Puesto que se trata de lo transgenérico, he de mezclar, románticamente, la narración con la reflexión y, por si acaso, con algo de teoría.
Empiezo con un cuentito. Lo sitúo hacia 1946/7. En esa época, yo no sabía leer ni escribir (luego algo he aprendido y sigo en ello). Recuerdo que miraba con envidia a los adultos de casa, que podían leer, en silencio o en voz alta, diarios, revistas, libros, las tarjetas postales y las cartas de los parientes y amigos, y escribir ellos mismos, con la pulcritud caligráfica de aquellos días, billetes, epístolas y cartulinas. También leían los carteles publicitarios, los subtítulos de las películas en lenguas extrañas, las marcas de los negocios callejeros.
Yo debía contentarme con observar la similitud entre signos, la repetición de las letras. Enseguida aprendí a distinguir las letras de los demás signos. Mi única compensación era la sopa de letritas, hecha con los fideos que reproducían las mayúsculas del abcedario, en tamaño miniatura. Las recogía flotando en la superficie del dorado caldo pero, sobre todo, las iba a pescar con la cuchara al turbio fondo del plato, porque era como rescatadas a la luz, como si yo fuera un pescador de abismados animales.
Al llevar los fideítos a la boca me sentía, por fin, yo también dueño de las letras. Luego las masticaba, las trituraba, las convertía en una masa amorfa y las incorporaba, es decir que las convertía en parte de mi cuerpo.
Y allí se reformaban pero ya fuera de mi control. Se sabe, desde Aristóteles y hasta Freud, que el apetito es el impulso radical que nos lleva al mundo. Queremos comemos eso que está allí afuera. Al deseado, lo convertimos en objeto. Que yo, todavía analfabeto, quisiera devorar el abecedario, me permite imaginar que estaba dando comienzo a mi vocación de escritor.
En efecto, ¿qué es un escritor? Acaso ser del todo, nada. Alguien que escribe no es un escritor, apenas si va siéndolo y, tal vez, no le alcance la vida para serlo del todo. Pero dejando de lado este destrabalenguas ontológico, me atrevo a decir que un escritor se come el lenguaje codificado en lengua, preexistente e impuesto como necesaria lengua materna, para hacer que eso que está allí, histórico y objetivo, se vuelva personalísimo y presente al incorporarse. El escritor hace encarnar a la escuálida letra de los manuales, los diccionarios y los tratados. La literatura los excede, se hace con las mismas palabras de ellos, pero no está en ninguno de ellos.
La literatura se inscribe en ese confín imaginario donde la lengua de todos se convierte en cuerpo de cada uno y donde el cuerpo de cada uno se simboliza en la lengua de todos. En fin: que se come la sopa de fideos letritas.
Sigo con el cuento, ahora dando algunos datos de mi experiencia como escritor de biografías. Debo decir que nunca las he escrito espontáneamente sino a pedido de algún editor. Esto ha de tener alguna explicación. No soy capaz de darla. Por si vale de algo, diré que cada vez que se me ocurre una historia, así sea con referencia a un personaje histórico y documental, me sale una ficción y no una curiosidad biográfica.
La lista de mis biografiados es un batiburrillo: Carlos Gardel, Antoine de Saint–Exupéry, Lope de Aguirre, Victoria Ocampo, Robert Schumann y Rubén Darío.
Trataré de compararlos velozmente y de buscarles algún hilo rojo –algún color hay que darle que los amarre. Primero debo señalar sus diferencias.
De Aguirre se sabe apenas nada, salvo su expedición al río Marañón desde donde escribe su carta a Felipe II y lo impugna como soberano, declarándose señor de su adelantamiento.
En fin, un remoto antecedente de la independencia americana, como los de Hernán Cortés, Hernandarias, Gonzalo Pizarra y ¿por qué no? el mismísima Colón, que decía haber tocado el Nuevo Mundo, las Indias Occidentales, por la gracia de Dios y ofrecérselo/las a los Reyes Católicos.
De Gardel se saben algunas cosas pero todas pespunteadas de meras conjeturas. Fue un hombre que borró las huellas de su identidad, acaso porque no las conocía suficientemente o le resultaban odiosas. Dejó una obra extensa y unos datos confusos en lo personal. Fue un típico representante de esa sociedad emigratoria en la cual todos querían inventarse un pasado, cancelando el propio.
Gardel y Schumann tienen en común que escribieron canciones. Del alemán rescato una sofocada vocación de músico, que siempre tuve y realicé muy restringidamente, aunque me gano la vida, en parte, como crítico musical.
No rescato su locura porque la mía es distinta y, hasta ahora, no me ha conducido a ninguna clínica especializada.
Con Rubén Darío tengo algo fuerte en común, por aquello de la escritura. Más aún: como porteño, debo a Rubén la invención del mito de Buenos Aires como Cosmópolis moderna o, por mejor decir, modernista: americana pero bizantina, criolla pero afrancesada, atorranta pero señorial, Gran Madre que alimenta y devora a sus hijos. Rubén, por el contrario, tuvo una familia irregular, hijos que no crió, se dio al alcohol y murió colapsado por tantos extremismos.
No obstante, escribiendo estas líneas le pago la deuda que todos los escritores en castellano tenemos con sus piedras mili ares fronterizas. Podemos saber, según sostuvo Henríquez Ureña, si una página en nuestra lengua es anterior o posterior a Rubén.
Por fin, mi experiencia más curiosa como biógrafo: Victoria Ocampo. Por si vale de algo cumplo en decir que el nombre de Victoria es de especial significación en mi vida. Victoria se llaman mi madre, mi única hermana y mi única sobrina. Tres mujeres singulares de mi memoria. Agrego: que la Ocampo no sólo no era de mi sexo, tampoco de mi generación ni de mi clase. Pudo ser mi abuela y pertenecía a la alta burguesía patricia de la Argentina.
No obstante, desde mi nacimiento hasta su muerte (1942–1979) compartimos el mismo país. Investigar su vida fue repasar la mía y aceptar los antecedentes de una nación que, en cambio, de mis abuelos para atrás en el tiempo, no es la mía. Pero lo más sugestivo de mi trabajo con Victoria fue tratar de imaginar cómo se veían las cosas desde el cuerpo de una mujer de su clase y su época, discurriendo por esos mundos y tratando de construirse una identidad haciendo cosas entonces impertinentes en una mujer de su medio: ser actriz, ser universitaria, ser escritora, fundar y dirigir una revista y una editorial, no hacer de esposa ni de madre, vivir libremente su sexualidad.
Todas estas irregularidades –la mayor: conquistar espacios reservados a los varones– me hicieron atractiva a esta señora que, por otra parte, da para una necrológica filistea y cagatintas en cualquiera de los diarios institucionales. Lo que sí puedo deducir y hacer reminiscente en este recorrido un tanto censal, es que me resultó atractivo, en cada uno de estos personajes, un variable elemento de extrañeza.
Por mejor decir: hacerme cargo de su locura, su música, su identidad apócrifa, su delirio, el hecho de que Saint–Exupéry fuera un aviador aristocrático que vio la Argentina desde la altura de su aparato, tratar de hacer cosas de hombres sin dejar de ser una mujer como es el caso de Victoria, en fin eso que los psicoanalistas llaman lo siniestro y que consiste en algo que nos parece extraño y nos inquieta tanto que nos lleva a explorarlo hasta que advertimos que es lo más entrañable de nosotros mismos y que estaba censurado. Incluso en el caso de la alternancia sexual, el hallar en el fondo de la historia prenatal de cualquiera, a la mujer o a la otra mujer que hemos sido en el seno materno.
Ahora bien: si admitimos que escribir es devorar, escribir una biografía ¿es devorar una vida ajena? Cedo la palabra a quien lo puede responder con mejores certeza y economía, Ortega y Gasset en un prólogo a una selección de sus obras, escrito en 1932: «Toda vida es secreto y jeroglífico. De aquí que la biografía sea siempre un albur de la intuición. No hay método seguro para acertar con la clave arcana de una existencia ajena».
¿Es, entonces, una biografía, una tarea utópica e inútil? Radicalmente, sí. Literariamente, no. La literatura se hace cargo de este género que no parece, en principio, literario, y responde al desafío. No lo hace desde un género propio sino desde la novela. Al personaje documental y al personaje inventado les pasa lo mismo: es imposible dar cuenta cabal de su arcano, por decirlo como Ortega.
Hace falta un esquema, una estructura, un armazón que admite ser rellenado con informaciones puntuales, seleccionadas y procesadas. Se habla de biografías científicas, de modelo anglosajón, lo cual me parece una contradicción en los términos. En efecto, la ciencia se ocupa de objetos formales y abstractos, constantes e iguales a sí mismos, al menos en la proporción determinada que permite generalizar.
Una biografía se ocupa de una vida, que no es abstracta ni puramente formal, sino concreta, procesal y amorfa, como el bolo de fideítos que trituramos en la boca al tomar la sopa.
La diferencia entre la novela y la biografía radica en la calidad de la mayor parte de sus documentos. En la novela son todos imaginarios, aun cuando se trate de personajes históricos, pues se vuelven ficcionales al pasar por el espacio novelesco. En cambio, en la biografía los documentos tienen, por abundar en reiteraciones, una realidad documental. No obstante ello, no hablan por sí mismos sino que han de ser interpretados, clasificados, jerarquizados y convertidos en susceptibles de narración para que encajen en la gran narración biográfica.
De otra manera –vuelvo a las biografías pretendidamente biográficas– se convierten en un archivo, no en el relato de una vida. El punto crítico consiste en que una vida no puede ser exhaustivamente averiguada. Ha pasado y el pasado se lleva consigo lo radical de la vida: la presencia.
Además, el olvido borra la mayor parte de las huellas. Además, no todo lo ocurrido se ha documentado. Además, el lenguaje tampoco es exhaustivo con respecto a lo real. Borges adjetiva nuestras palabras de pobres y su personaje Funes, el memorioso, no podía olvidar nada pero tampoco podía decir con palabras todo lo que no podía olvidar. Es entonces cuando el biógrafo recurre a un modelo de vida narrada: la épica antigua, la novela moderna. Necesita una hipótesis de personaje, que le será dada por la intuición, y deberá seguirla como un novelista sigue, imaginariamente, a sus personajes. Los documentos, después de haber sido manipulados –repito: manipulados, trabajados artesanalmente con las manos– lo ayudarán. El resultado es incierto, aunque la biografía sea correcta y esté lograda como texto autónomo, que es lo deseable. Nunca dos biografías coincidirán en el personaje, lo mismo que nunca un mismo ser ha dejado la misma huella en quienes lo trataron, ni siquiera uno mismo con Uno Mismo. Y si no, interrogue el lector al espejo, como la Reina de Blancanieves.
Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos. "La sopa y yo" apareció previamente en las páginas de Cuadernos Hispanoamericanos. Se publica en Cine y Letras con el permiso de su autor.
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