
Henry Corbin: La paradoja del monoteísmo. Traducción de María Tabuyo y Agustín López, Losada, Madrid, 2003, 289 pp.
Decimos Dios por decir algo, aunque sabemos que no tiene un nombre pronunciable. No es la única manera de nombrarlo, siquiera de invocarlo. Antiguas fuentes proponen 72 sustitutos, pseudónimos, apodos, hasta familiarismos (en la Biblia se lo llama, en ocasiones, con un diminutivo casero: Papito, Papaíto).
Finalmente, al principio de la dispersión lingüística, se dice que las lenguas babélicas sumaban 72. Como afirma Corbin, el Uno–Unifico sólo admite una gnosis, o sea la enunciación que es a la vez saber y que no resulta objeto de ningún discurso. Es la verdad, no la dicción de la verdad. Fuente del ser que está más allá del ser, inefable, impredicable, a la cual no le caben atributos ni nombres, Ser del que surgen los seres primordiales y las primordiales palabras. De él se sale pero no se vuelve a él. Dios –admitamos el pseudónimo por tratarse del más conocido– tiene una historia pero es esotérica, secreta y, obviamente, divina. Corbin, puntualísimo filólogo de esas lenguas orientales que acostumbramos ignorar, le sigue la pista y parece que no hay refugio que ignore.
Desde luego, nada más apropiado al esoterismo que los refugios. Ahora bien: existe otra historia, que podemos calificar de natural, que es la historia del mundo, historia exotérica si las hay. Occidente se ha construido y se sigue construyendo –con la alta cuota de destrucciones que toda construcción implica– en el espacio de esa historia. Los monoteísmos semíticos apuntan a una escena, la Caída, que da lugar al cuento, y a otra escena, la Salvación, que le da término. Hay que salvar a la humanidad o como quiera llamársela.
Corbin señala la bifurcación del camino: la salida oriental, que es devolver al hombre, por medio de una mediación angélica, a la historia esotérica de la divinidad, a sus jerarquías y grados de perfeccionamiento espiritual, y la salida exotérica occidental, que consiste en ver la historia de los hombres como ese camino de perfección, orientado por la razón universal. Desde luego, nuestro escritor toma partido por la primera opción, la desacralización de un mundo profanado por la decisión humana de instaurar la catástrofe del Pleroma: el tiempo como escenario de la libertad, o sea del pecado.
Para él, Cnsto es el Ángel de la gnosis y no el Dios encarnado de los cristianos, inspirador de los desvíos que muestran la historia humana como la narración de la autobiografía del Creador, incluido su paso por la condición mancillada del ser humano. La bestia negra de Corbin es Hegel y, sin declararlo con precisión, el antepasado necesario de Hegel, que es Jacob Boehme. Éste, en su afán místico por devolver a la criatura la nada primordial donde no hay angustia ni muerte, en rigor lo que plantea es que la historia del tiempo es la generación constante de Dios en sus criaturas, cuya expresión suprema es el ser individual, o sea el hombre. Ello explica, desde Boehme hasta Hegel, la necesidad que Dios tuvo de crear todo lo creado.
Por eso lo que se busca en la historia del mundo son las determinaciones y no la indeterminada libertad absoluta de Dios, que ya está dada en su naturaleza.
Quien dice determinación dice también, consciencia de la determinación, o sea liberación, libertad. Nada de esto convence a Corbin, quien propone, por el contrario, la inmanencia de toda historia por medio de la gnosis, o sea la renuncia a cualquier solución mundana a la caída condición del hombre. Agnosticismo y antropomorfismo (léase humanismo, si se prefiere) son las falsas salidas al dilema, porque insisten en la relatividad de los entes creados, cuando, en esencia, sólo tiene el ser que no admite confundirse con ellos. Si se quiere, una relectura mística –admisible, desde luego– del primer Heidegger: devolver al Ser a su eternidad y llevar los entes hacia la fuente de su oritología.
Más allá de su densa trama erudita, el asunto del libro tiene candente actualidad. Si Occidente persiste en su exoterismo y poniendo las cosas en su lugar virtual, o sea la historia donde todo cambia de lugar en el devenir, se entrega a la catástrofe. Si se admite la salida teocrática y se sacraliza la vida social convirtiéndola en una práctica mística, se aquieta la ansiedad temporal de la historia, aunque con su catástrofe propia, las guerras de religión. Corbin no puede ignorar que toda mística desagua en religiones organizadas, que pretenden enaltecerse con la verdad inmanente del Ser y tienen escasa o nula consideración para quien difiera de ellas.
Por contemplativa que se proponga, toda religión es una realidad política, o sea exotérica. De ahí que conozcamos, en Occidente como en Oriente, las guerras de religión. Cabe agradecer, desde la perspectiva del lector lego, la claridad expositiva y la solidez informativa de libros como el presente. Se trata de plantear el estado de la cuestión y hacer discurrir –porque Corbin discurre acerca de lo no discurrible y lo inefable– tanto a quien suscribe como a quien disiente, en el exotérico lugar donde el pensamiento reclama su libertad.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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