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George Steiner: Presencias reales

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Febrero de 1992. Simposio de críticos y teóricos de la literatura en Granada. Como siempre, lo más jugoso ocurre en los pasillos: chismes, o sea relatos míticos, de cátedra y de cama. Varios profesores, orillando la indignación, me hablan de un libro de George Steiner, Presencias reales, que también estoy leyendo.

La traducción de Enrique Lynch, incisiva y pregnante, queda fuera de discusión. Lo mismo, la nueva colección de ensayos de Destino, la casa barcelonesa. Bienvenida sea esta novedad, en un tiempo que ensaya tan poco y con tan escasa libertad de tentativa.

Me gustan varias cosas de Steiner. Por ejemplo, su cultura. Quiero decir: su capacidad de cultivar lo anoticiado, sin dejarlo caer al cementerio de las fichas.

Culto es el labrador de sus saberes, quien sabe arquitrabarlos como un arquitecto, modular a tonalidades lejanas, como un músico. Y de estas modulaciones hay mucho en Presencias reales. Pero también admiro en Steiner su facultad para indignar profesores. Gente especializada que acota su conocimiento a fuerza de decir “eso lo ignoro”.

Especializarse es no querer enterarse. No decir “aún no lo sé”, sino “habré de ignorarlo siempre”. Steiner insiste en sus presencias reales porque siente que nuestro mundo, posmoderno y aquejado por el éxtasis de lo hiperreal, ha perdido contacto con lo original, lo primario.

Recibimos discursos derivados de unas cosas con las que no tenemos conexión. Aún mas: el periodismo, medio por excelencia de nuestro tiempo, se ocupa de esos absurdos objetos que se caracterizan por ser sólo diarios, durar un día sin ayer ni mañana.

El cuadro de situaciones me parece correcto, pero razono que los hombres nunca hemos tenido, salvo en un perdidísimo Paraíso, contacto original ni primario con nada. Somos históricos, venimos de antes, nuestra aproximación a la realidad está ineluctablemente mediada por algún discurso.

Que nuestra época sea especialmente discursiva, mediadora, glosaria, es sólo un problema de cantidad. Llevada a la altura de una “filosofía”, esta ausencia primordial se llama, hoy, desconstrucción.

En la historia todo lo dicho tiene un caracter definitivo, pero puede desdecirse: no hay un Decir fundacional, fundamental, decir del origen. Por ello, toda lectura es tan mala como creativa. La descontrucción es, llevado a su extremo nihilista, el discurso liberal, múltiple de incertidumbres, opuesto a la teología, tentada por “los viejos y crueles demonios del dogma”. Steiner intenta una vía conciliadora entre ambos extremos, que se me ocurre denominar “dialéctica de la lectura y el sentido”.

Leer, como todo acto humano, es algo ético y, privilegiadamente, un acto libre. No hay, enfrente, lenguaje que no se postule como trascendente, como yendo siempre mas allá de sí mismo; ni lenguaje que no postule una presencia fuera de sí y una o varias significaciones.

No son invariables estas significaciones, ni dejan de aceptar la zona de lo indescifrable, pero significan siempre. Si no hay Sentido Final tampoco hay Sinsentido. Y entre ambas fronteras, ideales pero infranqueables, se mueve la dialéctica de la razón, eso que llamamos historia.

Sus certezas no vienen del lenguaje, nos dice Steiner, sino, románticamente, de la música, esa teología para incrédulos. La historia tiene una lógica musical, es esa aritmética que se ignora, como definía Leibniz.

Lacan dice que, según Freud, así opera el inconsciente, estructurado como un lenguaje. ¿No será la música lo mismo que el inconsciente y viceversa, ya que también ella está estructurada como un lenguaje, aunque no lo es?

La música es ese modelo de signos plenos y gestuales, inmediatos e inescindibles, irreductibles a la razón pero no por ello irracionales que, en definitiva, constituyen la fantasía del significado. El cuerpo, el afecto, son, en este sentido, musicales.

Por eso, tal vez, los discursos sobre la música sean notoriamente deficientes. Hablar de música es como cojear con la palabra, describe Steiner.

Me permito corregir: a veces, es bailar. Tal vez porque “la mejor parte de humanidad dentro de nosotros guarda silencio”. Agrego: cuando no canta, gesticula o ama, produciendo un objeto que se incorpora al mundo.

Yendo al final de la partitura, la música tiene la plenitud semántica pero inefable de la muerte. Si la vida es tensión armónica, la muerte es cadencia y resolución tonal. Y autorreferencia. La vida se refiere a la diversidad de objetos del mundo, en tanto la muerte apenas se refiere a sí misma.

Cuando cantan las sirenas, el hombre puramente racional, Ulises, se ata al mástil de su nave para resistir al mortal encanto que le ofrecen. Bien, pero, querido Ulises ¿habría orden y deseo en un mundo sin música?

Con ello volvemos a la propuesta del comienzo: la realidad de la presencia que invocan las palabras. La modernidad se basó en una suerte de “teología del sentido”. Allí estaba Dios, garante de la Realidad de lo real y del sentido de lo existente. Pero, quitado Dios ¿quién nos asegura la una y el otro?

Dios ha muerto y el lenguaje se sigue refiriendo a sus seguridades, a sus divinas certezas, que son divina ausencia, vacuidad infinita. La modernidad se gestó porque la gramática apostaba a favor de Dios y ello la habilitaba a vivir y generar mundos.

Más, inhumado Dios, se rompe la alianza, la mutua confianza entre las palabras y las cosas, el Logos y el Cosmos. Ya no hay teorías ni ciencias del sentido ni del significado. Sólo queda el arte, ese intento (sic Steiner) de maximalizar lo inconmensurable del lenguaje. A la explicación suceden la narración, la puesta en escena y el mito. Y, más al fondo, muerto Dios, el lenguaje se queda sin referente último, sin “afuera”. Aquí me pongo a un costado.

Sí, Dios garantizaba lo que garantizó, pero ¿qué lenguaje puede referirse a El, infinito, eterno, mudo y anónimo?

La plegaria, posiblemente, pero ¿con qué garantía de ser el vehículo adecuado? En otro sentido: ¿hay algún lenguaje que carezca, efectivamente, de referencia exterior? ¿Y el código de la lengua, y el otro que es invocado, y el cuerpo del que dice y del que escucha?

Lo que viene a sugerirnos Steiner, acaso sin advertirlo con claridad, es que todo lenguaje, téngalo o no, postula unos referentes, significa, invoca un orden y provoca unas verdaderas o falsas seguridades divinas.

El lenguaje cree en Dios y se Lo inventa, si no es que Lo reconoce. Porque es opción ética del hombre, ese animal musical, y ejercicio de libertad práctica en el mundo.

De ahí parten dos grandes modelos de lectura, que podríamos ejemplificar con incontables casos puntuales, pero que Steiner extrae de las tradiciones judías: la Cábala y el Talmud.

La primera cree en la verdad del texto, que es inefable y se produce por revelación. El otro, en cambio, advierte que interpretar un texto es generar otro texto, lo cual hace de la lectura un discurso infinito, que asegura su pervivencia.

La falta de final es un truco contra la extinción mortal. La herméutica de lo canónico y correcto, y la dialéctica de la lectura: la producción de sentido por parte del lector, que conforma la obra al descifrarla. Hay fondo y toda lectura remite a la ortodoxia, o no hay fondo, y toda lectura es heterodoxia.

Pero, por paradoja, la Cábala ha generado más heterodoxia que el Talmud, ya que sus iluminaciones (opuestas a la comprensión) resultan, de hecho, fenómenos individuales, intentos del sujeto por desujetarse de la norma.

Interpretar infinitamente es, por fin, valga la paradoja, asegurar la preservación del presente continuo, no pasar, no devenir pasado. Hermes, dios de la hermenéutica, no hace fálta decirlo, es la divinidad de la lectura modélica y los significados inmortales.

¿Será este el dios que hoy nos falta? ¿Será hermética, por ello mismo, toda hermenéutica? Esto explicaría la sugestión steineriana de que la música es acceso a la metafísica.

Me gusta, especialmente, la constancia de Steiner respecto a su concepción de la crítica: un discurso que puede persuadir pero nunca demostrar. Seducir, pero no ser refutada ni sustituida. Es algo amoroso, porque el ser amado también reúne estas cualidades. Y esto, para muchos profesores, es una indecencia.

Porque el lugar donde el sentido, musicalmente articulado, se pone en escena, es el cuerpo. Y la letra no tiene carne ni hueso en la taxidermia profesoral. El discurso crítico es, pues, anárquico y ubicuo.

Prefiero precisar: indeterminado. No va al encuentro de un sentido preexistente ni proviene de esquemas científicos de probada corrección.

Admite lo enigmático de todo texto, en tanto el enigma es el misterio en clave de parodia. Por eso siempre se encuentra con otro texto, con otra voz, con la otredad: “la otredad que entra en nosotros nos hace otros”.

Entre el uno y el otro, los dos supuestos de la soledad que enmarca la lectura, se establece un diálogo. Esto, una vez más, hace de la lectura un ejercicio dialéctico, articulado en el dialecto del momento y en la lengua de la historia.

Hay más anécdotas: tal vez lo preconsciente que se hace consciente y genera un reconocimiento de la cosa, como en las reminiscencias platónicas o en el acto por el cual el deseo se identifica, o sea que reconoce lo deseable: esto lo sé porque lo supe, lo conozco porque lo reconozco.

Hay, también, un fugaz eclipse del yo, el perderse del sujeto en el goce de la lectura, como quería, a veces, Roland Barthes. Algo parecido. al éxtasis y al síncope. Fórmulas de la otredad, finalmente. Siempre hacen falta dos para que uno esté solo y hacen falta dos libertades para que exista una libertad.

Es entonces cuando sentimos que nuestra casa es una posada y nuestra vida propia ha sido otorgada en alquiler y no en propiedad. Pero que, al mismo tiempo, en la incertidumbre de la historia, el mundo es nuestro si lo entretejemos con signos. Y hasta le podemos dar orden. Y hasta dioses

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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