En su artículo The Coming Revolution, Jason Epstein defendía con entusiasmo las novedades que plantea la edición electrónica. El escrito, publicado por vez primera en The New York Review of Books, el 2 de noviembre de 2000, causó un notable revuelo en la industria del libro estadounidense, y anticipó un panorama que ya es realidad diez años después.
Según sus admiradores, Epstein fue un decidido modernizador durante su etapa como director editorial de Random House, y por motivos de orgullo literario, también figuran en su leyenda la fundación del suplemento antes citado y premios como el National Book Award for Distinguished Contribution to American Letters. De ahí que sus palabras, sobre todo en ciertos oídos, sonasen a profecía.
A estas alturas, parece claro que tal culto a la novedad informática no retrocede frente a ninguna cautela de los bibliófilos. En todo caso, el nuevo dispositivo de lectura (el e-book o libro electrónico) se ofrece como una realidad evidente, capaz de acompañar e incluso sustituir al libro tradicional.
En su deseo de adelantar un futuro tan seductor, hay analistas que sucumben a la tentación de predecir el fin absoluto de los sistemas de edición actuales, y trazan ese panorama a corto plazo, aun sabiendo que pertenece al campo de la hipótesis.
Visto desde esta perspectiva, resulta preferible atender a quienes moderan la polémica y otorgan al libro de papel la dimensión que aún le corresponde.
A este propósito, he aquí unas líneas muy significativas del famoso artículo de Epstein: “Si bien las nuevas tecnologías modificarán la vía de transmisión de los libros, la tarea del autor continuará siendo esencialmente la misma que desempeñó Homero al cantar la Odisea o Dickens al presentar sus novelas, capítulo a capítulo, frente a una audiencia encantada. Por lo tanto, la experiencia de los lectores también seguirá siendo la misma, tanto si acceden a páginas electrónicas como si encargan libros en un quiosco de su barrio, donde una máquina, tan eficaz como un cajero automático, imprimirá al instante un volumen indistinguible de cualquier otro que esté impreso del modo tradicional, y no más caro de producir”.
Variantes en la transmisión digital
Los lectores que aspiran a reducir el espacio ocupado por su biblioteca ya disponen de instrumentos como el CD-Rom o el DVD, que han sustituido las voluminosas enciclopedias de antaño por ligeros discos portátiles, diseñados para facilitar la búsqueda hipertextual y el disfrute de archivos sonoros y videográficos.
La mención de esas novedades podría continuar en un catálogo muy vasto, rico y más participativo: no en vano, son legión quienes leen diarios y revistas a través de Internet, y numerosos investigadores habrán accedido a tesis doctorales a través de la Red. Y eso por no hablar de iniciativas tan decisivas como Wikipedia o Google Books.
En todo ello hay un indudable afán de búsqueda y conocimiento que explica asimismo la buena acogida de los libros clásicos en versión virtual.
Y es que, en efecto, son muy abundantes las bases de datos que facilitan el texto digitalizado de volúmenes liberados del derecho de autor. Sobresale entre ellos el Proyecto Gutenberg, donde se albergan numerosos títulos en lengua inglesa.
La cosa viene de lejos. El divulgador científico Arturo Escandón defiende que dicho proyecto “fue, sin duda, uno de los primeros y más importantes impulsores del libro digital. De hecho, comenzó en Estados Unidos en 1971, gracias al tesón de Michael Hart, por aquel entonces estudiante de la Universidad de Illinois, y gran defensor del acceso universal y gratuito a los fondos de dominio público. Cabe añadir que su iniciativa ha sido contrarrestada, sin suerte hasta ahora, por la industria editora norteamericana, que se empeña en hacerse con los más diversos fondos editoriales”.
Para quien, como Escandón, ha quedado fijada la correspondencia entre idioma y predominio en la Red, describir este cuadro resulta poco favorable para los hispanohablantes. “Los anglosajones –advierte– nos han sacado mucha ventaja. Grandes editoriales inglesas y norteamericanas vienen desde hace dos décadas recopilando colecciones enteras de revistas electrónicas, debidamente conectadas a buscadores que reemplazan al bibliotecario tradicional. Estos fondos editoriales contienen no sólo el catálogo sino el texto completo de los artículos. Consorcios universitarios en Europa y Estados Unidos permiten a los estudiantes acceder con una sola clave a redes que comprenden varias de estas bases de datos. En algunos casos, hablamos de más de quince mil publicaciones universitarias mensuales, aparte de periódicos de corte generalista. En Reino Unido, resalta el consorcio Athens, dependiente de National Information Services and Systems, y fundado cuando éste pertenecía a la Universidad de Bath. En total, reúne un millón de usuarios que consultan regularmente un centenar de fondos completos y catálogos bibliográficos. Desconozco la existencia de un consorcio español o iberoamericano que cumpla la misma función. La dispersión del mundo hispano y lusohablante en las redes me parece sobrecogedora, principalmente en el ámbito de la educación superior”.












































































