
La Virgen de los Sicarios, Fernando Vallejo, Alfaguara, Santafé de Bogotá, 1998, 121 pp.
Cabe considerar esta obra un ejemplo destacado de una variedad narrativa con amplia tradición en el cine y la literatura colombianos.
Lo que motiva esa corriente, lo que le imprime fisonomía propia, es el testimonio de la violencia en vigoroso relieve, trazando a escala ese panorama de subdesarrollo político y social que, para incomodidad de buenas conciencias, nos recuerda la prensa en dosis de impacto.
Se recordará que han descendido al cráter autores como Eduardo Caballero Calderón, Jorge Zalamea Borda, Manuel Mejía Vallejo, Álvaro Cepeda Samudio, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Plinio Apuleyo Mendoza y García Márquez.
Desde la variedad de sus impulsos, todos ellos contemplan la agresividad como una metáfora del canibalismo nacional.
Por otra parte, estas impresiones alcanzan un acuerdo con las publicadas por el cine colombiano, cuyo reflejo del conflicto identifica ocasionalmente una tentación que traiciona sus propósito: la llamada pomomiseria, tan sensacionalista y obscena.
En esta dirección, la película más conocida sobre la circunstancia de los niños bogotanos de la calle es Gamín (1978), de Ciro Durán, un filme que hurgando en las heridas logró una notable acogida internacional.
Otro cine asta con una clara perspectiva del horror es Fernando Vallejo, quien firma dos largometrajes herederos de la misma tradición, Crónica roja (1977) y En la tormenta (1980), y además cultiva un temperamento literario fiel al mito doloroso.
Uno de los títulos más característicos de la narrativa de Vallejo es el que anima estas líneas, La Virgen de los Sicarios, publicado por vez primera en 1994.
Se trata de un libro áspero, acusador, alejado de la minuciosidad costumbrista, escrito con un estilo impetuoso en consonancia con el refugio de seres feroces que retrata.
Vallejo es un novelista que sabe aliar de modo descarnado la dulzura y el más violento frenesí.
Su narrador es un hombre que vuelve a Medellin tras un largo exilio, y en ese escenario comparte cama y ternuras con un muchacho de la calle, Alexis, destinado al crimen como tantos otros sicarios en esa ciudad donde la muerte resulta demasiado contagiosa.
Tal es el fervor de los asesinos adolescentes, que la iglesia de Sabaneta, presidida por una imagen de María Auxiliadora, marca el punto de compasión en medio de su miseria.
A veces un ángel exterminador, a ratos un diablo, Alexis deambula por esta urbe cuya fertilidad compensa tanta sangre.
Así unidos el sexo reproductivo y la agresión, nadie regula en Medellín los límites de la masacre: «En este país dolo de leyes y constituciones, democrático, no es culpable nadie hasta que no lo condenen, y no lo condenan si no lo juzgan, y no lo juzgan si no lo agarran, y si lo agarran lo sueltan».
Comoquiera que sea, la única protección que se ofrece al sicario frente a los cancerbero s es de orden mágico.
Así, cuando pasean en primera línea del matadero, se adornan con tres escapularios, «para que les den el negocio, para que no les falle la puntería y para que les paguen».
Basta imaginar al niño Alexis con ese talismán para captar el ritmo fúnebre que palpita en estas páginas.
Porque toda la novela es una revelación continua, siempre conmovedora, de un mundo figurado que cuestiona el infortunio real de Colombia, esa tierra donde huérfanos y titanes perpetúan las reglas del sacrificio.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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