
La espada dormida y otros cuentos, Manuel Peyrou, Editorial Losada, Madrid, 2004, 301 pp.
En esta época veloz, desatenta y tomadiza, el lector se obstina en tomar por inteligentes a muchos cultivadores del género detectivesco.
Pero la realidad es decepcionante.
A decir verdad, el único cálculo de ciertos editores consiste en echar a suertes el diseño de la portada: lo demás ––el relato y sus afanes– se abandona en el mismo callejón criminal, reducido a la escala de un guión televisivo.
Por supuesto, con un poco de paciencia, aún cabe dar con buenos relatores –Henning Mankell es uno de ellos–, capaces de sepultar los engranajes de la investigación, y también dispuestos a relegar el impulso fácil, los golpes de efecto y un determinismo más bien tópico.
Entre todas las faltas que se les reprocha a los modernos practicantes de esta fórmula, acaso la más notable sea la suplencia de los métodos deductivo s por un armazón de fuegos de artificio: escapadas y tiroteos, bruma de muselina y cambios de apariencia, fáciles acertijos, héroes frívolos y villanos de folletín, cuya fatuidad los arrastra y nos arrastra hasta el olvidable desenlace.
Lejos, muy lejos de este batiburrillo se sitúa el argentino Manuel Peyrou, autor de intrigas en las que vibra un tornasol de reflejos.
Como Chesterton y Machen, Peyrou fue un aficionado a esas revelaciones que mueven la vida de los místicos y de los detectives.
Con la perspectiva que proporciona la distancia, se diría que quiso bosquejar una visión de su época, y que al fin la refractó en una serie gradual de ambigüedades.
Coherencia por desvarío: cada uno de sus cuentos policiales persigue una cifra que, de forma inesperada, renuncia a su fuero y deja resquicio a la duda.
La intriga cae así bajo la seducción de la irrealidad, librada a su propio albedrío.
Al cabo, es verosímil que ahí radique, justamente, el secreto de Peyrou: aspirar profundamente el humo de sus relatos equivale a una oleada de recuerdos inapresables.
En la antología que comentamos, predominan los investigadores cordiales, de ésos que alientan las confidencias por medio de un whisky con ginger ale, y los cuchilleros melancólicos, cuyo prestigio viene a ser un signo de transgresión.
Reunida a partir de los libros La espada dormida (1944), La noche repetida (1953), El árbol de Judas (1961) y Marea de fervor (1967), esta serie atrapa las esencias del escritor.
A saber: la valerosa intensidad de sus criaturas, la ocurrente casuística de las tramas y el cuidado puesto en el perfeccionamiento de ambas.
¿Convergencias? Las hay con Bioy, con Borges, obviamente.
Gracias al primero, podemos también repetir que Peyrou «profesó el arte hoy casi perdido, de urdir curiosos argumentos y de narrarlos de un modo lúcido, con sentencias claras y eufónicas».
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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