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Juan Perucho: biografía y características de su obra

WilliamGodivaJohnColli

Juan Perucho (Barcelona, 1920-2003), Premio Nacional de Literatura en 1995, es una de las figuras más curiosas de nuestras literaturas hispánicas.

Entre la realidad apócrifa y la ficción, cultivó una estética del gusto tanto en las artes como en la gastronomía. Inició su andadura en castellano aunque profundizando en el conocimiento de la lengua catalana que cultivó con orgullo.

En las dos lenguas, que conocía a la perfección, volcó su imaginación portentosa, lúdica y desbordada; así concibió bestiarios, cuentos de fantasmas, relaciones de viajes imaginarios…: géneros que figuraron en su biblioteca como esencias eternas de la condición fabuladora del ser humano, salvada para la memoria universal. Y es que a lo largo de su vida fue sumando el placer de las letras y el de la buena cocina, a lo que han de añadirse otros sortilegios como una bibliofilia tenaz, buenas dotes para apreciar y valorar la pintura, paciencia de cinéfilo, habilidad para concebir como útil cualquier fantasía descabellada, brisas de nostalgia filosófica, sentido del humor y olfato de historiador.

Es fácil reconocer hasta qué punto los relatos de un escritor parten de lecturas previas e íntimas ambiciones personales. Conviene, pues, buscar una explicación de la obra de Perucho con la certidumbre de que sus fantasmagorías comenzaron a germinar en la biblioteca familiar. Nacido el 7 de noviembre de 1920, el escritor hereda de sus padres un doble legado: un bilingüismo sin contradicción y el amor por los libros. Ambas cualidades se solapan a partir de preferencias literarias como Ramón Llull y Ausiàs March, Quevedo y Cervantes. Un cosmopolitismo poco afectado le llega por estirpe, hasta el extremo de que Juan Ramón Masoliver subraya su linaje italiano (Peruccio) con notas de misterio.

Tras cumplir el programa educativo de las Hermanas de la Presentación y de los Hermanos de las Escuelas de la Doctrina Cristiana, ingresa en el Instituto Salmerón. Alcanza la adolescencia en un dramático escenario: la Guerra Civil mueve sus pasos hasta las baterías antiaéreas del Carmelo, al norte de Barcelona. Adquiere nueva formación gracias a los Servicios de Cultura en el Frente, al tiempo que descubre en la violencia la más elocuente imagen del tiempo que le ha tocado vivir. En 1939, pasa a formar parte de las tropas nacionales, que lo envían a Menorca con el fin de desmantelar los últimos resguardos republicanos.

La posguerra es un campo propicio a las pasiones. En Perucho, éstas adquieren empuje intelectual. Como estudiante de Derecho en la Universidad de Barcelona, tiene la oportunidad de conocer a otros estudiantes que reivindican la catalanidad desde la Facultad de Filosofía y Letras. Entre los amigos que le conocen durante esa etapa figuran Néstor Luján, Antoni Vilanova, Josep Mayans, Manuel Valls, José M. de Martín, Francesc Mayans, Carles Fisas, Bonaventura Torres Muntán y Josep Riera.

Su vocación de poeta le permite alegorizar experiencias de hondo significado filosófico. Desde el momento en que ingresa en la revista Alerta, comprende que su línea editorial irrita a sectores reaccionarios del alumnado barcelonés. Por ejemplo, los ubicados entre las Juventudes Falangistas, que llegan a asaltar la sede de dicha publicación.

En 1941 obtiene la licenciatura. Al tiempo que encauza nuevas ambiciones profesionales, intuye que su línea poética adquiere pleno significado en lengua catalana. Ello agrada a uno de los personajes que mejor le ayudan a comprender esa identidad: Josep Palau i Fabre. Perucho ve impresos sus escritos en Alerta y Estilo; revistas que le permiten divertirse «enormemente y, a veces, peligrosamente».

El año 1945 llega a los lectores su primer poema en catalán, discretamente incluido en la revista Poesía. Poco a poco, ese propósito de ocupar un espacio bloqueado por la cultura oficial se convierte en costumbre de consecuencias morales. Por las fechas en que publica sus colaboraciones en Ariel (1946-­1948), descubre lo mucho que le une a intelectuales como Carles Riba, José María Valverde y Salvador Espriu. Según su propia confidencia, Ariel era impulsada por un grupo de espíritu básicamente nacionalista, en el que confraternizaban el poeta Palau i Fabre, el crítico literario Joan Triadú, el crítico de arte Cirici Pellicer y el novelista Jordi Sarsanedas. A nuestro escritor el proyecto le interesa, fundamentalmente, como vehículo cultural: «Era una manera de reaccionar contra aquella frase de Si eres español, habla la lengua del imperio que veíamos reproducida en una multitud de carteles en la universidad».

En 1947 da a conocer el libro Sota la sang, ilustrado por Ramón Rogent y editado por Carles Fisas. A los dos años, se casa con María Luisa, cuyo apoyo le será indispensable en los quehaceres literarios. Lo que sigue nos permite leer a un Perucho que memoriza con estilo de telegrafista: «Inmediatamente, Madrid. Oposiciones. Residencia de Estudiantes. Conversaciones con Vicente Aleixandre, Valverde y, poco antes de morir, de retorno a España, con Benjamín Jarnés. Colaboro en Ínsula. (…) He creído siempre que el mejor poeta catalán de nuestros días es Carlos Riba. Viajo intensamente».

En 1948 gana la plaza en unas oposiciones y entra en la carrera judicial. Sin embargo, la vida de un juez de pueblo es rutinaria y poco trabajosa. En su despacho analiza casos que no atañen al Derecho Penal: «hay discusiones por los límites de tierras, sobre hipotecas de casas…, prácticamente no hay casos criminales». Ello no le impide sostener cierto orgullo: personifica la justicia en un territorio donde el presidente de la Audiencia es sólo una presencia lejana.

Aurora per vosaltres(1952), con prólogo de Carles Riba e ilustraciones de Rafols Casamada y María Girona, confirma su habilidad en el campo de las letras. La obra queda finalista del segundo premio de poesía Ossa Menor. Al igual que Sota la sang, es un poemario compuesto por doce piezas. A Fernando Valls le llama la atención en esta entrega «una tristeza existencial, muy de la época». Se ve que el autor no concibe la absoluta felicidad: «siempre hay algo (el paso del tiempo, el recuerdo de la muerte…) que enturbia la existencia. Hay en toda su poesía de estos años un miedo, un recelo a la vida». Al cabo, sólo en la familia y en la religión «encuentra un asidero para alcanzar, si no la felicidad, sí —al menos— la tranquilidad espiritual».

El programa poético de Perucho es firmemente contrario al racionalismo cartesiano. Coincide con esta idea Puntí, quien define el volumen de poemas El médium (premio Ciudad de Barcelona) «como un esfuerzo por dar voz a los cuadros de Antoni Tàpies, Modest Cuixart o Joan Ponç».

A modo de acotación, resaltaremos que no se trata de la ambición de un bohemio cegado por las artes. Es más, Perucho cultiva una maestría poética que también se advierte, a ratos y por vía anecdótica, en su faceta legalista. Dato substancial: Perucho va a permanecer en la Administración de Justicia hasta 1984.

Posteriores libros, como Diana i la mar Morta (1953), le sitúan entre los nuevos valores literarios de mayor empuje. Bajo esa divisa, acude al Congreso de Poesía de Salamanca, que se celebra entre el 5 y el 10 de julio de ese mismo año. Siempre dentro de un margen reducido, las etiquetas más elogiosas recaen nuevamente en él cuando llegan a las librerías El pais de les meravelles y Amb la tècnica de Lovecraft.

Aunque se trata de un prosista de largos alcances, Perucho prefiere moverse entre metáforas, y por ello se coloca la máscara de poeta en cuanto surge la ocasión: «Te miras en un espejo y te ves a ti mismo. ¿Pero qué hay detrás? Los únicos que lo saben son los santos y los poetas: detrás del espejo, está la eternidad». Y esa es la eternidad que explora en el sentido lírico, siguiendo los pasos de sus admirados Cernuda, Larrea, Dámaso Alonso, Alberti y Gerardo Diego. Desde su centro, el surrealismo de la generación del 27 le conmueve, influye en su estilo y modula sus gustos. También le influye, por supuesto, el benemérito Carles Riba, «como ejemplo de rigor literario». Pero la suma sigue: otro autor con quien mantiene conversaciones y aun discusiones sobre cómo debe ser la poesía es don Eugenio d’Ors, quien le sirve de modelo, junto a Larra y Azorín, a la hora de adoptar el oficio de articulista.

La aparición de la novela Llibre de cavalleries (1957), publicada en Barcelona por Àncora, convierte a Perucho en un heterodoxo: un tipo original que prefiere la fantasía erudita al compromiso literario de orden social. Su buen amigo Antoni Vilanova cree que, más que la negación de una realidad vital, se trata aquí de una declaración antirrealista en el plano poético, que parece tener «sus fuentes originarias en el famoso Manifiesto del Surrealismo de André Breton, publicado en París en 1924, y en su culto de lo maravilloso como compensación de la mediocridad de la vida».

En 1960, se reúne con Néstor Luján y Vilanova en la redacción de Destino, revista en la que permanece a lo largo de diez años. Nuevos amigos, como Martín de Riquer, José María Castroviejo y Álvaro Cunqueiro completan el selecto grupo de compañeros que valoran y comparten la efusión libresca de Perucho. Por esta época, también adquiere prestigio como crítico de arte. Como bien dice Daniel Giralt-Miracle, se apropia de las artes con avidez, llega a nuevos caminos por intuición, «renunciando a los métodos fijos, las terminologías tópicas o las visiones triviales». Las críticas de arte acabadas por Perucho no pueden catalogarse como descriptivas y tampoco «surgen de la investigación, de la clasificación o del cotejo, como las que proceden de la historiografía». Se trata, más bien, de «inmersiones en el mundo del arte», a medio paso entre la erudición y la fascinación.

Les històries naturals (1961) abre nuevos territorios en la obra de Perucho. Al decir de su más profundo estudioso, Julià Guillamon, la evolución de su literatura ha seguido hasta este punto un trayecto lineal: cuando se desvanece la poesía existencial de los primeros libros, la nueva propuesta lírica adquiere la forma del poema en prosa. En adelante, llegan «los cuentos, una primera novela vagamente surreal y un último texto novelesco que supone la aceptación de la nueva estética». Si bien el escritor adopta la concepción culturalista del mundo y de la literatura como fórmula de estilo, Guillamon juzga que las técnicas de la intertextualidad son el genuino ingrediente de la narrativa peruchesca desde los años sesenta. Especialmente, a partir de la publicación de Las historias naturales. Dicho por el mismo analista: en cada artículo y en cada relato, intervienen, además de la voz del propio relator, voces del pasado que propician la interpretación del llamado ambiente de época.

Tras la primera tirada de Les històries naturals, se incorpora a la plantilla de colaboradores de La Vanguardia (1962). Durante décadas, los lectores disfrutan en compañía de este evocador metido a cronista. A partir de 1999, su sección más conocida en este diario exhibe un rótulo lleno de connotaciones: El Arquero Dubitativo. Bajo ese título, el escritor manifiesta, entre otras, dos de sus cualidades: la bibliofilia disciplinada y un prolijo conocimiento de las artes plásticas. De la primera es muestra el volumen Galería de espejos sin fondo (1963), y del segundo, el ensayo El arte en las artes(1964). La originalidad de tales obras llama la atención de Pere Gimferrer. «A comienzos de los años sesenta» —escribe—, «Joan Perucho representa en Barcelona, en una Barcelona más oscura y más humosa de lo que hoy suele creerse, una de las grandes voces de la anormalidad literaria, y la anormalidad o anomalía era lo que en aquel momento más podía atraer a un escritor joven». Según Gimferrer, lo más característico de este poeta, narrador y ensayista es su don de «intercambiar y hacer deliberadamente irreconocibles las fronteras de los géneros y también la frontera entre lo real y lo ficticio».

En Roses, diables i somriures (1965), Perucho reordena materiales sobre los que ha trabajado previamente. Con el tiempo, la fertilidad de sus conocimientos adquiere forma editorial en títulos como Gaudí. Una arquitectura de anticipación (1967), ilustrado con fotografías de Leopoldo Pomés, Nicéforas y el grifo (1968), Los misterios de Barcelona y otras informaciones (1968), La sonrisa de Eros (1968) y La cultura y el mundo audiovisual (1968).

Precisamente es en un año mágico y convulso, 1968, cuando le encomiendan la coordinación de la Biblioteca de Arte Hispánico que publica la editorial Polígrafa. Al poco, llega a ser director literario de la editorial Tàber, donde se encarga de la Colección Ciempiés. A través de esta última, se gana amistades y devociones al divulgar la obra de autores como Antoni Comas, María Dolores Serrano, Terenci Moix, Álvaro Cunqueiro, Baltasar Porcel y Joan Teixidor.

Solapándose en los catálogos, las reediciones de su obra se alternan con novedades de alta calidad, como Botánica oculta o el falso Paracelso (1969), Antología poética (1970), El libro de la cocina española (escrito en colaboración con Néstor Luján; 1970), Historias secretas de balnearios (1970), Bestiario fantástico (1977), Les aventures del cavaller Kosmas(1980), Pamela (1982), Teoria de Catalunya (1985), Dietario apócrifo de Octavio de Romeu (1985) y La guerra de la Cochinchina (1986). Por esta época, ya hay quien le compara con el erudito Mario Praz, otro escritor fino, heterodoxo, amante de las obras de arte y de los rastros del pasado. Contribuye a esa semejanza la bibliofilia de Perucho. Y es que, a su modo de ver, el bibliófilo es un coleccionista como cualquier otro, pero que además lee los libros que adquiere («si no todos, la mayoría»). Acaso porque sostiene la secreta esperanza de que, entre páginas amarillentas de papel verjurado, «se le revele el porqué de la existencia del mundo, su misterio».

En 1981, su agente literaria, Ute Körner, envía a los integrantes de la Real Academia Española de la Lengua una muestra de la obra de Perucho acompañada de la siguiente carta: «Excmo. Sr.: Como seguramente sabe, los académicos Sres. Martín de Riquer, Fernando Lázaro Carreter y Pere Gimferrer se han dignado presentarme como candidato a la Real Academia Española. Si el proyecto prosperase, ello representaría un gran honor para mí y un deseado motivo para participar en las tareas académicas en la medida de mis facultades. También constituiría una feliz oportunidad para tratarle personalmente y acercarme a una obra tan relevante por la que siempre he sentido una gran estima. Reciba el más cordial de mis saludos, su affmo. Juan Perucho».

La misiva es demasiado franca en su solicitud y disgusta al escritor. En el fondo, encuentra este protocolo «vejatorio, inelegante, impropio de una persona sensible». Acaba renunciando a la elección y acredita, una vez más, su escaso interés por la prosperidad mediática y por las sonrisas del gran mundo. Discreto donde los haya, el narrador y mitógrafo prefiere la compañía de los fantasmas que pueblan su casa de Albiñana.

En 1991, la Generalitat de Cataluña le otorga la Cruz de San Jorge. El pabellón de trofeos de Perucho ya contiene galardones como el Cavall Verd, el Ramón Llull y el Crexells. A ellos se añaden, al paso de los años, el nombramiento como escritor del mes de la Institució de les Lletres Catalanes y el Premio Nacional de las Letras. No obstante, el poeta luce estos méritos con esa misma discreción que ya quedó descrita en nuestro anterior párrafo. Este sentimiento moderado, quizá cauteloso, es el que agita la neblina de su libro de memorias, Els jardins de la malenconia (1992), donde la descripción de otras personas le permite restar nitidez a los datos personales. Valga la paradoja: estos jardines de la melancolía discurren a medio camino entre la timidez y la confidencia dicha en voz baja, como corresponde a un asiduo visitador de bibliotecas. Cuando se le pregunta por los honores que le faltan, responde con idéntica moderación: «El Premio de Honor de las Letras Catalanas, tampoco fue para Josep Pla ni para Carner, así que no me importa lo más mínimo no tenerlo. Pero, claro, para recibirlo era condición sine qua non escribir sólo en catalán y yo lo he hecho en las dos lenguas». En cambio, el Nacional de las Letras es un premio diseñado a su medida. Razonablemente, Perucho se siente un español que defiende la catalanidad con devoción; un catalanista comedido, fiel a la hispánica empresa, muy alejado del independentismo. Que nadie se llame a engaño: Perucho insiste en que su mayor aporte literario ha sido el de «incorporar lo catalán a lo español.»

También se siente muy honrado con la Medalla de Oro de la Ciudad de Barcelona, pero este reconocimiento coincide con un periodo de zozobra física. Su médico le diagnostica cirrosis hepática. Es entonces cuando debe abandonar su puesto como articulista de La Vanguardia. Otros diarios también echan a faltar sus piezas breves, sus artes de ingenio para el consumo periodístico.

Conciliador y reticente a los encasillamientos ideológicos, el anciano escritor aprovecha su crepúsculo personal para recordar ciertos dramas. Por ejemplo: cómo la Guerra Civil dividió a los que escribían en catalán y a quienes lo hacían en castellano. Así, defiende la memoria de Rafael Sánchez Mazas, «uno de los mejores escritores, silenciado durante mucho tiempo». También reivindica a otros autores postergados: «Lo mismo sucede con Julián Ayesta y Helena o el mar del verano, con Mourlane Michelena o con Sebastià Sánchez Juan... ¡qué gran poeta! Dicen unos versos suyos: No em deu amor, / que no sacia, / doneu-me joia, / per morir. ¿Quién ha escrito cosa igual?» Digámoslo sin rubor: lástima que los críticos, en su mayoría, eviten la incorrección política que propone el viejo ilustrado. Él lo sabe bien: las banderías, por desgracia, imponen su color (sea éste político o empresarial) entre muchos de los modernos autores de reseñas.

La antología lírica Un silencio olvidado. Poesía (1943-1947) (con prólogo y epílogo de Fernando Valls; editada por Miquel Plana, 1993) devuelve a los lectores de Perucho una faceta que él juzga substancial: la del poeta que explora en dos lenguas los misterios del presente. Cree Juan Manuel Bonet que en el Perucho poeta se hallan las claves últimas de su personalidad literaria. «Un tanto secreto -escribe-, oculto por el narrador, el poeta ha dicho, en versos inmortales, el tiempo que pasa, su amor por Barcelona o por la paz de Albiñana, su admiración por al pintura de Klee o la música de Copland. Escribió versos conmovedores sobre la guerra civil. Fijó el fugaz perfil de ciudades lejanas, entrevistas».

Significativamente, Perucho cita en no pocas entrevistas de este periodo nocturno la Oración por los caídos, de Sánchez Mazas. Aludiendo a este escritor -antaño famoso, ahora ignorado por razones políticas-, nuestro poeta sostiene la postura del lector que se sobrepone a los prejuicios y los fáciles partidismos. Independiente hasta la incomodidad, Juan Perucho va perdiendo amigos -se los arrebatan la muerte o las circunstancias-, y por ello aprecia la fidelidad generosa de Martín de Riquer, Pere Gimferrer y Gerard Vergés. Por la misma razón, agradece con gentileza los elogios de Juan Manuel Bonet, Trapiello, Sánchez Molina, Martínez Montmany y Sánchez Ostiz.

El 28 de octubre de 2003, martes, muere a la edad de 83 años en una clínica barcelonesa. Los restos mortales del escritor son incinerados en el Tanatorio de Les Corts, durante una ceremonia discreta, a la que acude su círculo más íntimo de allegados. Los diarios publican necrológicas que nos permiten calibrar su herencia. Una de las más sentidas se debe a Francesc Parcerisas: «No hace mucho decidió dejar de escribir, de colaborar, y telefoneó para anunciarlo; le cansaba escribir, le cansaba leer; pero esperábamos que fuese una postración suave, más de coquetería que de dolor. Había aceptado con aparente estoicismo el fallecimiento de su hija». Sin ocultar la emoción, Parcerisas formula un deseo: «Ahora andará entre los ángeles -escribe-, o bajo la suave caricia y el ronroneo de algún gato doméstico, como él quería. En el limbo del que siempre será el fantasma sabio y amable, exigente y cordial de la literatura catalana moderna».

En opinión de Joan Enric Roig Santacana, no es fácil resumir en breves palabras una personalidad tan compleja como la suya. Roig cita a Perucho como polígrafo, como el autor que ha escrito con destreza sobre materias muy diversas: poesía, periodismo, cocina y vinos, arte y viajes. Esta diversidad de saberes respalda la siguiente conclusión de Andrés Trapiello: Perucho es un escritor ilustrado. ¿Y qué es un escritor ilustrado?: «Alguien con cierta fatal propensión a ser feliz» -dice Trapiello-. «El escritor ilustrado, en contraposición con el escritor romántico, que nace para la pena negra, busca el lado positivo de la vida. Más aún: un escritor ilustrado cree en la vida, mientras el romántico a lo más que llega es a sufrirla».

Nada de lo que Carlos Pujol escribe sobre Perucho carece de interés, pero la siguiente afirmación es idónea para animar a los nuevos lectores que, tras la muerte del poeta, decidan frecuentar su compañía: ningún otro autor ha manejado como él «lo imposible» -subraya Pujol-«, o al menos lo maravilloso, haciéndolo convivir con lo más cotidiano y familiar, con la sencillez de lo casero». Fue Perucho un tipo «indócil ante cualquier visión realista y verosímil, incomprendido durante mucho tiempo, pero cuando había modas que parecían emparentarse con él, marcaba distancias con un humor que distingue muy bien entre ficciones». Y es que, al resumir las cuentas, «un escritor digno de este nombre sólo puede parecerse a sí mismo, cualquier otra semejanza es superchería».

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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