
Inglaterra. Una fábula, Leopoldo Brizuela, Alfaguara, Madrid, 2000, 403 pp.
En 1986 Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963) añadió al rico depósito de la literatura argentina su primera novela, Tejiendo agua, escrita en esa edad en que aún se propicia el desarrollo de una personalidad ilustrada.
No mucho después agregó un poemario, Fado (1995), y dos colectáneas donde, también a su manera, diversos autores analizaban el ejercicio literario, nutriendo de paso sus márgenes: Cómo se escribe un cuento (1992) e Instrucciones secretas (1998).
Cierto es que a este currículo de Brizuela no le faltan muestras irrecusables de vocación narrativa, como la voz que ordena y manda frente al papel.
Pero la contraprueba de su fermento creativo no se advierte tanto en sus historias anteriores como en esta voluminosa Inglaterra, valorada con el Premio Clarín de Novela 1999.
A poco que afinemos el análisis, es manifiesto el fondo matriz de esta fábula, donde se sustenta su orden histórico e imaginario, cumpliendo el principio de verosimilitud en un marco que no refuta toda una serie de acontecimientos reales.
Tengamos la certeza de que así, mediante un movimiento continuo, la copia reemplaza la obra original, y la cronología se difumina, condicionada por una absurda memoria que no distingue lo genuino de lo apócrifo.
Es como si, ayudado de su erudición copiosa, Brizuela hubiera movido las gradas inferiores del método retrospectivo, cambiando la verdad por la necesidad de creer.
Y el resultado es una crónica cuyo detalle se pierde en lo vago, pero que al tiempo afronta cuestiones de muy vasto alcance, referentes a la transculturación, el papel especulativo de los mitos y el palimpsesto que define lo literario en una sociedad compleja.
Detalles que cimentan el valor de esta pieza que nos es presentada por el autor mediante la yuxtaposición de cartas, diarios íntimos y testimonios, tanto más incisivos cuanto más precisa huir del apelmazamiento el narrador destacado en primer plano.
A través del juego de voces y multiplicando los puntos de vista, Brizuela comprime un período de varios siglos en cinco actos.
Es así como el viejísimo ona Waichai desanda su memoria hasta llegar a mediados de 1914, cuando la Condesa de Broadback, propietaria y maestra de pista del gran circo inglés The Great Will, decide culminar su gira americana en la Patagonia.
Hay en esta evocación una voluntad de saber: el acorazado que transporta a los artistas pone proa a Tierra del Fuego, pues allí es donde los protagonistas han de comprender el nombre de su destino.
Así está perfilado el punto de partida: imposible representarlo sin la presencia de Shakespeare (irrumpe La Tempestad) y el intertexto de Darwin, Isak Dinesen, García Márquez y otros huéspedes de la expresión fueguina.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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