
Las piadosas, Federico Andahazi, Plaza & Janés, Barcelona, 1999, 219 pp.
Presa de su relato, Bram Stoker, el conocido autor de Drácula (1897), ha sido incorporado al itinerario de la literatura fantástica como padre de una de sus principales individualidades, un ser ambiguo que pone en cuestión su propia muerte y transita la eternidad aliviado por el consumo de sangre humana.
Pero esa cualidad fantasmática que confiere su intensidad al transilvano, también atañe a los orígenes del libro en cuestión.
Recientes iluminaciones críticas cuestionan su autoría y, en este caso, la duda se acentúa aún más en tanto la calidad de otras creaciones de Stoker es muy inferior, cuando no mediocre.
H.P. Lovecraft transcribe en 1932 la confidencia de una vieja dama que a punto estuvo de ser contratada por Stoker para dar forma literaria a un manuscrito que, a su entender, era «un completo desastre».
La duda tiende a ir lejos y dos historiadores, Raymond McNally y Radu Florescu, identifican tiempo después al esquivo corrector de quien Stoker se sirve para fertilizar su idea, Hall Caine, tan desconocido como pueda serlo cualquiera de tantos mercenarios que cultivan el anoninnato literario.
Si me permito aludir a estas circunstancias es porque esa doble faceta del vampirismo, monstruoso e intelectual, justifica todos los acontecimientos que Andahazi (Buenos Aires, 1963) hilvana en su interesante novela.
Quizá el escritor argentino desconozca la anécdota de Stoker y su «negro», pero se acerca a ella al conjugar el desarrollo del vampiro literario con el vampirismo de quien, falto de originalidad, elige la impostura.
No obstante, entrevisto ese propósito, la simetría queda llena de aristas.
Las primeras páginas de la novela nos remiten al verano de 1816, cuando en Villa Diodati, cerca de Ginebra, Percy Bysshe Shelley, su futura esposa Mary, Lord Byron y John William Polidori organizan una galería fúnebre de la cual han de trascender dos obras, Frankenstein o el moderno Prometeo (1816), de la Shelley, y El vampiro (1819), de Polidori, inductor de piezas corno Varney the vampire (1847), de James Malcolm Rymer, y el antecitado Drácula.
A tan gozosas metamorfosis de la pesadilla gótica, Andahazi añade, por vía epistolar, la presencia de tres hermanas: las hermosas e idénticas Colette y Babette, y su implantación teratológica, un engendro llamado Annette que, destinado a lo prodigioso, logra sobrevivir al parto, estableciendo un extraño vínculo con las dos mellizas.
Annette acaba siendo partícipe del desfile de fantasmas que plantean Byron y los suyos por una circunstancia precipitada.
Y es que, dotado de un sorprendente talento, el freak tienta al inseguro Polidori con ofrecerle un manuscrito que pueda atribuirse, siempre y cuando éste le provea del fluido que cristaliza su vida y la de sus hermanas.
La novedad, morbosa pero nada sepulcral, es que el trío se marchita cuando Annette incumple la clásica hemoterapia del vampiro, si bien esta vez el reflujo en las venas del monstruo y sus pares no se debe a la ingesta de sangre, sino a la de otra sustancia, fecundadora y masculina.
Curioso es que Andahazi identifique las raíces del relato vampírico que firma Polidori con un cuerpo fragmentado, habitual en la narrativa fantástica del XIX, pero cuya nebulosidad romántica se pierde, por decisión de su autor, en goces propios de un cuento libertino.
Hipérbole del erotismo, el regalo sanguíneo que recibe Drácula se convierte para Annette en desahogo fálico, sin franja de misterio ni cajas chinas.
Polidori fue un médico «más apto para producir enfermedades que para curarlas» –eso decía Byron– y su construcción literaria lo presume quizá más inestable que la ofrecida por los biógrafos.
Como en cierto modo lo fue Stoker, el secretario de Byron es para Andahazi un impostor sepultado por la emersión de una figura que lo vampiriza sin permitirle siquiera el amparo de la gloria.
En esto al menos coincide con el punto de vista del cuento de miedo, donde la nocturnidad en la creación recibe una merecida condena más allá de la tumba.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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