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La prodigiosa vida de Joan Perucho

Índice de Artículos
La prodigiosa vida de Joan Perucho
Inicios literarios
La literatura fantástica
Gastronomía y fantasías
El otoño de un escritor
Todas las páginas

WilliamChurchFrederickIceb

Para trazar un retrato de Juan Perucho que nos permita seguir las señas de una encrespada imaginación, debemos atenernos a los interrogantes que más vivamente animaron su trayectoria.

Así se puede colegir el carácter de un creador a quien el buen gusto le precede. Dicho sea en el doble sentido de la palabra, pues Perucho cultivó esta estética del gusto en las artes y asimismo entre fogones; como literato y como gastrónomo refinado. Por práctico conocimiento, fue sumando el placer de las letras a los que provee la buena cocina. Añadamos a la mezcla otros sortilegios: una bibliofilia tenaz, buenas dotes para valorar la pintura, paciencia de cinéfilo, habilidad para concebir como útil cualquier fantasía descabellada, brisas de nostalgia filosófica, sentido del humor y olfato de historiador.

Esta dispersión de saberes no impide medir su biografía intelectual con el rasero lírico. No en vano, desde niño, fue apuntando las escalas de un camino que parecía destinarlo al oficio de poeta. Bien pronto, la sospecha se convirtió en certeza. A un extremo tal, que esa práctica, sin mayor esfuerzo, se tornó indispensable. «Soy poeta para toda la vida»–llegó a decir–.«No dejaré de serlo, y el día que ello suceda, querrá decir que he muerto».

La impronta de una familia feliz y propensa a la cultura lo persiguió de por vida, y le hizo concebir como posible toda descripción plasmada en un libro. Esta certeza halla su cifra en los bestiarios, en los cuentos de fantasmas y en las relaciones de viajes imaginarios; géneros que figuraron en su biblioteca como esencias eternas de la condición fabuladora del ser humano, salvada para la memoria universal.

De aquí en adelante, año tras año, seguiremos la pista de este creador irrepetible.

1919

El 12 de agosto Manuel Perucho y Jesusa Gutiérrez Duque, padres del escritor, contraen matrimonio en la iglesia parroquial de Sant Joan de Gràcia, en Barcelona. Jesusa, viuda con dos hijos de un anterior matrimonio, procede de la localidad vallisoletana de Medina del Campo. Dato curioso: una hermana del primer marido de Jesusa tuvo por esposo al músico Isaac Albéniz. Don Manuel posee una tienda de tejidos en la calle Ramón y Cajal.

1920

Juan Perucho, bautizado con el nombre del abuelo paterno, viene al mundo el 7 de noviembre en el barrio barcelonés de Gràcia, cerca del comercio de su padre. «Esta tienda —escribe— tenía muchos escaparates que daban a la calle o al interior del vestíbulo, y un almacén con salida a la calle de Menéndez Pelayo [Torrent de Olla]. En esta misma calle, en una casa frente a la calle de la Providencia, nací yo. Fue el primer domicilio conyugal» (Los jardines de la melancolía).

Éste es el hogar donde ha de transcurrir su infancia. Razonablemente, el escenario de su crecimiento condiciona los gustos del chiquillo: el padre, bibliófilo vocacional, pone a su disposición esa biblioteca familiar en la que el futuro escritor empieza a encontrarse a sí mismo. «Mi padre —dice— era catalán y mi madre nació en Medina del Campo. Me he educado leyendo tanto a Ramón Llull y Ausiàs March como a Quevedo y Cervantes» (Mora, El País).

El pequeño estudia en el colegio de las Hermanas de la Presentación, en la calle Torrijos. Posteriormente, es trasladado al de los Hermanos de las Escuelas de la Doctrina Cristiana.

1930

Cuando llega a la edad de comenzar el bachillerato, ingresa en las aulas del Instituto Salmerón. Entre las lecturas que frecuenta por estos años, se alternan Balzac y Hugo, Carner, Baroja, Lorca y Juan Ramón Jiménez.

La familia veranea en la playa de Calafell, viaja a Montserrat y disfruta de la vida popular en Barcelona.

1936

«Durante la guerra civil —escribe— mi padre pasó momentos difíciles, como todos los industriales y comerciantes de Cataluña. Los dependientes se le fueron al frente uno tras otro, y tuvo que tapar agujeros como pudo. En aquel momento, le ayudé rudimentaria y precariamente en la tienda»(Los jardines de la melancolía).

1937

A la edad de diecisiete años es movilizado. Cumple su misión en las baterías antiaéreas del Carmelo, al norte de Barcelona. «Era vigilante del cielo: avistaba los aviones italianos que venían a bombardear Barcelona desde sus bases de Mallorca» (Massot, La Vanguardia).

Gracias a los Servicios de Cultura en el Frente descubre la vocación literaria y reconoce su identidad de poeta. «Pero no todo era el refugio de los versos —escribe—. También estaba la realidad espeluznante de aquellos días, con la visión de los muertos (montañas de cajas de muerto, goteando sangre, en los patios del Hospital Clínico), las grandes hogueras de las iglesias quemadas, las barricadas en las calles (volverían con los sucesos de Mayo, en las luchas entre el POUM y el PSUC), según constataría años después George Orwell en Hommage to Catalonia» (Los jardines de la melancolía).

1939

Cuando la Guerra Civil toca a su fin, Perucho se encuentra en las filas del bando perdedor. El azar va a cambiar los colores de su uniforme. «Cuando perdió la República —declara—, yo estaba solo [desarmado], sentado en un parapeto desde el que se veía el mar, y recitaba versos en catalán de Sánchez Juan. Un oficial se acercó y me dijo: “Si eres de Barcelona, me doy la vuelta y te vas a tu casa”. Salté enseguida del parapeto y fui a casa». Al poco, es reclutado nuevamente por las tropas nacionales. Como su madre es vallisoletana, le envían hasta San Quintín, «un cuartel que parecía un monasterio, en cuya entrada había este letrero: De aquí se sale para la muerte». Su columna es llevada hasta Menorca, que figura como el último reducto republicano. «Allá había cuatro cañones Vickers, temibles, los más grandes del mundo. Pero no llegaron a disparar. Cincuenta años después, exactos día por día, me hallaba en Sicilia y se acercaron unas personas que nos pidieron compartir mesa. Resultaron ser menorquines. Uno de ellos había servido en las baterías de Mahón y reveló el misterio. No dispararon por un acto de sabotaje que las dejó inutilizadas: después sirvieron para rodar Los cañones de Navarone» (Massot, La Vanguardia).

1940

Según relata Néstor Luján, Perucho y él coinciden en la Universidad de Barcelona, dentro del claustro de la Facultad de Filosofía y Letras, que compartían los alumnos de esta carrera y los que, como Joan, estudian Derecho. Allí es donde traban amistad ambos escritores; un sentimiento que asimismo une a otros espíritus afines, como Antoni Vilanova, Francesc Mayans, Manuel Valls, José M. de Martín, Carles Fisas, Bonaventura Torres Muntán y Josep Riera. «En el Patio de Letras —recuerda Perucho—, donde un lema proclamaba con grandes letras Si eres español, habla la lengua del imperio, conocí a mis grandes amigos Néstor Luján y Antoni Vilanova» (Massot, La Vanguardia). Al decir de Luján, «Joan Perucho tenía una vocación clara de poeta; tenía vocación de escritor y, posiblemente porque era un poco mayor que Antoni y que yo, poseía una experiencia que iba más allá del marco literario» (Cabré, ed., Joan Perucho o la mirada darrere del mirall).

A partir de esa afinidad entre Perucho y sus amigos, se produce su ingreso en Alerta, revista del SEU. La redacción está en un piso de la plaza de Letamendi, lindante con Enric Granados. Cuenta Perucho que los despachos de esta publicación «fueron asaltados por un pelotón de las Juventudes Falangistas, que seguramente —y en contra de la benevolencia de Luys Santamarina— no encontraban correcta nuestra actuación desde el punto de vista doctrinal. Esto, en lugar de acobardarnos, nos dio una gran fuerza moral y un evidente prestigio entre el público de estudiantes que constituía nuestro círculo de lectores» (Perucho, Los jardines de la melancolía).



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