Predicciones y dilemas
Los cálculos de Álvaro Rojas, pese a tener ya cierta antigüedad, resultan reveladores: “El costo de una edición electrónica ronda el 25% del costo de una edición impresa convencional. El trabajo de los especialistas que dan forma al libro electrónico es relativamente caro y las instalaciones necesarias para hacerlo también lo son, pero están al alcance de muchos en Europa o los Estados Unidos. En el fondo, la clave del asunto reside en el conocimiento de los métodos más que en la maquinaria o en los materiales. Por todo ello, está claro que se editará mucho más que antes, y por fin el lector estará seguro de que no se perderá a un genio de las letras porque ningún editor quiso editarlo”.
Semejante trastocamiento del escenario provoca no sólo un nuevo tipo de relaciones entre el escritor y sus lectores, también un cambio de registro en cuanto a los beneficios y, como veremos, en lo que concierne a los derechos de autor.
Desde su origen, el deseo de abaratar y, por ende, difundir en mayor grado el producto actúa como impulsor de estas iniciativas (Stephen King y Pérez Reverte defendieron ese argumento). Pero al obrar de precursores, estos proyectos desarticulan viejas categorías y plantean nuevos problemas.
Por su carácter admirable y cautivador, el objeto que llamamos libro implica fetichismo, culto y placer sensorial, no necesariamente relacionados con su lectura. En contraste, el libro electrónico se convierte en un puro dispositivo legible, extremadamente provechoso, dúctil y más duradero, pero sin latencias connotativas.
Se ha conjeturado que éste es un problema básico del comercio, pues muchos volúmenes se adquieren por gusto, costumbre y afán de colección, pero no para leerlos. En esta línea, resulta difícil imaginar que un libro electrónico sea comprado con un propósito ajeno a su lectura o consulta.
No ignoremos otros inconvenientes. Para cumplirse la expectativa más feliz, han de darse una serie de condiciones, y la primera es ésta: una mínima compatibilidad de formatos para toda la maquinaria, que además redunde en su seguridad. Hasta el momento, las técnicas criptográficas de protección se han desarrollado en competencia con la piratería informática. Pues bien, lo mismo que las transacciones monetarias, la propiedad intelectual también ha de quedar salvaguardada mediante la criptografía.












































































