
Hija de la fortuna, Isabel Allende, Plaza & Janés, Barcelona, 1999, 429 pp.
Al leer Hija de la fortuna, se advierte la variación temática escogida por Isabel Allende (Lima, 1942) con respecto a títulos anteriores, ceñidos en su fondo común a la experiencia personal y a los valores afectivos de la memoria.
Es oportuno, pues, destacar este giro como una elección muy pensada que declara las necesidades creativas de la escritora.
A primera vista, esta novela presenta cualidades ampliamente asociadas con la tradición folletinesca, sobre todo en detalles como la esencialidad, los sentimientos, las casualidades inverosímiles y los trances iniciáticos.
Claro que los arquetipos populares no son sinónimo de mala literatura e Hija de la fortuna es una gratificante heredera de esa modalidad narrativa, enriquecida por el oficio de la escritora chilena.
La novela recorta un período de diez años, desde 1843 hasta 1853, en la vida de la heroína, Eliza Sommers, joven cuya trayectoria nos permite avanzar por pasajes que alternan romance, aventura y desencanto.
Sólo en ese contexto adquiere sentido el origen incierto de Eliza, su vida con una familia inglesa de Valparaíso y, en particular, la búsqueda de nuevos horizontes en California, tras los pasos de Joaquín Andieta, el amante perdido.
Así planteado, el título escogido exige pocas explicaciones, pues la fortuna confecciona esta vida de mujer.
Ese vagabundeo de la muchacha en pos del amor, mezclándose con la legión de audaces y sonámbulos que vibran con la fiebre del oro, se beneficia de la mitogenia local, y así queda explicado en la narración: «Joaquín Andieta se había perdido en la confusión de esos tiempos y en su lugar comenzaba a perfilarse un bandido con la misma descripción física y un nombre parecido, pero que a ella le resultaba imposible identificar con el noble joven a quien amaba».
Hay mucha ingenuidad en la Eliza enamorada, ingenuidad que, no obstante, se desvanece tras la sombra de ese fugitivo de la justicia, bien ajustado a la leyenda de Joaquín Murieta.
Pero como el amor imposible no se declara aquí vencido, el consuelo llega de manos de Tao Chi'en, un sabio chino que promete bondades inefables y la dosis necesaria de realismo por encima de tanto deslumbramiento: «En la vida no se llega a ninguna parte, Eliza, se camina no más».
Aquí reside la competencia del género: siempre se atiene a su pasado.
Respetuosa con el protocolo, Isabel Allende pone en práctica su talento con arreglo a los deseos del gran público, y lo hace con ejemplar eficacia.
Dada esa permeabilidad a las convenciones, el mayor acierto de Hija de la fortuna es el adecuado reflejo de la voluntad de vivir de la protagonista y de los recursos adaptativos que ella ejercita en su aventura.
Una figura que parece constreñida a la secuencia de lo inevitable y que alcanza la madurez en una apuesta difícil de ganar, sobre todo cuando se parte de esa certeza tan visceral que es la pasión.
No es ésta la fabulación más lograda del repertorio de la escritora, pero no defraudará a quienes buscan el atractivo de una lectura amena, llena de colorido, sin asperezas ni desafíos de estilo.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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