
Las letras y la amistad. Correspondencia (1920–1958), Alfonso Reyes, Guillermo de Torre, edición de Carlos García, Pre-Textos, Valencia, 2005, 285 pp.
Pese a que los rodeos, el formulismo y las repeticiones figuran como sus principales escollos desde el punto de vista literario, la forma epistolar confina con el diarismo y la confesión, lo cual conlleva el doble interés de la biografía y el cálculo intelectual.
Semejante confluencia atrae a los peritos.
Sobre todo a los que eligen las cartas donde mejor se impone, en cuanto a temas y estilo, la personalidad del corresponsal.
Pero no es menos cierta la curiosidad de quienes dejan de lado el valor histórico, y prefieren atender a los vaivenes del diálogo escrito, vuelto a la vida, encantador en el amplio sentido de la palabra.
Un diálogo que autoriza a catalogar los sentimientos, animador de paisajes y recuerdos, aún más interesante en la medida en que se aviva con digresiones.
A esta luminosa variedad pertenece el epistolario puesto en orden por Carlos García y protagonizado por dos rúbricas de postín: la de Alfonso Reyes, maestro fecundísimo, generoso dentro de su cultura cosmopolita, y la de Guillermo de Torre, admirador del sabio, crítico inspirado y cabal.
Desde todos sus perfiles, esta colección ofrece el cuadro de la vida de ambos.
Por lo demás, la experiencia de Reyes tiene positiva importancia en su interlocutor, quien le hace partícipe de su entusiasmo literario y de sus ganas de triunfo.
La impresión que deja este intercambio es también sabrosa en el campo gremial.
Torre menciona sobrados detalles acerca de las diversas editoriales donde trabajó, y se ofrece en bastantes cartas como un campeón de Reyes en la Argentina.
A su vez, el escritor mexicano anima a su joven amigo y le pone en contacto con otra parte del revisterismo crítico.
En todo caso, ambos aportan la enseñanza de un periodo en el que los trasvases literarios y filosóficos fueron notables en el campo hispanohablante.
No nos asombremos demasiado, pues Torre siempre se preocupó de tender puentes entre España e Iberoamérica; una disposición a la que no fue ajeno su trato con autores como Borges, cuñado suyo desde 1928.
En una de estas cartas, Reyes subraya que el epistolar es el género más decaído en las letras hispánicas de su tiempo.
Entre las excepciones habrá que situar a este volumen, rico en detalles, esmerado en su estilo, lleno de agudas confidencias y reflexiones.
Irreprochable en términos académicos, la entrega evoca la buena impresión que causan otros epistolarios anotados y ordenados por Carlos García: la correspondencia entre Jorge Luis Borges y sus amigos Maurice Abramowicz y Jacobo Sureda (Cartas del fervor, 1999) y las cartas cruzadas por Borges y su maestro Macedonio Fernández (Correspondencia Macedonio–Borges. Crónica de una amistad, 2000).
Sin duda, Las letras y la amistad conquista un elevado puesto dentro del género, y enriquece esa tetralogía que el editor diseñó a partir de los carteos de Guillermo de Torre con Reyes, Cansinos Assens, Juan Ramón Jiménez y Gómez de la Serna.
Patarroyo.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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