Escritor y Miembro de la Real Academia Española, Claudio Rodríguez (1934-1999) fue un magnífico poeta español, autor de títulos esenciales como Don de la ebriedad (1953). En 1999 tuve la fortuna de entrevistarle en su casa de Madrid. El tema del diálogo venía impuesto por el lugar donde se iba a publicar: un número especial sobre toros y literatura de la revista Cuadernos Hispanoamericanos.
¿De dónde proviene su afición por el toreo?
Zamora, la tierra donde nací, es muy taurina, por lo cual supongo que desde muy niño tuve una intensa relación con el mundo de los toros. Como detalle curioso, recuerdo que a los once o doce años de edad yo conservaba en mi cuarto una banderilla. Y al cumplir los trece, ya había ido a corridas de toros.
Fue, por lo tanto, una afición muy temprana, animada por mis padres, con quienes acudía a la plaza. Lo precoz de esa inclinación mía por lo taurino se revela en el hecho de que no recuerdo un primer momento, una primer anécdota de aficionado. Es innegable que un ambiente como el taurino hay que mamarlo desde muy joven.
De ese periodo como espectador me vienen a la memoria diestros como Carlos Arruza, a quien vi torear siendo niño, y también las biografías de toreros que tenía mi padre, lector de las críticas publicadas en el diario ABC.
Por curiosidad, me gustaba mirar las fotografías antiguas, de comienzos de siglo, publicadas en las páginas taurinas de ese periódico. No sé por qué, pero recuerdo en particular las de Ricardo Torres "Bombita", el más renombrado, y coetáneos como Rafael González Madrid "Machaquito" y Rafael Gómez "el Gallo".
¿Hay algún episodio singular de esa primera etapa como aficionado?
Sí. En torno al año 1950 recuerdo que Antonio Ordóñez, por entonces un joven novillero, fue a torear una corrida a la plaza de toros de Zamora.
Ordóñez, al igual que yo, era sólo un muchacho y no sabía que iba a convertirse en una gran figura. Yo estaba en la plaza, acompañado por unos amigos, y llevaba unos prismáticos de mi padre, por presumir un poco. Muy desafortunado, Ordóñez hizo una faena nefasta y estuvo despectivo con el público. Tanto me irritó aquello que agarré los prismáticos de mi padre y se los tiré. Cosas de plena juventud.
A propósito de esa etapa hay otro episodio curioso. Con otros muchachos amigos míos y a lo largo de un verano entero, recorrí Salamanca, visitando las ganaderías para comprar vacas destinadas a las capeas de los pueblos. Era aquel un ambiente terrible. Corrían los años cuarenta y en aquellos pueblos inhóspitos adonde íbamos sucedían muchísimos incidentes.
Las capeas eran organizadas en plazas de carros y eran frecuentes los rechazos y las broncas. Resultaba muy arriesgado estar por allí comprando ganado. Yo no participaba directamente en las capeas, pero no era una cuestión de miedo, porque yo no tengo mucho miedo físico. La realidad es que para hacer ese tipo de cosas hay que entrenarse y yo nunca lo he hecho.
Desde entonces, mi afición ha ido evolucionando.
¿Es amigo de toreros?
He mantenido amistad con novilleros, toreros y ganaderos. Conocí, entre otros, al matador Santiago Martín "el Viti", a Paco Camino y a Antonio Bienvenida, quien era vecino mío. También he participado en reuniones después de las corridas y me ha interesado leer libros acerca del arte de torear.
Sin embargo, no pretendo ser un erudito, recopilando una gran documentación. Por ejemplo, ahora no tengo la célebre enciclopedia Los toros, de Cossío, pero sí bastantes biografías, ensayos sobre historia del toreo y diccionarios de terminología taurina.
Como poeta, ¿le atrae el léxico taurino?
El vocabulario de los toros es un tema que me interesa de forma especial. El léxico taurino resulta inmenso, muy variado, complejo y rico. Además es muy fijo, porque las acepciones no pueden modificarse. De hecho, hay muchos términos que son invenciones de los propios toreros.
En el diccionario de la Real Academia Española faltan muchas entradas de léxico taurino y, de vez en cuando, yo propongo cierta terminología de este tipo para su posible aceptación.
¿Comparte este interés con otros colegas escritores?
Entre los escritores de mi entorno hay numerosos aficionados. Con Francisco Brines, por ejemplo, hablo mucho de toros y casi nunca nos ponemos de acuerdo, pero por detalles que no tienen importancia ninguna.
Otro gran aficionado es Sánchez Dragó. Y Javier Villán, por quien siento un aprecio especial.
¿Y qué me dice de la lidia actual?
Debido a motivos de salud, últimamente no puedo asistir a las corridas de toros. No obstante, sigo la actualidad de la fiesta, y me interesan diestros como Enrique Ponce, a quien juzgo muy buen torero; "Joselito", que me gusta bastante pero es muy irregular, y "el Juli", cuyo toreo de capa es de gran calidad.
Sólo hay que dejar pasar el tiempo para que madure la cosecha taurina. Siempre existirá el escalafón y, en consecuencia, habrá alternativas, renovaciones y cambios de estilo.
Por otro lado, si he de elegir entre el toreo artista y el atlético, prefiero la lidia como arte y no sólo como ostentación de valor. Al igual que sucede con la poesía, hay muchos caminos para torear. Junto a escuelas como la rondeña o la sevillana, contamos con el estilo macizo de matadores como "el Viti" o "Antoñete". De ahí proviene la grandeza del toreo, tan variado y lleno de magia.
Afortunadamente ha desaparecido el mundo de los maletillas, aquellos jóvenes que iban de capea en capea, muertos de hambre, y en su lugar tenemos las escuelas de tauromaquia. Pero ese mundo taurino, un mundo muy poetizado, corre el peligro de convertirse en demasiado mecánico al ponerse la técnica demasiado en evidencia. Y eso puede llegar a ser monótono y rutinario. Enseñar a torear es muy difícil, y a este respecto, las escuelas cumplen una doble función: muestran esa técnica que permite evitar las cogidas y, sobre todo, logran que los aspirantes no tengan que pasar por el hambre y la miseria de otros tiempos.
Asunto aparte sería la combinación de toreo y poesía en el mismo individuo. Antes, la mayoría de los espadas eran analfabetos, como la mayoría del pueblo español, razón por la cual, salvo aisladas excepciones, no es verificable la figura del torero poeta. Viene al caso recordar a Fernando Villalón, de quien cuentan aquello de que pretendió criar ganado bravo de ojos verdes. Villalón era un buen poeta y no se le concede la importancia que tiene.
De cualquier modo, para ser torero, poeta o ganadero hay que ser algo especial. Así lo dice el refrán: "De poetas y de locos, todos tenemos un poco."
Sin embargo, usted nunca ha hecho poesía sobre tema taurino.
Es verdad, y ha ocurrido por la sencilla razón de que no me salía el ambiente más o menos pintoresco. En toda mi trayectoria poética, sólo he escrito un poema relacionado con la tauromaquia, en concreto sobre el toreo de Antonio Chenel "Antoñete".
Se trata de una poesía que apareció en una antología y en la cual trato de analizar su técnica, lejos de todo pintoresquismo. Esa única salida de mi poesía al ruedo taurino es debida a mi admiración por "Antoñete".
El toreo de este matador, personal y profundo, se verifica ya desde sus inicios, si bien a mi juicio torea mejor en la madurez. No hay definición posible para su estilo, porque cada toro tiene su lidia. En todo caso, podemos hablar de la profundidad de los pases, de su geometría y, naturalmente, de la armonía. Torear es algo plástico; es casi música, color.
¿Cuál es el misterio de la fiesta?
Podemos atribuir al toreo un misterio inexplicable, semejante a aquello que Lorca llamaba duende. Como la poesía, la lidia es inefable y supera toda lógica. Por ello cabe hablar de una mitología taurina y también de una práctica ritual y mágica. Ese duende queda en evidencia alguna vez, no siempre. De lo contrario, el toreo se convertiría en un oficio más. Sólo en ciertas ocasiones es cuando sopla ese misterio y, como la inspiración poética, te invade, te inunda y te conduce a otro mundo.
Se trata, pues, de una actividad que ante todo es un arte. Por esa razón, para apreciar sus cualidades hace falta una sensibilidad particular. Si el espectador carece de ella, verá el espectáculo como los turistas, como una cosa pintoresca, graciosa o trágica. Por supuesto, esa dimensión de tragedia también está involucrada en el toreo, pero éste tiene otras formulaciones, por ejemplo como rito religioso.
Más que disparatado, el toreo resulta un arte extraño y tiene, como todo gran arte, algo de aquello que Baudelaire llamaba bizarre. Algo inesperado, sorprendente. Porque si fuese mecánico, no sería toreo, y ésa es la razón por la cual los pases no tienen ahora ningún interés, pues todo resulta igualmente rutinario, como si el diestro estuviese cumpliendo con un deber.
Los propios toreros lo dicen: es imposible definir el toreo. En todo caso, es una empresa semejante a definir la poesía. Hay miles de definiciones, y todas son válidas, precisas e interesantes. Desde el momento en que fuese posible especificar el toreo como si fuera una fórmula aritmética, éste perdería la sorpresa y el duende. En el fondo, es una técnica que tiene mucho de todas las demás artes, y también algo de geometría.
Además, la lidia atraviesa todas las emociones humanas: la exaltación, la alegría, el asombro, el rechazo, la repugnancia. Es el arte más efímero; se ve o no se ve. Sin embargo, el aficionado no olvida jamás un detalle observado durante la corrida. Ese detalle, aunque parezca repulsivo, permanece grabado en la memoria.
El miedo es otro elemento a considerar, pues ha de ser superado por el diestro. Decía Andrés Vázquez, un torero de mi tierra zamorana, que si antes de comenzar la corrida alguien pusiera campanillas en los tobillos de los toreros, toda la plaza escucharía su sonido. He asistido como espectador a bastantes cogidas dramáticas. Nada más ver a un toro, enseguida se intuye esa posibilidad.
¿Qué le sugiere el toro como bestia ancestral?
Por sus cualidades, me fascina el toro de lidia como especie animal. Su encuentro con el torero está lleno -y esto lo sabe Fernando Sánchez Dragó mejor que yo- de simbología, actitudes místicas y ritual. No obstante, es un hecho cierto la decadencia de la embestida y de la casta. Esa pérdida de la bravura repercute en la calidad del toreo. Hay ocasiones en las cuales resulta imposible lidiar, porque sin toro no hay torero. Por algo será que las corridas de toros se llaman así, y no corridas de toreros. En este sentido, me considero torista, no torerista.
A pesar de factores como la citada degradación de la casta, soy optimista con el futuro de la lidia. Después de tantos siglos de existencia, las corridas no se van a acabar como por ensalmo en tan poco tiempo. La historia pesa mucho más de lo que parece. No olvidemos que los toros son, además de arte, un negocio con miles de millones en juego. Y un negocio tan formidable no puede desaparecer de la noche a la mañana.
Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.
29 días atrás
29 días atrás
1922 días atrás
2677 días atrás
3774 días atrás
900 días atrás
646 días atrás
647 días atrás
648 días atrás
648 días atrás
648 días atrás
648 días atrás
648 días atrás











































































