
La literatura extrae un alto interés de la heterodoxia −razona el lector de Arrabal−, y nada tan literario como la propia vida de este escritor español.
En él, con una plenitud acabada, la provocación se hace constante, acaso metódica, a menudo de gran interés moral, sin mezcla, esta vez, de remedos o adulteraciones. Es una provocación que revive en una forma nueva: su autor llega a la perfección de su oficio y la colorea diversamente, con trémula sensibilidad y vigorosa polémica, bajo influencias que vienen del barroco, desdeñoso para con la sencillez, y también de la especulación infantil, cuyo rango e importancia se expresan en forma de juego. Así lo intuye, por ejemplo, Eugène Ionesco: “Espero poder decir alguna vez por qué me gusta Arrabal, por qué me encanta su estilo, por qué amo su espíritu barroco, por qué amo su cultura tan extensa, su barroquismo y su persona misma”.
Nacido en Melilla el 11 de agosto de 1933, Arrabal se ha conducido por la vida con la pasión más vibrante. La temprana desaparición de su padre ejerció una notable influencia en su desenvolvimiento juvenil. Estudió Derecho en Madrid, y en 1954 buscó en Francia el reconocimiento que los españoles le habían escamoteado. Como suele suceder con los desterrados, el impulso creativo sublimó no pocas frustraciones. Desentendiéndose de géneros, cultivó ese ímpetu tan elocuente en la poesía, la novela, el ensayo, la dramaturgia y la cinematografía. Es un dato conocido que, junto a Alejandro Jodorowsky y Roland Topor fundó en 1963 el Movimiento Pánico, de gran alcance en el teatro y el cine de vanguardia.
Dado que la bibliografía disponible es generosa, cabe recomendar la lectura de varias de las obras escritas por Arrabal. Con esa intención, citaremos, por géneros, cierto número de volúmenes que satisfagan al curioso. Para ceñir la dimensión teatral de nuestro autor, pueden visitarse las páginas siguientes: Pic-nic; El triciclo; El laberinto (Madrid: Cátedra, 1977), ... Y pondrán esposas a las flores (Salamanca, Almar, 1984), El cementerio de automóviles; El Arquitecto y el Emperador de Asiria (Madrid: Cátedra, 1984), Las delicias de la carne (Barcelona: Destino, 1985), Fando y Lis; Guernica; La bicicleta del condenado (Madrid: Alianza Editorial, 1986), Teatro Bufo (Róbame un billoncito. Apertura orangután. Punk y Punk y Colegram) (Madrid: Espasa Calpe, 1986) y Teatro pánico (El gran ceremonial, Los cuatro cubos, La primera comunión, Los amores imposibles, Striptease de los celos, La juventud ilustrada, Una cabra sobre una nube, ¿Se ha vuelto Dios loco?) (Madrid: Cátedra, 1986).
Para los amantes de las ediciones exhaustivas hay en el mercado una edición de su Teatro completo, en dos tomos (Madrid: Espasa Calpe, 1997).
La narrativa arrabaliana es también copiosa, y las referencias no son difíciles de hallar. Elegimos entre éstas Baal Babilonia (Barcelona: Destino, 1983), La torre herida por el rayo (Barcelona: Destino, 1983), La piedra de la locura (Barcelona: Destino, 1984), El entierro de la sardina (Barcelona: Destino, 1984), La hija de King Kong (Barcelona: Seix Barral, 1988), La dudosa luz del día (Madrid: Espasa Calpe, 1994) y Ceremonia por un teniente abandonado (Madrid: Espasa Calpe, 1998).
Por su brillo polémico, dentro de la mejor escritura política, merecen un capítulo aparte Carta al General Franco (Barcelona: Ediciones Actuales, 1978), Carta a los militantes comunistas españoles (Sueño y mentira del eurocomunismo) (Barcelona: Ediciones Actuales, 1978), Carta a José María Aznar (con copia a Felipe González) (Madrid: Espasa Calpe, 1993) y Carta al Rey de España (Madrid: Espasa Calpe, 1995).
A modo de conclusión, incluiremos un breve repertorio cinematográfico, dirigido casi exclusivamente a quienes frecuentan las filmotecas, pues sólo en ese ámbito es posible penetrar en la obra fílmica de Arrabal. Privilegiando sus variantes de guionista y escritor, sobresalen títulos como Viva la muerte (1970), J’irai comme un cheval fou (1972), L’arbre de Guernica (1975), Le cimetière des voitures (1981) y Jorge Luis Borges: Una vita de poesia (1998). En todos ellos, el riesgo formal, las perspectivas fugaces y la más elevada meta estética trazan una oferta visual que no pertenece a ninguna escuela.
Arte, en suma, de gran efecto, ya que no de pura especulación.
(La primera versión de este artículo fue publicada, bajo seudónimo, por el Centro Virtual Cervantes)
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