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La novela rosa

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La exposición Corín Tellado. Sesenta años de novela de amor celebra el nacimiento de dicha escritora el 25 de abril de 1927. Organizada por el Gobierno asturiano en la Biblioteca Ramón Pérez de Ayala de Oviedo, la muestra sirve para entender por qué María del Socorro Tellado López, Corín, es el autor español más leído después de Cervantes.

En activo desde 1946, la escritora acumula hoy un sinnúmero de títulos y ediciones, y ha despertado la simpatía de creadores como Guillermo Cabrera Infante, que la llamó con un pícaro sobrenombre: inocente pornógrafa. Lo que no se ha reiterado debidamente es el territorio literario en el que mejor se desenvuelve. ¿La novela que prefigura el culebrón? Ella misma lo niega. Acaso la precisión, en casos como éste, sea lo menos importante. Según se sabe, Tellado alcanza a urdir y a inspirar tres variantes del folletín muy relacionadas entre sí: la novela rosa, la fotonovela y los guiones de radionovelas y telenovelas.

En su vastedad de títulos, el subgénero apunta hacia un repertorio muy limitado de temas. Como diría un semiólogo (o un pedante), el imperativo de los afectos exige una enunciación estereotipada del relato.

Desde luego, la universal acogida de esta fórmula ha sido bien atendida por los estudiosos… a pesar de la desdeñable (incluso terrible) calidad formal del producto. De ahí que, bajo la fachada de una novelita romántica, podamos descubrir detalles de educación sentimental, particularmente funcionales para un tipo determinado de consumidor.

Todos los géneros plantean intercambios y acarrean herencias. Éste no es una excepción, y no ha de ser difícil rastrear en la novela rosa elementos del cuento de hadas, la novela caballeresca, la novela sentimental renacentista, el teatro romántico, la literatura de cordel, el folletín decimonónico y, por supuesto, las banalidades de la prensa del corazón. Y conste que he dicho banalidades para evitar lo que, simplemente, viene a ser carroña periodística.

Por yuxtaposición de términos, me encantaría que el rótulo rosa sirviera para evocar aquella epístola de la escritora franco-veneciana Christine de Pizan (1363-1430), Epistres sur le Roman de la Rose (1339), pero la realidad es terca, y he de aplicar esta coloración a productos mucho menos prestigiosos. Un escritor idóneo para trazar las fronteras del ciclo es Rafael del Castillo (ca. 1835-ca. 1900), autor de un buen número de novelas por entregas, siempre dentro de lo que su época se catalogó como novelas de costumbres contemporáneas. En Del Castillo hay, cuando menos, dos variantes en pugna: de un lado, obras sentimentales con inquietudes moralistas —recuérdese la catarsis aristotélica—, al estilo de Consuelo o El sacrificio de una madreEl llanto de una hija (1879). (1878), y creaciones fácilmente conmovedoras, como

En otro anaquel, don Rafael sitúa escritos que prefiguran la novela rosa del siglo XX, como El primer amor (1877). Ruego al lector que busque esa obra, pues ha de brindarle emociones inolvidables.

Entre los numerosísimos cultivadores de esta última modalidad, cabe mencionar a la madrileña Mercedes Ballesteros Gaibrois (1913-1995), gran humorista a quien la inercia editorial ubicó en la literatura de consumo. En dicho territorio, alternó las intrigas policiales y esos dispositivos sensibleros que hoy me tienen tan ocupado.

Mujer culta y animosa, Ballesteros pudo jugar con el tópico para mantenerse dentro del gremio narrativo. Otra dama admirable, María de la O Lejárraga (1874-1974), ha pasado al anecdotario de nuestras letras como la auténtica autora de distintas obras que firmó su esposo, Gregorio Martínez Sierra. Fue su negro, para entendernos, y jamás cobró por ello.

Curiosamente, pese a su temple feminista, Lejárraga diseñó dentro de ese repertorio dramas emparentados con la novela rosa. Por ejemplo, El ama de casa (1910) y Canción de cuna (1911). No obstante, el gusto de su tiempo le vino a dar la razón por medio de un claro éxito.

La identificación de todos los estereotipos sentimentales con el melodrama de Hollywood enriqueció a una tercera generación de creadores, asimilados por una industria especializada, ajena a otras veredas literarias y ávida de una constante sobreproducción de títulos. Verifica esta regla Corín Tellado, cuya obra sobrepasa con holgura (ahí es nada) las tres mil novelas.

Defiende esta narradora que sus creaciones se deslindan del romanticismo para acoger ingredientes más modernos, incluida la liberación sexual. Dejando de lado la simpatía que inspira su labor, Tellado representa a través de sus narraciones una definición óptima de esta subliteratura, adaptada luego a la radio y la pequeña pantalla.

Aunque Manuel Puig tomó fuerza novelesca de este repertorio y Cabrera Infante lo estudió gozosamente, su caracterización por parte de la crítica es, en esencia, un reproche que se resume en tres factores: pastiche, sentimentalidad y mal gusto.

Con todo, falta un rasgo que advierte cualquier lector informado cuando repasa el material disponible: el humor.

Un humorismo involuntario y maquinal que voy a extraer de dos libros publicados a comienzos del siglo XX en aquella publicación quincenal que, precisamente, se llamó La Novela Rosa.

La primera cita proviene de un llamativo escrito de H. Corths-Mahler, en versión española de Adolfo Jordá. Uno de los personajes, María de Ried, resume en una carta este nudo folletinesco que hubiera sido digno de Enrique Jardiel Poncela:

“Mi distinguido y apreciable barón: Permítame, en primer lugar, agradecerle la confianza que me demuestra al dirigirse a mí. Puede usted tener la seguridad de que su carta ha logrado penetrar en mi corazón. La madre de Úrsula con quien me unió una gran amistad, era un ser excepcionalmente bueno. Cuando murió, yo, por el cariño que siempre le tuve, me hubiera encargado gustosísima de su hija; pero supe entonces que su tío y tutor, el señor de Feldegg, quería tenerla consigo, y juzgué que a Úrsula podía convenirle más estar con él que permanecer a mi lado. Si yo hubiese podido prever las cosas, de ningún modo me la hubiera dejado arrebatar” (Casada por piedad, n.º 113 de La Novela Rosa, Barcelona, Ed. Juventud, 1 de septiembre de 1928, p. 34).

Fuera de su contexto, también cae en un risueño exceso el diálogo que, para finalizar, reproduzco de una obra de Matilde Muñoz. Quien habla es Mauricio, el protagonista, en trascendente charla con su amigo Juan:

“No, no temas —le dice aquel—. Pero me parece que algo muy grande de mi vida muere esta noche y me aterra velar yo solo ese cadáver de mi esperanza. Dentro de unas horas la mujer a quien quiero va a jurar ser de otro hombre para toda la vida. Después un tren la llevará lejos de aquí y otro me arrastrará en dirección contraria para no encontrarnos jamás [...] ¿Qué será de nosotros? ¿Qué habrá en nuestros corazones cuando volvamos? ¿Nos encontraremos, siquiera alguna vez? Y si es así, Juan... ¿no seremos ya como dos tumbas que llevan dentro una ilusión muerta y fría?” (El triste amor de Mauricio, Barcelona, Editorial Juventud, 1 de junio de 1926, p. 57).

Difícil, sin duda, sería hallar una confesión más aparatosa.

Publiqué la primera versión de este artículo en el Centro Virtual Cervantes


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