
La rompiente, Reina Roffé, Editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile, 1998, 133 pp.
En la escritura de Reina Roffé (Buenos Aires, 1951) se adivina lo peculiar de su enciclopedia, toda vez que la especulación formal por ella practicada no parece un mérito en alza entre quienes hoy reclaman la categoría de novelistas.
Dentro de semejante escaparate, la suya es una trayectoria temprana y sólida que contagia entusiasmo por lo literario desde sus inicios.
Con la edición de Llamado al Puf (Pleamar, Buenos Aires, 1973) se estrena en la prosa y pronto elabora un texto crítico, Juan Rulfo: autobiografía armada (Corregidor, Buenos Aires, 1973).
Siguiendo este rumbo, sobreviene la prohibición dictatorial de su novela Monte de Venus (Corregidor, 1976) y la oportunidad de madurar sin censura en el extranjero, primero en Estados Unidos y luego en España.
Más adelante, por el tiempo en que publica el volumen de entrevistas Espejo de escritores (Ediciones del Norte, New Hampshire, 1984), llega también el momento de volcar un nuevo caldero, pues Roffé, que opera sin atenerse a los niveles de la industria, se preocupa en dos novelas, La rompiente (1982) y El cielo dividido (1996), por hilar en corto síntomas de la categoría postmodema como la falta de valores firmes, la nueva concepción de la historia, las dudas ante la cuestión del sentido y otras desconfianzas de fin de siglo (A propósito, ¿por qué será que los objetivistas critican la frecuente autor refutación de muchos pensadores postmodernos?) Todos estos problemas demuestran su vigencia en esta versión revisada de La rompiente que ahora reseñamos y que dilata, con patrocinio chileno, una carrera editorial iniciada en Buenos Aires por Puntosur y en México por la Editorial Universitaria de Veracruz.
Para calibrar el alcance del viaje interior planteado en esta obra, podemos pensar en una Sherezade doliente, supeditada a un interlocutor que, a modo de espejo, lleva a cabo una anamnesis con materiales tan diversos como lo confesado por la protagonista, su diario y las páginas de su agonizante novela.
Se toma evidente que aquí el sujeto conocedor y lo conocido van emergiendo a un tiempo, de acuerdo con una estrategia discursiva que sirve para narrar un viaje cuyo destino es el viajero mismo: una identidad femenina, divulgadora de sus aspectos reprimidas reprimidos, desprotegida frente a un terror que, a contraluz, podemos identificar en la reciente historia argentina.
En este flujo de complejidad, la protagonista es atrapada por su interlocutor en una malla de imágenes multiplicadas y posibilidades de existencia con las cuales ella constituye su pasado: «Si me permitiera una digresión (...) –piensa–, idearía un laberinto complicadísimo con estas calles archiconocidas y que, a veces, después de varios días de encierro, se me hacen extrañas. Andaría en zigzag, sorteando encrucijadas cada vez más difíciles; y cuando todo rostro conocido se desvaneciera, dedicaría mi alma entera a buscar una salida».
Vuelta hacia el recuerdo y la identidad fragmentada, es cierto que La rompiente puede hallar su lector modelo entre los exploradores de la postmodernidad, pero también entre quienes, en materia literaria, agradecen la descripción bergsoniana de la memoria o las distinciones entre memoria voluntaria e involuntaria planteadas por Proust.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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