Avances y retornos
Cosa curiosa: esa fijación de jalones acaba señalando un retorno. Dice Arturo Escandón que el libro digital portátil “tratará de algún modo volver a la organización normativa de la página, que se había perdido en la lectura de la pantalla del ordenador. Es decir, repetirá el esquema del libro de papel, cuya importancia radica en el hecho de que nuestra memoria está estrechamente relacionada con la organización espacial del texto. Pero además, el libro digital va a ofrecer interacción. Es una mezcla difícil de lograr, que requiere un salto técnológico importante y cuyos efectos psicosociales aún desconocemos por completo”.
Es interesante notar que este perfeccionamiento se relaciona con otra variante de la edición electrónica, situada en distinto pórtico. Como se vio más arriba, imaginamos el beneficio que Internet ha proporcionado al lector de clásicos. Pero a ese proyecto, aún por redondear, se añade un hecho que vino a modificar substancialmente el entorno literario en la Red: la publicación de textos inéditos, cada vez más extensos.
De forma gratuita, autores noveles comenzaron a ofrecer la versión digital de sus obras, y lo más notable es que esta cortesía fue bien recibida por los internautas. Nadie se benefició comercialmente de la operación hasta que, siguiendo un plan bien estudiado, Stephen King tomó un atajo elegante.
Ya que hacemos aquí un poco de historia, debemos examinar esa nueva perspectiva del libro electrónico: esta vez publicado en Internet, adquirido mediante tarjeta de crédito y legible en el ordenador mediante un programa diseñado a tal efecto.
En marzo de 2000, la editorial Simon & Schuster editaba la novela breve Riding the Bullet, de Stephen King, exclusivamente a través de Internet. Durante las veinticuatro horas posteriores a su lanzamiento, cuatrocientos mil lectores habían adquirido el texto, vendido al precio de dos dólares y medio.
Lógicamente, la experiencia sedujo e inflamó el ánimo de los editores, que pronto comenzaron a diseñar nuevas posibilidades. Random House, Time-Warner Books, McGraw-Hill y la propia Simon & Schuster, cada una en su grada, crearon divisiones comerciales y abrieron espacios en la Red para vender nuevos libros electrónicos.
Acaso en ese punto se sitúa la diferencia más notable entre los antiguos modos de edición y los que se adivinan en el porvenir: los libros de la nueva experiencia son vendidos a través de la Red, y luego es posible disfrutarlos en la pantalla del ordenador o en dispositivos de lectura como los anteriormente mencionados.
Y como el placer puede ser fetichista, quienes anhelen el tacto del papel, pueden conseguir un volumen impreso y encuadernado instalando el archivo digital en una máquina automática que, según sus promotores, será la expendedora de libros del futuro. Inscrita en lugar original, la novedad sienta las bases de una estructura productiva que, a juicio de los más entusiastas, exige el inmediato reciclaje de imprentas, empresas de artes gráficas y librerías.
Tras ocupar su lugar en este escenario, Stephen King decidió afinar la propuesta. El móvil era claro: si Riding the Bullet se había comercializado tan felizmente en el circuito digital, ¿por qué no continuar la oferta prescindiendo del editor?
Así fue como, apoyándose en la publicidad obtenida, King incluyó en julio de 2000 una nueva creación en su página de Internet.
Tenía previsto publicar el folletín The Plant a lo largo de varias entregas, cada una al precio de un dólar. Paradójicamente, el escritor mejor pagado del mundo (8.272 millones de pesetas en 2000, según “Forbes”) animaba a sus lectores con la siguiente declaración: “Amigos míos, tenemos la oportunidad de convertirnos en la peor pesadilla de los grandes editores”.
Pese a un comienzo favorable e incluso embriagador, The Plant representó un ceremonial deslucido, carente del brío de su predecesor y castigado por la piratería.
Tampoco se puede decir que confirmase las virtudes de la edición electrónica: King es una franquicia literaria que siempre asegura un público numeroso. No obstante, su ejemplo, en sus innumerables posibilidades, fue deslizándose hacia otros límites.
Así, durante el verano de 2000 se añadió a Internet la edición electrónica de La resistencia, de Ernesto Sábato, a modo de avance de su versión impresa. Y el 3 de noviembre de ese mismo año, Alfaguara publicaba en formato digital El oro del rey, cuarta entrega de las aventuras del Capitán Alatriste, de Arturo Pérez Reverte. Situada a lo largo de un mes en su web, la novela del español pudo adquirirse a cambio de quinientas pesetas.
Prescindiendo de los encantos del papel, por primera vez los descifradores de la Red daban con una creación extensa e inédita de un autor europeo de fama.












































































