
La pérdida de la razón, Horacio Vázquez-Rial, Ediciones B. Barcelona, 1999, 231 pp.
Se sale de esta lectura con la sensación de haber asistido a un examen vital similar al planteado en anteriores novelas de Vázquez Rial, una regresión que configura la identidad de los protagonistas y la recrea desde el dolor o el desengaño.
Este sondeo del mundo interior tiene un punto de referencia obligado en la pasión, un rasgo que agita otros conflictos humanos, lejos del equilibrio sentimental.
Resumiendo estas cualidades, hay un pasaje de Los últimos tiempos (1991) donde su personaje central, Vero Reyles, le dedica un comentario a la urna que contiene las cenizas de su padre: «Ya ni siquiera son restos: son lo que yo quiero que sean en mi memoria».
Para el lector queda rápidamente claro que lo sentenciado es puro autoengaño cuando Joan Romeu, amigo suyo, le responde: «Lo que deseas es lo que casi todo el mundo desea en relación con sus demonios: ser poseído por ellos».
El modelo interpretativo que sugiere este diálogo es replanteado en La pérdida de la razón, la nueva novela de su autor.
En esta ocasión conocemos a Celestino Gómez, un escritor cuyo cadáver aparece en el Caribe, como producto máximo de su particular creatividad.
Pero,en todo caso se trata de un modelo para armar.
De hecho, en vida rechazó su nombre con fines comerciales, una circunstancia mundana que lo convirtió en Mariano Urrutia.
Un papel en el bolsillo de su chaqueta sirve ahora para llamar a su amigo, el antes mencionado Vero Reyles, quien pretende desnudar el pasado del muerto y para ello recurre a otro escritor, Joan Romeu, buscador de las placas que ha ido impresionando Urrutia hasta ocupar su plaza en la morgue caribeña.
A ello se añade el hallazgo de los cuadernos numerados donde éste cuenta en primera persona las relaciones familiares y amorosas que han moldeado su individualidad.
Así, mientras acompañamos a Reyles en la lectura de los diarios y vamos conociendo las entrevistas de Romeu con las mujeres que acompañaron al difunto, la figura de Urrutia surge por descarte de camuflajes y también por sucesivas confesiones.
Esto hace que las anécdotas de quien escribe por necesidad de reconocimiento puedan considerarse jalones necesarios para establecer una cartografía personal sin zonas míticas.
Lo que tal personaje preconiza es que su vida fue la más acabada narración de su carrera, sobre todo cuando es recombinada en la lectura por un desenterrador de secretos como Reyles, para quien los cuadernos adquieren el valor de una guía de aceptaciones y renuncias.Estamos ante una prosa impecable que aborda la reconstitución del pasado con un temperamento esencialmente literario.
La necesaria reflexión sobre el quehacer del escritor se anima con quiebros oportunos a medida que van exhumándose los detalles de un imaginario individual, más bien sombrío, establecido con inteligencia.
Al fin y al cabo, escribir lo mismo puede ser una terapia de sustitución que un ejercicio masturbatorio, e incluso ambas cosas.
Horacio Vázquez–Rial ha formado paulatinamente, en un ímpetu balzaciano, el conjunto narrativo del cual nos da noticia el apunte editorial situado tras el capítulo de consumación.
Este sistema novelístico, tan colmado de figuras, sigue su curso mediante los personajes, de modo que Segundas personas (1983), El viaje español (1985) y Oscuras materias de la luz (1986) se ofrecen como libros de juventud de Vero Reyles, luego relator de Historia del Triste (1987), Territorios vigilados (1988), La reina de oros (1989), La isla inútil (1991), Frontera Sur (1994) y El soldado de porcelana (1997), y con un criterio de unidad emotiva, protagonista de Los últimos tiempos.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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