Desde que a los dieciséis años escribió su primer relato, El diablo de los destellos de nácar, Juan Manuel de Prada ha sido un narrador vocacional. Entre sus libros figuran Coños (1995), El silencio del patinador (1995), Las máscaras del héroe (1996), La tempestad (1997), Las esquinas del aire (2000), Desgarrados y excéntricos (2001), La vida invisible (2003) y El séptimo velo (2007).
Sus libros tienen el poso de muchas referencias. Usted consigue conciliar, de algún modo, lo popular con los detalles de alta cultura.
Un escritor es hijo de muchos padres. Es hijo de influencias muy diversas, y creo que es precisamente de las influencias diversas de donde surge ese choque necesario para crear una obra personal.
Una obra personal siempre nace de lo heteróclito, de lo diverso... Yo creo que así es como se hace literatura a fin de cuentas.
Y sin embargo, a usted le ha tocado lidiar con la opinión de quienes condenan o elogian a un escritor con simples etiquetas.
Las etiquetas digamos que son la forma que tiene de elogiarte la gente rudimentaria. De manera que no, no me molestan demasiado. Sobreviviré a todas ellas.
Los prejuicios continúan alimentando la imaginación de una parte de la crítica. Usted es un escritor querido por sus lectores y, sin embargo, no faltan las voces que se acercan a su obra con ideas preconcebidas.
Siempre ha ocurrido. Cada régimen impone sus gustos y su ideología.
Ahí tiene su peso la corrección política que nos invade.
También es cierto que, de forma misteriosa y milagrosa, hay personas que, pese a todo, no están aplastadas por ese pensamiento hegemónico, y que finalmente te eligen, de forma increíble.
Entiendo.
Al final, lo importante es no defraudar a esas personas que te leen.
¿Y qué desea usted de esos lectores?
Que descubran en ti un esfuerzo, que vuelvan al siguiente libro y se lo comenten a otros. Así empiezan todas las religiones... y también los cultos literarios.
Empezamos hablando de referencias, y en su novela El séptimo velo hay una que me parece evidente, y es el cine. Uno casi desea ver en imágenes la vida de Julles Tillon, ese antiguo miembro de la Resistencia Francesa...
No es que haya ningún homenaje a ninguna película en concreto. Pero El séptimo velo es una novela que tiene un aroma muy propio de las películas de los años cuarenta. Películas que mezclaban el ingrediente bélico con la intriga, el romanticismo y la aventura.
Además, todo transcurre sobre ese telón de fondo del París ocupado, y hace que la novela tenga, efectivamente, un aroma cinematográfico.
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