
La fábula de José, Elíseo Alberto, Alfaguara, Madrid, 2000, 270 pp.
Fiel a su estilo, el autor de La fogata roja (1983), La eternidad por fin comienza un lunes (1992) y Caracol Beach (1998) ha publicado una nueva novela que responde a su deseo de construir ese universo peculiar, convulsivo y ácido al tiempo que paradójico, cuyos rasgos también advertimos en su libreto para el filme Guantanamera.
De esa creación perduran detalles muy atractivos.
Los lectores recordarán esa cubanía imaginativa, múltiple, oblicua, donde se multiplican los equívocos de la identidad sin eludir intenciones satíricas.
Subdivida en muchos cuadros, La fábula de José trata de un hecho extraordinario que se resuelve por medio de la fantasía más prolífica.
En la víspera de San Valentín, en 1983, el emigrante José González Alea se ve obligado a matar a un hombre en defensa del amor, «que es una legítima manera de matar en defensa propia».
Mientras cumple condena, ordena sus recuerdos con el apoyo del párroco andaluz Anselmo Jordán, confesor de la Cárcel Estatal.
Pero el caldero está lleno a rebosar y depara emociones intensas.
Por ahí llegamos a la añoranza y la desdicha, pues con toda seguridad cada episodio está influido (alterado) por otros recuerdos, ya bien altos ("En ciertas circunstancias –dice el narrador– la memoria es una forma de ternura. Entonces se llama nostalgia. Hay hombres que no saben que hacer con ella. José, por ejemplo»).
En primer término, vemos en esta fábula y en su conflicto una galería de personajes adaptados a la imagen que el escritor se forja de Cuba y sus exilios.
De una manera sutil, se prestan a ello Dorothy Frei, también llamada en Miami la pequeña Lulú; el cantante cubano–americano Baby Camagüey; La exiliada matancera Zenaida Fagés; el padre de José, carpintero del cuartel Moncada entre 1953 y 1954; Y su hermana e hija de este último, Regla, quien es novia del velador del zoo.
Junto al protagonista y frente a él, un repaso a las demás criaturas de esta ficción funciona a modo de prodigia, como si aquí se tratara de un inventario de presagios indicadores de los posibles destinos de lo cubano, que además anticipan la dicha o infelicidad de una cadena donde, por intermedio del código literario, lo individual y colectivo se funden.
No son ajenos a este proceso moral los escenarios de la trama: el balneario de Caracol Beach (recuérdese la novela homónima), los ambientes de Santa Fe y, en particular, el jardín zoológico antes citado, donde será exhibido José en una jaula, al final de la galería de los simios, «como prueba irrefutable de la evolución de las especies».
La perspectiva de ese cautiverio que propone Eliseo Diego devuelve al lector una connotación desdichada del círculo cubano, calculando que las celdas, tanto psicológicas como reales, no sólo atañen a José, enjaulado mientras lee La balada de la cárcel de Reading.
También conciernen a los pobladores de la isla y a quienes cimentan una nueva rutina en el destierro.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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