien asimismo despertaba mi atención era Manuel Jiménez "Chicuelo", creador de una suerte, la chicuelina. Cuando yo aún vivía en Valladolid, fui a verlo una tarde que actuó en aquella plaza. Su mayor triunfo en Madrid lo tuvo el 24 de mayo de 1928. Ese día llevó al toro hasta el centro del redondel y, sin mover las zapatillas, le dio veintitantos naturales perfectos.
Aquello volvió loco al público, pues lo hizo sin enmendarse, sin perder un milímetro. Estuvo viviendo toda su vida de aquellos naturales de Madrid. Luego se casó con una cupletista y bailarina muy buena, "Dora la Cordobesita". Por cierto que el "Niño de la Palma" también matrimonió con una folclórica, Consuelo Reyes.
¿Conoció a Ignacio Sánchez Mejías?
Con Ignacio Sánchez Mejías tuve poco trato. Era todavía banderillero cuando lo vi por vez primera. Banderilleaba de poder a poder, primorosamente. Alternaba mucho con los intelectuales y él mismo era un hombre culto. Montó con su dinero una versión flamenca de El amor brujo, de Falla, donde actuaban bailaoras sevillanas tan extraordinarias como "la Malena" y "la Macarrona". También escribió obras de teatro. Yo vi una de ellas, titulada Sin razón, cuya acción transcurría en un manicomio. La estrenó Fernando Díaz de Mendoza, el esposo de María Guerrero. No podíamos pensar que a un hombre como Ignacio lo podía matar un toro. Tal era su dominio de la técnica taurina, tanto su arrojo y también su consciencia que no cabía imaginar el final trágico que tuvo su vida en 1934.
Era yo por aquellos años un joven y modesto periodista, dedicado a hacer reportajes y entrevistas.
Podía ir a la plaza de toros porque mi amigo, el dibujante Ricardo Marín, trabajaba en el diario ABC y recibía por esta razón entradas para las corridas. Marín fue el creador del expresionismo en el dibujo de toros. Me sentaba con el tendido con él y, mientras observaba la corrida, le veía trabajar.
No he visto a nadie dibujar con mayor facilidad. Tenía un bloc donde trazaba una especie de jeroglíficos, incomprensibles para mí, abocetando los movimientos del toro y el torero. Más tarde, cuando salíamos de la plaza, íbamos a su casa, donde sacaba el cuaderno aquel y, sobre un tablero empezaba a reproducir, gracias a su retentiva fotográfica, los dibujos de la corrida.
Marín y yo coincidíamos con cronistas taurinos de la talla de Maximiliano Clavo, más conocido por el apodo con el cual firmaba sus escritos, "Corinto y Oro". Hombre dicharachero, era muy buen crítico y, por su veteranía, había visto lidiar a Rafael González Madrid "Machaquito" y a Ricardo Torres "Bombita". Años después coincidí con él en la cárcel. Tambien recuerdo a Gregorio Corrochano, el mejor crítico de entonces, no tan locuaz como Maximiliano; poco hablador, siempre comentaba brevemente las corridas.
¿Cómo surgió la idea de escribir un libro sobre "Frascuelo"?
Quien me invitó a escribir la biografía de "Frascuelo" fue Ricardo Marín. Corría el año 1932 cuando él me incitó a preparar una obra sobre el mundo taurino. Por desgracia, nunca llego a verla editada, pues antes de la Guerra Civil se marchó a México. Cuento en la introducción de la citada biografía que un aristócrata cordobés, compañero de localidad, me invitó a su museo taurino, animándome a reconstruir por escrito la vida de "Frascuelo". Eso es novelesco. Tal personaje no existió nunca y lo creé yo para dar entrada al texto.
Gracias a mi amistad con Antonio Asenjo, por entonces director de la Hemeroteca Municipal, pude trabajar en su despacho, consultando la prensa taurina del XIX. Eran publicaciones muy bien escritas que transmitían, con gracia y profundidad, la pasión por los toros. Destaco por su interés La Lidia, con aquellos extraordinarios dibujos a toda página realizados por Daniel Perea y Rojas.
Mi preocupación era buscar a algún miembro de la cuadrilla de "Frascuelo", pues el matador había fallecido en 1898 a los cincuenta y seis años de edad. Fue por entonces cuando el espada Vicente Pastor me comentó que vivía en Torrelaguna el único resto de aquel grupo. Se trataba de Valentín Martín, banderillero durante muchos años. Respondiendo a mis preguntas, me contó muchas cosas del carácter de "Frascuelo". En su opinión, era muy autoritario en la plaza y no dejaba pasar una a los subalternos, siempre en beneficio de la lidia. Cosa curiosa, cuando le preguntaban a su rival "Lagartijo" sobre los dos mejores toreros del momento, contestaba: "Este y yo", refiriéndose a "Frascuelo" y él. Y al preguntarle por los peores, decía: "Su hermano y el mío".
Fuera de esta labor de investigación en torno al genial torero, yo seguía acudiendo de forma regular a la plaza de toros, donde coincidía con escritores como Alberto Insúa, autor de la novela La mujer, el torero y el toro, publicada en 1926. Por allí solía encontrar a otro gran aficionado a la fiesta, Antoniorrobles.
A muchos de estos escritores llegó a tratarlos en tertulias, ¿no es cierto?
Los veía en los cafés, pues yo asistía todos los días con Enrique Jardiel Poncela a la tertulia del Café Gijón.
Tenía mucha amistad con él y compartimos muchos momentos, pero jamás le oí hablar de toros, así que nunca supe si era partidario o detractor de la fiesta.
La tertulia taurina que yo frecuentaba era la de "La Campana", en la calle de la Cruz, presidida por Manuel Machado. Tuve la fortuna de conocer a los dos hermanos Machado.
Ambos, como buenos andaluces, eran aficionados a la fiesta. Lo que pasa es que tenían dos caracteres diferentes. Manolo era el andaluz auténtico, a quien le agradaban los "chatitos" y la tapa de jamón, la juerga, hablar de toros y de mujeres.
Por el contrario, Antonio era un hombre más bien serio, con cierta reconcentración. Fue en un café donde me encontré con él por primera vez. Lo recuerdo apoyado en su bastón, con el sombrero puesto. Es la misma imagen que luego he visto en un retrato fotográfico suyo.
En "La Campana" hablábamos de toros alrededor de dos mesas. Allí se reunían personajes muy pintorescos, entre ellos Paco Torres, empresario del Teatro Martín, un hombre muy bulllicioso y también lleno de fantasías, porque se las daba de conocer a mucha gente cuando a veces no era cierto. Por otro lado, siempre hubo en aquella tertulia partidarios de uno u otro torero. Rondeños y sevillanos eran las dos escuelas enfrentadas. Manolo, por ejemplo, era partidario de las alegrías de los toreros sevillanos.
Me imagino que en 1936 todo aquello cambió por completo.
Cuando estalló la Guerra Civil, la fiesta estuvo oscurecida. En Madrid no se celebraban corridas y en otros lugares la gente hambrienta sacrificó al ganado bravo para alimentarse.
Por mis actividades de apoyo a la República, fui condenado por el Juzgado Especial de Prensa creado por Franco.
En 1939 ingresé en la cárcel de Ocaña, donde fue compañero mío el escritor Miguel Hernández.
El poeta era amigo suyo.
Sí, nos habíamos conocido durante la guerra, en Valencia, colaborando en acciones de propaganda. Fue allí donde recibí de sus manos las galeradas de El hombre acecha, pues el libro estaba próximo a publicarse y deseaba conocer mi opinión.
Miguel era muy aficionado a los toros, como tantos poetas del momento. José María de Cossío contó con su participación en Los toros, si bien la firma del poeta no figura en ninguna de las biografías de toreros que escribió para esa obra. Esto me lo contaba él mismo en Ocaña.
Aparte de su poesía de asunto taurino, empezó una obra dramática sobre la fiesta, El torero más valiente.
Yo conservo todos los libros de Miguel dedicados por su viuda, quien me enviaba las nuevas ediciones de su obra. Guardo además una poesía manuscrita con el autógrafo del poeta, regalo suyo tras un homenaje que le dedicamos.
¿Como fue su vida después de tantos años de prisión?
Salí de la cárcel de Ocaña en 1943, pero estaba vetado para colaborar en cualquier periódico. Marché a Barcelona, desterrado, y mi esposa tuvo que abrir una tienda con la que obtener algún ingreso.
A pesar de tantas penalidades, ella fue quien me animó entonces a proseguir mi carrera literaria. Al principio escribía cosas sin importancia para las editoriales: solapas de libros, prólogos, alguna traducción del francés.
Más adelante un editor me propuso rehacer la biografía de Gayarre y, por fin, pude regresar a la investigación histórica.
También volví a los toros y pude asistir a la explosión de Manuel Rodríguez "Manolete", un torero muy fino y dominador, quien se complementaba muy bien con Carlos Arruza, su rival en los ruedos. "Manolete" era la figura, la ejecución de la suerte y cierta elegancia, mientras que Arruza encarnaba el arrojo y el valor. En ésta como en todas las competencias taurinas, el valor se enfrentaba con la sabiduría.
A pesar de recuerdos tan intensos, me ha ido alejando de la fiesta su decadencia. Falta el elemento principal, el toro, que ahora no tiene ni casta ni bravura. Por lo demás, carece el toreo actual de la bizarría, el valor y la destreza que tuvo en otros tiempos.
Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.
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