
Probablemente el factor que enlaza la poesía con la ciudad sea la presencia de los otros; pero los otros, se dirá, han existido siempre.
Había otros en la Roma de Catulo y en el Madrid de Quevedo, ciertamente, pero ni en Catulo ni en Quevedo aparece el otro como un ser a un tiempo personal y anónimo, caído entre la muchedumbre, deambulador, definido y roído por la crítica: un alma dividida, como confiesa ser el mismo Baudelaire (Moi, mon ame félée, en «La cloche félée»).
La crítica, la actitud intelectual por antonomasia, que pone en evidencia todo absoluto, fe o axioma, no podríamos relacionarla con la naturaleza, el paraíso ni el lugar ameno sino con la ciudad: el lugar de la búsqueda, el diálogo, la individualidad, la prosa. No la ciudad de Dios, sino la de la Historia, es decir de los hombres.
En buena parte de la poesía actual española, la ciudad existe y en ella vemos rostros, fugaces o pertinaces, apariciones que en ocasiones tienen la fuerza de una presencia compacta y en otras, las más, la de un fantasma.
Sobre todo se observa la presencia de un personaje, el poeta: deambulador que suele ser el fantasma de sí mismo. Cuando irrumpe realmente la ciudad en la poesía, en el siglo XIX, aparecen también el poema en prosa, el verso libre, la introducción de expresiones prosaicas (Víctor Hugo, Baudelaire, Rimbaud); la nueva poesía de la ciudad suele coincidir con estructuras endecasilábicas, cuando no sonetos y otras formas métricas tradicionales. Nada que ver con Parques a New York (1912) de Blaise Cendrars, Zone (1912), de Apollinaire, The Waste Land (1922) de Eliot o Poeta en Nueva York de Lorca. No me refiero a la altura sino a la orientación.
El poeta de la «experiencia» que deambula por una ciudad algo tabernaria, a veces con luces de neón (que recuerdan más la ciudad de principios de siglo que la de nuestros días donde lo modernísimo y lo arcaico o abandonado se mezclan) es descreído, irónico, pero sin llegar al tono que cruza los versos de La tierra baldía. En Eliot dialogan varias culturas y su inteligencia es, al par que su penetración poética, afilada. Una puesta en escena que encarna la desolación de un tiempo entre dos guerras mundiales. En nuestra poesía el riesgo está controlado.
Es una melancolía un poco de salón —en los peores casos— de la que ya prevemos el final, algo dandy y que siempre se podrá arreglar con un premio literario.
No es la ausencia de ser, patente en Eliot, sino la constatación, en carne ajena, de un tiempo que creyó en vanguardias y revoluciones y que se enfrenta a un final de siglo tratando de recomponerse la indumentaria con el fin de que no lo expulsen de la fiesta. Hay que tener en cuenta que la gran aventura literaria de la generación del 27 fue truncada por una guerra civil, y que lo que vino después fue una verdadera reacción, en su sentido más profundo y deletéreo, contra la gran respiración poética y espiritual de escritores como Cernuda, Ortega, Guillen, Lorca, Alberti, Zambrano, Dieste, y un largo etc.
Desde 1939 a 1975 vivimos una dictadura que tuvo etapas muy distintas, yendo del terror de los primeros años a la dictablanda de los últimos.
Hasta los años cincuenta fue un verdadero contratiempo para nuestra literatura. Fue sorprendente que surgieran poetas como José Ángel Valente, Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biendma y Francisco Brines, capaces, en mayor o en menor medida, de enlazar con la tradición central de la modernidad. Los cuatro no son iguales y suponen actitudes distintas frente al poema. No importa: expresan una lengua viva, capaz de retomar la herencia exiliada de la generación del 27, un movimiento literario que no fue ajeno a las grandes aventuras artísticas occidentales.
Ese es el puente que la nueva poesía no ha de olvidar. Es un puente de varios caminos, y no viene ni conduce al mismo lugar, pero ignorarlo es restringir la intensidad de nuestra memoria poética.
La ciudad ha sido invocada por la poesía actual (actual y no moderna), pero es una ciudad provinciana. Ni la «Fourmillante cité, cité pleine de revés/ ou le spectre en plein jour raccroche le passant» (Baudelaire) ni la «Unreal city» de Eliot.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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