
La narrativa de Rilke, Gide o Gabriel Miró sigue un diseño lírico cuyas cualidades perfilan uno de los géneros más difíciles de distinguir, tanto por su naturaleza híbrida como por la extensión de algunas de sus propiedades —mejor dicho: su pauta de imágenes— a toda la cofradía novelesca. Al fin y al cabo, «la novela es una lírica disfrazada —escribió Hermann Hesse en 1921—, un rótulo prestado para que las experimentaciones de los espíritus poéticos expresen sus sentimientos del yo y del mundo» (citado por Ralph Freedman, La novela lírica, trad. de José Manuel Llorca, Barcelona, Barral Editores, 1972, p. 7).
En un análisis exhaustivo de esta variedad narrativa, Ricardo Gullón logra fijar la rúbrica novela lírica, pero no rehuye los efectos evanescentes de tal caracterización. De hecho, cree Gullón que el lirismo aparece en autores y textos que no se pensarían dispuestos a su contagio, «en Pío Baroja, por ejemplo, o en Rafael Sánchez Ferlosio, o en Juan Rulfo».
Para afinar el enfoque, juzga el ensayista que quien lea El Jarama "sin advertir su dimensión poética, dejará escapar lo más entrañable de su sustancia; quien no fuere capaz de asimilar la concentración lírica de los monólogos de Pedro Páramo perderá lo más hermoso de la trama. Y sin llegar a estos niveles, no es raro que en novelas «realistas» una súbita iluminación se produzca y proyecte su luz sobre lo anterior y lo siguiente" (La novela lírica, Madrid, Ediciones Cátedra, 1984, p. 12).
Esta sentencia particular, aplicable a ciertas lecturas, es encauzada luego hacia un diagnóstico general. Así, para acentuar la posición real del género en el dominio de las letras, dice Gullón que cuando dichas iluminaciones alcanzan a constituir un continuo, la novela lírica ha cuajado.
Obviamente, nuestro erudito no considera que esta fórmula sea inactual. Sólo hay que comprobar el número de lectores que aún se apasiona con Virginia Woolf y Herman Hesse, con María Luisa Bombal y Gabriel Miró, por no hablar de los letraheridos que confían en Azorín y Unamuno.
De hecho, incluso las novelas poemáticas de Ramón Pérez de Ayala admiten esta etiqueta que proclama dos valores esenciales: la interiorización del discurso narrativo y la eternización de lo momentáneo.
Con expresión barroca, Saúl Yurkievich vino a encarnar esta doble faceta en Rubén Darío, quien «ejerce la alquimia fluctuante de la doble escritura que conjuga la inscripción clara que aplaca y la efervescencia confusa que altera; el flujo sosegado y continuo se asocia con el aflujo intempestivo y flamígero» (La movediza modernidad, Madrid, Taurus, 1996, p. 26).
Pese a estos ejemplos tan evocadores, Gullón advierte que el concepto y las fronteras de la novela lírica son borrosos, a tal extremo que «cualquier tentativa de fijar uno y otras podría parecer prematura». Con todo, hay alguna que otra certeza. Así, al igual que sucede en el territorio poético, en este género resulta evidente «la presencia de un agente, narrador o personaje, en quien se opera la transformación del objeto percibido; algo así como su exaltación y transfiguración».
Es más, la urdimbre de la novela lírica, o por mejor decir, «su espacio verbal, hormiguea de sensaciones multiformes donde lo impalpable se hace palpable» (Gullón, op. cit., p. 18). Tanto es así, que Ralph Freedman —bien próximo a Hesse— llega a afirmar que el concepto de novela lírica es una paradoja. En esta dirección, el crítico norteamericano alude a una peculiaridad del género, y es que sus cultivadores sugieren la expresión de sentimientos o de temas por medio de figuras que cabría considerar musicales o pictóricas.
De igual modo, esta variedad novelística trasciende el movimiento causal y temporal de la narrativa al introducir elementos líricos en un género precisamente basado en la causalidad y el tiempo. Por esa razón, paradójica donde las haya, Freedman elogia la conducta de estos escritores iluminados, cuyo proceder «les ha conducido a una interpretación más efectiva de la mente y al descubrimiento de campos de sugerencia metafórica imposibles de alcanzar por medios puramente narrativos» (Freedman, op. cit., p. 7).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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