
Cuando el escritor va a relatar su ficción siempre revela en ella un testimonio personal.
Obviamente, lo que hay detrás de esto es una confidencia de diván, pues los narradores no pueden desgajar su experiencia, convertirse en observadores imparciales y optar por un punto de vista angelical o divino.
Al fin y al cabo, todo cuento siempre es autobiográfico. Y además, esta misma melodía de la que hablamos oscila entre la identidad y el olvido, acarreando con estilo (literario, se entiende) aquellos objetos que van ligados a la memoria.
Cortázar decía que un poema es siempre un retorno. También lo es la prosa, y por ello, al justificarse en el centro mismo de esta maniobra memorística, la faena literaria puede ser entendida como una obstinación que cede a la necesidad confesional. En este punto es donde Javier del Prado introduce una paradoja: si la vida, entendida como actividad y como presente, “es negativa, también lo es en apariencia el pasado”. Del Prado no teme el prestigio de la fórmula proustiana: el pasado es la muerte, es un “recuerdo constante de que el presente no existe”. Pero incluso en su negatividad, es también “la única realidad de la conciencia”. De ahí que, pese al matiz accidental y azaroso de la vida, la esencia del yo emerja a través del recuerdo de Proust “como algo que, transgrediendo la temporalidad, se sueña eterno, y en este sueño se libera de la contingencia del tiempo y de la materia”.
A cualquier escritor puede agradarle este efecto pues la definición proustiana nos acerca a esa estrategia, entre lúcida y delirante, que sirve para administrar toda la actividad literaria.
Digamos algo más sobre Proust. Un reconocido especialista en psicología cognitiva, Daniel L. Schacter, distingue entre recordar y reconocer el pasado. Para ilustrar ambas acciones acercándose a la literatura, Schacter comprueba cómo Proust emplea conceptos y analogías de la ciencia óptica para construir un símil entre el tiempo y el recuerdo. En una carta fechada en 1922, el escritor francés fijó la imagen que le parecía idónea para describir este sentido tan especial: “es la de un telescopio, un telescopio apuntando al tiempo, pues un telescopio nos hace visibles las estrellas que no vemos a simple vista». Y añadía: «yo he tratado de hacer visibles a la conciencia los fenómenos inconscientes, algunos de los cuales, tras haber sido olvidados por completo, se sitúan en el pasado”.
Al igual que la anamnesis que proponen los psiquiatras, esta memoria proustiana se expresa en bellas líneas y merodea en las espesuras de la identidad. Una vez ordenado, el recuerdo −agua turbia− se convierte en historia −esto es: un caudal−. A esta alusión mítica, como es imaginable, le queda el derecho a ser individual o colectiva. Pero lo cierto es que la comunión y simpatía de los lectores convierte a cualquier ficción en un documento de la memoria histórica que, a su vez, figura en el archivo legendario.
Aplicado a este empuje, Cortázar trató de analizar sus preludios y efectos, pero acabó viendo “el decurso de la historia como los calígrafos japoneses sus dibujos: hay una hoja de papel, que es el espacio y también el tiempo, hay un pincel que una mano deja correr brevemente para trazar signos que se enlazan, juegan consigo mismo, buscan su propia armonía y se interrumpen en el punto exacto que ellos mismos determinan”.
(La primera versión de este artículo fue publicada por el Centro Virtual Cervantes)
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