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Jacques Derrida: "La moneda falsa"

Williamwaterhousedolce

Jacques Derrida: Dar (el) tiempo. I. La moneda falsa, traducción de Cristina de Peretti, Paidós, Barcelona, 1995.

Entre 1977 y 1991, Jacques Derrida desarrolló los temas de la presente recopilación en París, Yale y Chicago. Los asuntos parecen caedizos: el don, la relación naturaleza/ cultura, la ficción, la falsa moneda y el relato, más los que el lector quiera ir deshilando por su cuenta. La casualidad de la reunión es aparente. Desde hace décadas, a Derrída le preocupa que, a partir de la disociación entre la naturaleza y la cultura, por medio del lenguaje, el hombre busque en un simulacro cíe naturaleza lo que es su naturaleza perdida {recuérdese su crítica al naturalismo de Rousseau, por ejemplo, en De la gramatología). Derrida retoma la reflexión de Heidegger sobre el perdido/olvidado origen del ser, que no puede recuperarse en el lenguaje, ya que éste consta de entes parciales y el ser promete la totalidad.

Entre medias, Lacan intenta freudianizar a Heidegger (o al revés) y propone llamar falo a ese Significante de todo significante, que no es significado de ningún otro. Este desencuentro de lo que decimos (sobre todo: lo que escribimos) consigo mismo ha permitido a Derrida acuñar sus categorías más felices: la différance o diferancia, la diseminación, la desconstrucción. Cuando intentamos descifrar un texto, en lugar de cerrarlo y hacerlo coincidir consigo mismo, de una vez para siempre, lo vamos abriendo, diseminando, haciéndolo cada vez menos parecido a él mismo, de manera que desarmamos su carpintería para comprobar si contiene hs elementos que lo impugnan, que sirven para su (auto) crítica, para una suerte de diálogo interno en el cual participa el lector como un tercero en discordia.

Si el ser pudiera recuperar su origen, el sujeto su prehistoria y el lenguaje su naturaleza, pasaría todo lo contrario: todo sería significado absoluto, como una música de significantes que uniría lo separado y borraría la historia intermedia, por inservible y ambigua. La lectura derridiana es ese merodeo del significado que no alcanza nunca su meta, porque es imposible y, en consecuencia, inefable. Por eso, porque no la alcanza, la desea y su trabajo es infinito. Al aproximar sus consideraciones sobre el don a su reflexión sobre el paralelo ficción narrativa/moneda falsa, Derrida, en rigor, está hablando del deseo, el deseo de dar algo imponderable y el deseo de hallar la verdadera y definitiva historia que evite toda ficción.

El don es tal en tanto se evade de la circularidad y la circulación propias del mercado, que tiene, obviamente, forma de círculo. Para que ello se dé y el don no seconfunda con un contrato de donación, debe disimular su carácter de tal y olvidarse de sí mismo. No puede ser el dar un sujeto a otro, sino la dación de nadie a nadie, cuyo objeto es inabordable, carece de bordes, es desmesurado e indiscreto. El don, como el encuentro del deseo y su objeto definitivo, es imposible, Esta imposibilidad torna falsa cualquier institucionalización social del don, como ocurre con el deseo y la hermenéutica.

De ahí la crítica feroz y mortífera que Derrida propina a la fenomenología (antropológica o sociológica, tanto da) del don hecha en las clásicas páginas de Marcel Mauss. Y, paralelamente, el crédito que concede a las pesquisas de Emile Benveniste sobre la etimología ambivalente de la palabra don (dar y tomar, ofrecer una mercancía y entregar un veneno).

Cuando se toma consciencia de que desear lo imposible es el meollo de la cultura, que somos locos en lo más radical de nuestra inútil búsqueda existencia, entonces surgen los discursos parciales, que la razón puede abordar y comparar entre sí, por medio de una Crítica de la Razón, pero siempre a sabiendas de que la totalidad (sumo bien, verdad, justicia, belleza) se le escapa.

Llevada al mundo de la lectura, esta construcción (o mejor dicho: desconstrucción) tropieza con que todo texto es ficticio en relación a una historia verdadera que nadie puede narrar, y que todo texto es, asimismo, secreto, portador de un hueco donde no se puede instalar ningún plexo de significados definitivos, veraces o auténticos. Todo texto se da a leer pero es radicalmente ilegible, lo cual no quiere decir que no existan lecturas autorizadas por la historia y que dejan, por seguir el vocabulario derridiano, huellas en el tiempo y en el texto mismo. Son créditos o creencias, saberes supuestos o suposiciones de saber con los cuales nos vamos apañando para convivir, que es de lo que se trata (bueno, también de morir).

El deseo, el loco deseo, sigue insistiendo y nadie puede disuadirlo de que nunca llegará a apoderarse de ío que desea. No lo disuadimos: al revés, él nos persuade de la legitimidad, necesidad y hasta gozo de ¡a búsqueda.

Derrida se detiene largamente en un cuento de Baudelaire, La moneda falsa, en el cual un hombre pudiente clasifica sus monedas y reserva las falsas para darlas de limosna. Ante todo el mundo queda como generoso en tanto se ignore el truco, que Baudelaire revela en el cuento. Mientras la falsedad de la moneda se tome por autenticidad, la entrega del artefacto será un don, un acto de amorosa caridad por el cual un sujeto da a otro lo que el otro le pide y el pedigüeño cree que el dador tiene lo que a él le falta. El deseo halla su objeto y éste revela la identidad del deseo.

Es claro que esta verdad es resultado de una ficción y en este doble juego, Derrida halla uno de los dispositivos esenciales del arte contemporáneo. En efecto, Baudelaire es uno de los fundadores de la elocución literaria que nos define, junto con Mallarmé (buscar la palabra absoluta en un sistema de relaciones entre palabras, algo inexistente) y el gran padre Edgar Poe, que en su Carta robada muestra cómo un relato puede funcionar si lo evidente no se ve (lección para tanto escribidor de tres al cuarto, hipnotizado por la belleza de lo obvio). Podría pensarse que esta infinita persecución de lo inconseguible es un hallazgo romántico y que quizá remita a las reflexiones barrocas sobre lo infinitesimal, Vale, pero Baudelaire–Mallarmé–Poe las reformulan para nuestro tiempo y reformulan nuestro tiempo.

Sus huellas no son confundibles con las barrocas ni las románticas.

Todo parte, en Derrida como en su maestro Heidegger, de una sospecha acerca de expresiones coloquiales y cotidianas: tener tiempo, darse tiempo, conceder tiempo. Justamente, el tiempo es lo que pertenece a todos y no puede darse ni tomarse, una inherencia del ser, que también es común e indivisible. Lo que podemos dar y tomar no es ser ni es tiempo, sino que es ente, cosa parcial, objeto bordeado de límites, algo medido porque mensurable. Pero esto no es el don, sino un contrato de entrega unilateral, sin precio de retorno. De algún modo, aceptar lo dado es destruir el don como tal don.

La donación es lo contrario conceptual del don. De muchas maneras, Derrida se confirma en estas conferencias donde la casuística le ocupa muchas páginas que, tal vez, podría haber concentrado al quitarles la oralidad y podándolas de reiteraciones didácticas. La deconstrucción, si no es un sistema, es un método. Y si no es una teoría, es un discurso del método, un hacer que siempre se vigila mientras va haciendo lo que hace, y deshaciendo lo que deshace. Destruir la circularidad para evitar cualquier ilusión de clausura y sistema, es lanzar las palabras a la infinita huella de la historia. Miguel de Molina, que acaso prescindía de Baudelaire, cantó mucho antes que Derrida a "la farsa monea / que de mano en mano va y ninguno se la quea".

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos


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