
En un amplio e interesante diálogo entre un filósofo y un monje, entre un padre y un hijo, entre un pensador y otro, entre dos hombres que se van a morir (Jean-Francois Revel y Matthieu Ricard en Le moine et le philosophe) ambos están de acuerdo en que al mundo occidental le hace falta una filosofía que reconcilie: con nosotros mismos y con lo otro.
Ricard, más orientalizado a pesar de sus orígenes y estudios científicos, señala al budismo mahayana; Revel, pensador político y hombre de buena mesa, piensa en Epicuro y su jardín, en Séneca y en Montaigne.
Ambos saben que el hombre es responsable de lo que hace: el filósofo porque cree que el individuo está inserto en la comunidad y que eso le otorga una responsabilidad ética: la acción individual tiene que tener como horizonte lo universal; el monje, ducho en biología y budismo, cree en el karma (ley de la causalidad que supone la vida anterior y la posterior) y por lo tanto la conciencia de que hemos sido otros hombres o animales, y que lo volveremos a ser hasta que alcancemos la liberación.
El primero, ateo, cree en la linealidad del tiempo: lo que vivimos es único y no vuelve, nuestras vidas, como el río manriqueño, van a dar a la mar; pero a pesar de las distintas concepciones del tiempo coinciden en que nadie debería desperdiciar su tiempo y es necesario el compromiso con la acción propia y la solidaridad.
El poeta y ensayista Czeslaw Milosz en una entrevista en The París Review dice algo que guarda relación con un aspecto de lo que plantean Revel y Ricard: «Hay ciertas clases de filosofías que me recuerdan la circunstancia de conducir un auto de noche y tener una liebre que salta delante de los faros.
La liebre no sabe cómo salirse del haz de luz, y sigue corriendo hacia adelante.
Me interesa la clase de filosofía que podría resultarle útil a la liebre en esa situación». Los budistas, desde sus orígenes, tienen el ejemplo del herido que se preocupa, antes de ser curado, de todos los detalles inagotables que se produjeron en su accidente. El conocimiento carece de fin y el accidentado (o enfermo) muere.
La liebre quizás tenga pocas posibilidades de sobrevivir y si no muere en esa ocasión será en otra, pero sin duda la metáfora apunta a que vivir es tener ese coche con los faros encendidos siempre detrás nuestro.
Los podemos ver o no, pero siguen nuestros pasos.
La respuesta que se pueda dar a esa liebre que todos somos no puede ser única ni meramente individual (nuestra propia vida) sino que habrá de suponer una crítica del individualismo estricto.
Por otro lado, ha de reconciliar al pensamiento con la emoción, lo que Daniel Goleman en La inteligencia emocional denominaría «la adecuada complementación entre el sistema límbico y el neocórtex, entre la amígdala y los lóbulos prefrontales».
Esa armonía entre ambos supone el sentimiento de los pensamientos y el pensamiento de lo sensible.
Sin duda esto último es una descripción superficial que supone un contenido liberador o reconciliador: el contenido de la respuesta a la liebre.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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