
Aun sin exagerarlo apasionadamente, el problema que plantea el cerco de cualquier generación literaria parece complicarse con los autores de la posguerra española, a caballo de muy distintos grupos.
Para plantear la cuestión, quienes son refractarios a este encadenamiento estrictamente cronológico prefieren las definiciones abiertas, que hallan su plena razón de ser en un sistema de confluencias. La figura de Rosa Chacel (Valladolid, 1898-Madrid, 1994) parece confirmar ese punto de vista.
Es seguro, y es lo que ahora nos importa, que la escritora acierta al ubicarse: la idea sintética de generación cobra sentido para ella en el entrecruzamiento de relaciones e influjos, cuando todo se abigarra. Así lo declara en su artículo El vacío («Suplemento Culturas», Diario 16, 21-4-1990), donde señala:
“Me reconozco en la influencia literaria de Ortega. Era el maestro que nos enseñaba a pensar y a escribir el pensamiento, como puente necesario en la conjunción de lo antiguo con lo nuevo. En prosa no había nada en aquellos momentos, excepto la revista Nova Novorum, en la que colaboraban Ortega, Jarnés, Espina, Marichalar y Francisco Ayala y digamos que yo he sido la única superviviente de ese grupo como narradora. No es lo mismo que en poesía. En narrativa ha habido un vacío de cuarenta o cincuenta años”.
Sin duda, un párrafo que sirve de mapa y también de diagnóstico. Pero aún hay más.
Indudablemente, en su exploración de senderos que desbordaban el dominio masculino, Rosa Chacel no sólo figura en vanguardia de su generación literaria; también suscita, con respecto a su época, otro mundo de opciones para la mujer, generador de justicia y equilibrio entre los sexos.
En su fecha, es toda una declaración de principios la conferencia La mujer y sus posibilidades que pronuncia en el Ateneo. Aún más: cuando en 1915 se matricula en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando con el propósito de estudiar escultura, también desafía no pocas convenciones. Lo cuenta en Desde el amanecer (1972):
“Un hilo más en el tejido de la telaraña, un golpe más de lanzadera, recurrente, insistente, unas veces abrupto, otras en suave insinuación oblicua. El impracticismo de una carrera artística. Si no se es un genio, ya se sabe, el final es la bohemia. Y una mujer, ¿cómo abrirse paso una mujer? Nadie toma en serio a una mujer artísticamente...”.
Al transformar su empresa íntima en literatura, Chacel define y particulariza el movimiento de lo vivido y, en sus grandes líneas, propone un modelo moral. Sea cual fuere la intensidad de sus pasiones, éstas siempre acaban filtrándose en la escritura.
Así, durante su etapa en Roma, donde vive junto a su esposo, el pintor Timoteo Pérez Rubio, escribe una novela inaugural, Estación. Ida y vuelta (1930). Viene luego un periodo dramático, señalado por la guerra civil, la evacuación de Madrid y el primer exilio en París, Río de Janeiro y Buenos Aires, al que corresponden dos novelas que exploran un fecundo reflejo de la mujer sobre su disposición interior: Teresa (1941) y Memorias de Leticia Valle (1945).
Más adelante, en 1959, se abre su etapa en Nueva York, becada por la fundación Guggenheim para escribir el ensayo Saturnal.
Entre 1961 y 1963 permanece en España, completando una tentativa de retorno que se repetirá en 1973, cuando, gracias a una beca de la Fundación Juan March, escribe Barrio de Maravillas (1976), obra ganadora del Premio de la Crítica.
Como se ve, el tránsito oceánico de Chacel, con toda su carga simbólica, divide su ciclo biográfico. Este vaivén físico e íntimo se detiene en 1977, fecha de la muerte de su esposo y también de su regreso a España. En lo sucesivo, las reediciones, los homenajes y la presentación de nuevos escritos consolidarán la fama de Rosa Chacel, en su más feliz y genuina posibilidad.
Por supuesto, es el tiempo de piezas de ficción como Novelas antes de tiempo (1981), Acrópolis (1984) y Ciencias naturales (1988); y también de aportaciones tan valiosas como los dos volúmenes Alcancía. Ida y Alcancía. Vuelta (1982), en los cuales se reúnen casi cuarenta años de sus diarios. Después de todo, quizás un párrafo de esta memoria sea el mejor modo —el más evocador— de concluir nuestro perfil:
“la faena consiste en rebuscar con esfuerzo —con ahínco—, como en un acto amoroso de ilusoria potencia copulativa, que no es como el partear socrático —acción de uno sobre otro—, sino tensión, concentración del deseo hasta lo que, siendo propio, deslumbra como hallazgo, late como promesa, responde y deleita como contacto. Todo esto es lo que se encuentra —si se busca y rebusca— cuando no se ha ahorrado, cuando hay que entrar en la sima y escarbar...”.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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