
La feria del libro se instala en un parque del Retiro exaltado por la primavera: las lluvias generosas, el sol implacable, el cielo alto de Madrid despolucionada por el viento, matorrales bajo los árboles, flores.
También, familias con niños y curiosos que se asoman a ese mundo del libro que pertenece a las costumbres mensuales de sólo el 13 por ciento de los españoles. Para el visitante habitual de librerías, la feria no es, precisamente, el lugar óptimo de examen.
Sólo tiene la ventaja de acercar a la capital las numerosas editoriales de provincias, generalmente oficiales y de mala distribución, que ocultan sus minuciosas pesquisas y sus rarezas ilustradas. Por ejemplo: los relojes del Principado de Asturias, las últimas excavaciones en la Alcudia de Elche, el ensanche de Valladolid durante la segunda mitad del XIX...
En 416 casetas, más algunos pabellones, materiales para atracar al más glotón, en tanto los caminantes empiezan a levantar arenosas polvaredas y el sol sube sobre las cabezas de los curiosos.
Con un libro per cápita y por año, España consume un tercio de lo que un país industrial desarrollado. Frente a esta estrechez del mercado, la agresividad de una industria potente se convierte en sustituto del gusto literario.
Más que escribir, en España se tiende a fabricar una textualidad cambiante cada semestre, según las exploraciones del marketing. Junto con ello, los medios visuales de difusión -semanarios ilustrados, televisión- han impuesto la necesidad de que también los escritores tengan “imagen”, a veces aun antes de tener una obra.
Ambos extremos -la lectura dirigida y el culto de la imagen- han enrarecido al mundo literario, empujándolo a las orillas del espectáculo, para el cual esta pobremente dotado. Una esquina peligrosa.
De algunas casetas, de su penumbra, emergen figuras de escritores que esperan el momento de autografiar ejemplares. Recuerdan a las fieras de los antiguos zoológicos, como el que funcionó en estos mismos espacios del Retiro. La ferocidad enjaulada y clasificada se convierte en una miniatura de la Naturaleza.
Hay multitudes visibles ante pocas casetas: las de algunos escritores que no suelen merecer consideración crítica o las de recortables para niños. Siguiendo las normas del marketing, habiéndose averiguado que los niños motorizan el consumo familiar, se les ofrecen libros y otros objetos gráficos.
No reciben directivas de unos padres que, en general, no tienen la costumbre de leer, sino que proponen en qué gastar el excedente doméstico. Mientras tanto, crecen lentamente los índices de lectura en la perezosa España posindustrial, que ha pasado, con excesivo vértigo, de la escasez y el predominio de la población rural al consumismo y la avalancha televisiva, sin conocer un largo tiempo de imperialismo del libro.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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