Conviene encajar la trayectoria del poeta alicantino Gil-Albert (Alcoy, 1906-Valencia, 1994) en una perspectiva general: la llamada, convencionalmente, generación de 1936. Para quienes aprueban estos comodines del catálogo literario, sería la guerra civil el punto de disyunción entre el nuevo grupo poético y el del 27.
Con menos rigor y reglamento cronológico, prefiero situar a Gil-Albert a caballo de diversas afinidades estéticas y movimientos ideológicos.
Abandonemos por ahora el rótulo generacional —rumor de fondo— para ahondar en la secuencia vital del poeta. No es original Gil-Albert en su elección universitaria: estudia Derecho y Filosofía y Letras, dos carreras muy propias del gremio literario.
No obstante, queda en juego su rebeldía cuando deja ambos proyectos sin completar. Prefiere desembarazarse de la servidumbre académica, cancela su matrícula y abraza un dandismo singular, escribiendo sus primeros poemarios de acuerdo con los cánones del movimiento modernista.
Para conservar la ductilidad, adorna ese estreno literario con algún ramalazo surrealista, aunque esa tendencia no llega a monopolizar su interés. Acorde con el gusto clásico, incluye versos de sublimidad amorosa y gozo sensual en el volumen Misteriosa presencia (Ediciones Héroe, Madrid, 1936).
Pero el registro de actualidad se impone en su quehacer, pues no hay poeta ajeno a su época. Influido por Cernuda y García Lorca, avanza hacia un compromiso que tomará forma con su incorporación al grupo Hora de España.
Acentuando ese vínculo transformador, Gil-Albert notifica la irreversibilidad de un tiempo de sangre y angustioso vacío en las estrofas de Candente horror (Nueva Cultura, Madrid, 1936) y Son nombres ignorados (Hora de España, Barcelona, 1939).
Exiliado en México y luego en Argentina, cultiva una poesía que es expresión cabal de su estado de ánimo. En los nuevos versos, llega el momento de la interiorización intimista, pero sin abandonar del todo el espíritu beligerante y declarativo que le sirve para infundir significación al destierro.
De este período es el poemario Las ilusiones (Ediciones Imán, Buenos Aires, 1945). Tomemos una poesía de esa fecha, «A las hierbas de España», para comprender el desgarro nostálgico del escritor:
“Allí estaréis, en medio de los campos,
en los fríos picachos, en las dulces
colinas azulosas, en las sierras
donde el aire parece el compañero
más benigno del hombre y lo acompaña
cantándole al oído viejas trovas
de la región en esos foscos nidos
de las piedras con trazas de perdices,
donde se oye la tórtola y saltando
cruza la hermosa liebre sonrosada,
allí estáis todavía en ese velo
envueltas de distancia”.
Finalmente, Gil-Albert descarta ser un transterrado. Regresa calladamente a España, y desde 1947 experimenta el dramático fenómeno que llamamos exilio interior, pesaroso e inevitable portador de contradicciones. Y esta visión serena, contenida, esta intimidad que se desapega del dolor reinante, toma forma literaria en Concertar es amor (Adonais, Rialp, Madrid, 1951) y en Poesía (La Caña Gris, Valencia, 1961).
Afortunadamente, el festín lírico de Gil-Albert es proclamado por una nueva generación de poetas jóvenes, conscientes de que la década de los setenta ha de traer profundos cambios.
El veterano escritor da a conocer sus Fuentes de la constancia (Ocnos, Barcelona, 1972) y dos años después recibe el Premio Juan Ramón Jiménez. Como corresponde a su condición superviviente, reúne una apasionada memoria autobiográfica en textos como Crónica general (1974) y Breviarium Vitae (1979). Pero no abandona el verso, aquel que sujeta al molde de Homenajes e impromptus (Provincia, León, 1976), y que justifica nuevas celebraciones, como el Premio de las Letras Valencianas, concedido al poeta en 1984.
Tomando en cuenta un compromiso plenamente asumido con su geografía mediterránea, no está de más que cerremos el perfil con unos versos de Gil-Albert que explican, mejor que cualquier glosa, su voz propia, vivencial y evocativa:
“Más que el amor que un día me cediste,
te pido, ¡oh Providencia!, que me lleves
a aquel rincón que guarda entre tus brazos
la indolencia divina. En el Himeto,
de incansables abejas coronado,
yace el ruinoso caserón, cual nido
de lagartijas; claros olivares
pardean sus declives en vetustas
ramas de cenicientos esplendores,
y pegadas al muro de la casa
frescas higueras arden con oscuras
constelaciones”.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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