Francisco Brines forma parte del grupo poético de la Generación del 50. Fue profesor en la Universidad de Oxford y es miembro de la Real Academia Española. Este poeta de enorme importancia en las letras españolas me concedió la siguiente entrevista en 1999. El diálogo apareció publicado en un número especial de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, dedicado a la relación entre tauromaquia y literatura.
¿De dónde proviene su afición por los toros?
Durante casi toda mi vida he seguido de cerca la realidad taurina. Mucho es lo que recuerdo, como experiencia de mi niñez y juventud, de los toros en Valencia, en cuya plaza vi mi primera corrida el 15 de octubre de 1944.
Contaba yo doce años y un torero valenciano, Jaime Marco Gómez "el Choni" tomaba la alternativa de manos de "Manolete", con Manuel Álvarez Pruaño "Andaluz" actuando de testigo. Quedé deslumbrado por el espectáculo, por su estética y solemnidad, y me entusiasmó ver a "Manolete", una leyenda viva en todo el país.
Al comprobar en mí aquella pasión, me dijo mi padre que cuando volviese "Manolete" a Valencia, también nosotros regresaríamos a la plaza. Lo singular del caso es que yo carecía por entonces de conocimientos acerca de la fiesta, pero ello no supuso un obstáculo para que me convirtiese en taurófilo.
¿Cómo fue aprendiendo a valorar el estilo de cada torero?
Una vez descubierta mi afición, asistir a la plaza de forma continuada me sirvió para conocer cada vez mejor los secretos de la lidia. Tuve además una gran suerte porque, cuando estudiaba el último curso de Bachillerato, surgió una generación de novilleros que hizo furor. Junto a figuras como Miguel Báez "Litri" y Julio Aparicio, fueron apareciendo otras tan destacadas como Antonio Ordóñez, "Antoñete" y Luis Miguel Dominguín.
Me apasionaba la rivalidad entre varios de estos novilleros. Tal era su éxito, que toreaban todos los martes. Como yo quería llegar a tiempo a la plaza, me escapaba de la clase un poco antes, arrastrando a mis amigos, entre ellos Vicente Barrera, hijo del famoso matador. Siempre comprábamos la entrada más barata.
Recuerdo que yo era partidario de Julio Aparicio, pero cuando apareció Ordóñez, pasó a convertirse en mi favorito. En realidad, es la primera y única vez que yo he apostado por un torero determinado, pues admiraba sus cualidades de lidiador valiente, dominador y artista.
Aunque Ordóñez era un torero extraordinario, no despertaba en Valencia el mismo entusiasmo que "el Litri". Sin embargo, toreó mucho en esa plaza, así que tuve la suerte de verle en numerosas ocasiones, tanto de novillero como de matador.
En contraste con aquellos tiempos, hoy lo paso muy mal como espectador, porque no me gusta nada la situación actual de la fiesta; y no me gusta sencillamente porque no hay toro.
Ahora la técnica consiste en mantener al toro para que no se caiga. A un toro débil, como los que actualmente salen a las plazas, no le puedes bajar la mano al torearlo, porque se cae enseguida.
En vez de llevarlo largo y humillado, que es la manera de que el astado haga el recorrido lento, los toreros lo mantienen arriba y rectilíneo, con lo cual no lo gastan y le dan numerosos pases. Pero, en realidad, no le han dado ningún pase de poder; sólo han aprovechado el recorrido del animal. Cierto es que luego les conceden las orejas después de matar al toro, pero en realidad éste muere casi por cansancio.
Los diestros de la gran generación que antes he mencionado no toreaban mastodontes, sino toros ágiles, capaces de ir de un lado a otro de la plaza. Algo muy distinto sucede con los astados modernos, que son los toros de Guisando pero en carne. Por otra parte, los animales no están bien tratados, los trasladan en cajones y a lo mejor no les dan de comer. Pero es que además, cuando hacen tientas, tengo entendido que si la becerra es muy acometedora, la desechan.
Es lo que ahora se lleva.
Quieren el toro mecánico, sin casta. Para solucionar semejante situación tendría que venir a los ruedos un torero de leyenda, alguien como Pedro Romero, que en su época escogía las reses más difíciles y mejor armadas.
El propio Curro Romero ha dicho que si ahora salieran los toros que salían cuando era joven, llevaría veinte años retirado.
Por otra parte, el público actual vive en función de la propaganda y lo mismo hace colas para ver una exposición que acude a la ópera o a los toros. Desconoce los principios de la fiesta, de modo que su diversión consiste en aplaudir y pedir orejas. De hecho, cuando los espectadores vuelven a sus casas, tienen la impresión de que han visto una buena corrida sólo porque se han cortado muchas orejas. Es algo que acaba por parecerse a las rebajas de los grandes almacenes.
¿Queda algo de la edad de oro de la lidia?
Muy poco pervive de aquellos tiempos memorables. El último torero que ha dado grandes lecciones en la plaza fue "Antoñete". Por lo demás, ahí tenemos el ejemplo de un ganadero, Victorino Martín, cuyos toros no se caen, de forma que cuando hay una corrida con ellos, raramente participan los toreros punteros, porque no lo necesitan. Antes al contrario, se trata de un trampolín para los toreros que están en segundo plano.
¿Le ha inspirado el toreo en su actividad poética?
Es verdad que hubiera tenido deseos de escribir unos versos después de ver una gran faena, por ejemplo en el caso de Ordóñez. Pero nunca lo he hecho. Sólo tengo un poema de cierta inspiración taurina, Relato superviviente, incluido en el libro Palabras a la oscuridad (1966).
Está escrito cuando salgo asqueado de la plaza, durante la Feria de julio en Valencia, después de haber visto una corrida de Manuel Benítez "el Cordobés". Para entender mis emociones de aquel momento, hay que tener presente que el aficionado a los toros, cuando está rodeado de público ignorante, sufre mucho, porque muchas veces se premia lo que es malo y no se aprecia lo que es bueno. Como hay tal entusiasmo general de la multitud, se siente tristeza, rechazo y soledad, porque la emoción estética es siempre desinteresada y queremos que los demás la compartan. Y aquel día me entristeció el gusto tan depravado y la tergiversación de valores que yo advertí en la plaza. Esa es la razón por la que, cuando regresé a casa, escribí los tres versos con los cuales comienza ese Relato superviviente:
"Después del espectáculo brillante, del entusiasmo
de la apretada multitud,
poseído de una creciente repugnancia, (...)"
Esta es la única presencia, un poco fantasmal, de la tauromaquia en mi poesía. Debo añadir que después de ver aquellos faenones del "Cordobés" me retiré de la afición y pasé unos años sin acudir a las plazas. Por fortuna, ya se había dejado los ruedos este matador cuando, gracias a un amigo, volví a los toros.
Aparte de rozar el tema en la poesía, también he escrito prosa, sobre todo artículos breves que me ha solicitado algún periódico. A ello he de añadir los ensayos publicados en Quites entre sol y sombra, una revista valenciana que surgió en los años ochenta y ya desapareció. En Quites los escritores abordaban el arte de torear desde una perspectiva literaria o de pensamiento, tanto a favor como en contra. Esta publicación tenía un interés añadido, pues las ilustraciones se adecuaban al mundo plástico del siglo XX y no repetían los clichés de la pintura de toros. Entre los artistas que allí colaboraron figura, por ejemplo, el pintor y dibujante Ramón Gaya.
¿Lee mucho sobre el tema?
A diferencia de otros aficionados, no he tenido el hábito de leer las revistas taurinas al uso, que me han interesado poco. En todo caso, me gustan las crónicas de los buenos escritores, como en su tiempo lo fue Díaz-Cañabate. Del mismo modo, leo ahora a Joaquín Vidal sin importarme si su crónica trata de la Corrida de la Beneficencia o de unos novilleros primerizos. También he procurado leer libros de otros autores con grandes conocimientos, como Gregorio Corrochano. La visión taurina de Bergamín me interesa, y me atrae lo que expone sobre la fiesta desde su rareza personal y desde su escritura literaria, que es también muy peregrina en ocasiones. Otro libro notable es el tratado de Domingo Ortega, El arte del toreo, cuyo verdadero autor, según dicen, fue Ortega y Gasset. Éste de Ortega me parece un texto admirable, muy bien escrito. Es probable que alguien se lo retocara estilísticamente, pero los conocimientos reflejados, no cabe duda, eran del propio maestro.
Aparte de lecturas taurinas como las mencionadas, siempre me ha gustado mucho oír hablar a los toreros, porque de su boca podemos aprender, en mayor medida, lo que es el toro: un auténtico enigma, impredecible a lo largo de la lidia. Aprendo enormemente acerca de todas estas cuestiones charlando con el diestro alicantino Luis Francisco Esplá, amigo mío y gran conocedor de la lidia. También me agrada conversar sobre este tema con Claudio Rodríguez, poeta y muy aficionado a la fiesta.
Hay entre los poetas fieles seguidores de la realidad taurina. Entre ellos, vienen a mi memoria los nombres de José Manuel Caballero Bonald y Alfonso Canales. También es aficionado Ángel González, quien me habló en su momento del torero murciano Pepín Jiménez. Con Juan Luis Panero he ido a los toros en Sevilla, para ver lidiar a "Antoñete", y tanto le emocionó una faena suya que luego escribió un poema sobre ello y me lo dedicó.
El caso de Fernando Quiñones fue más peculiar, pues era un gran aficionado, pero dejó de serlo. Me contó el motivo: estaba viendo una corrida televisada y su hijo pequeño comenzó a llorar, de modo que ese llanto le hizo tomar conciencia de la violencia del espectáculo. Semejante anécdota muestra un rasgo de la calidad humana y la bondad de Quiñones, pero debo añadir que a mí no me ocurriría algo así. Yo trataría de explicarle a ese niño la razón de ser del toreo, porque los aficionados no somos gente sádica; lo que de verdad nos irrita es que el toro sea maltratado sin motivo por el picador o que el torero, cuando no lo mata a la primera estocada, lo atormente como si fuera un acerico.
¿Es lector de poesía de asunto taurino?
Me gusta leer poesía de tema taurino cuando el conocimiento de la fiesta se alía con el conocimiento de la lírica. Eso me hace doblemente feliz. Hay poetas como Fernando Villalón, interesados por el toro, a diferencia de otros creadores, cautivados en mayor grado por la fiesta. Destaca entre estos últimos Manuel Machado, buen conocedor de la lidia.
Ya es popular la experiencia taurina de varios de los poetas del 27. Basta con fijarse en Rafael Alberti y Gerardo Diego, muy ligados al arte de torear. No obstante, por su importancia, he de referirme al Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, un poema de Lorca absolutamente maravilloso, la mejor elegía de la poesía española junto a las Coplas de Jorge Manrique.
En esta obra no importa tanto la lidia, pese a que Lorca demuestra su buen entendimiento y nunca dice nada que suene a falso. Lo que de verdad le interesa al poeta es hacer la elegía a un amigo cálido, cercano a él y que además era torero, esto es, ejecutante de un arte muy admirado por Federico. Téngase en cuenta que Lorca elogió en distintas ocasiones la enorme dimensión cultural del espectáculo taurino.
Otra obra que me atrae de modo singular es el libro La suerte o la muerte, de Gerardo Diego, cuya lectura causa en mí el doble placer antes mencionado: el placer de admirar al conocedor del toreo que además es un técnico de la poesía, porque lidia con ella. Gerardo es como algunos toreros que se plantean dificultades para salir de ellas, mediante la inspiración o el instinto. Además toca todas las vertientes del arte de torear, también con sus filias y sus fobias con los toreros. (A propósito de esta cualidad suya, me molesta un poco que un aficionado como él sólo le haya dedicado un poema a Antonio Ordóñez, pero eso ya son reparos de un seguidor quizá un poco fanático del diestro.)
Gerardo ha hecho uso de todos los metros para hablar del toreo y sus instrumentos. Ha escrito además prosas voladeras, artículos para la prensa acerca del mismo tema, útiles para resumir su teoría del toreo, una teoría que además es comparativa con las distintas artes.
Su afición, como pude comprobar, le venía de la infancia. Recuerdo cierta ocasión en que yo me encontraba a la puerta de la plaza de "Las Ventas", aguardando al hispanista Philip Silver, gran seguidor de la fiesta, con quien ya me había reunido en otra ocasión, en compañía de Carmen Martín Gaite y de una hermana de Carmen, aficionadísima y enteradísima. Pues bien, estaba esperando a Silver cuando vi llegar a Gerardo Diego, quien tendría por entonces más de ochenta años de edad. Muy tímido, tomó confianza cuando empecé a charlar con él, señalándole su gran afición, y entonces me confió un detalle bien revelador: cuando le preguntaban cuál había sido la jornada más feliz de su vida, no indicaba la fecha de su boda o la del nacimiento de su primer hijo. No, ese día de mayor felicidad tendría unos catorce años -me dijo la fecha exacta- y asistió a dos corridas sucesivas en Santander. Así que, curiosamente, el día más dichoso de toda la existencia del poeta fue aquel en que vio lidiar a unos toreros antiquísimos dieciséis o dieciocho toros.
Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.
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