
Vargas Llosa ha elegido a Azorín como tema de su discurso de ingreso a la Academia (abril de 1996). A primera vista, resulta extraña la elección. Vargas Llosa es un escritor de modelo decimonónico, con una obra que tiende a lo orgánico y robusto, a los grandes desarrollos, a las visiones abarcantes.
Azorín, en cambio, fue un escritor de lo mínimo, lo fragmentario, lo apenas apuntado, lo que no puede desplegarse porque se deshace en su propio despliegue. Quizás el punto de sutura sea el periodismo.
Los dos escritores lo practican con regularidad. Y aquí surge otro embrollo.
¿Por qué Azorín asume el género periodístico siendo que tanto le importa lo permanente, lo que se mantiene inalterable a través del tiempo, lo inmóvil?
La respuesta fácil es que siempre buscamos lo contrario de lo que somos, hasta que logramos serlo.
Azorín alcanza a convertirse en el cronista de lo efímero, de la secreta desaparición de las cosas, la insidiosa e invisible usura que el tiempo ejerce sobre todo lo que existe. Y Vargas Llosa, tan apasionado por la historia como presente, o sea la historia como política, converge con -Azorín en ese vórtice del acontecer, que actúa y pasa. Azorín tuvo una breve juventud anarquista y se convirtió luego en un conservador por escepticismo.
El mundo es difícil de modificar y lo más razonable es conservarlo para que no se descalabre. Hay otros conservadores entusiastas que proclaman lo natural y aún divino del orden, pero no fue el caso de Azorín ni el de otros escritores regidos por cierta melancolía de la razón, entre Flaubert y Borges, que prefirieron el mundo tal como parece que es, a un mundo mejor que, en caso de querer concretarse, apenas lograría empeorar lo presente.
Tampoco es el caso de Vargas Llosa, joven marxista y maduro liberal, pero siempre optimista histórico, creyente en el progreso y ansioso de hallar la verdad en el “curso del mundo”. Político, en suma: hay que ensayar, innovar, alterar, porque en el cambio a favor del tiempo histórico (la modernización) está la mejoría de la sociedad, que acaba siendo mejoría moral de cada individuo.
Vargas Llosa es, sobre todo, un novelista. Azorín, que intentó la novela, queda como un experimentador frustrado, salvo, precisamente, en aquellas obras iniciales como Antonio Azorín a La voluntad donde se vale de modelos clásicos, como la novela de iniciación y la parodia cervantina.
La novela azoriniana falla porque Azorín es un escritor del ser y no del devenir. Para salvar las cosas de la muerte, necesita inmovilizarlas. De ahí su tardía fascinación por el cine, por esa posibilidad de repetir una historia, repitiendo la proyección de un filme, hasta que la historia, como en la isla de Morel en Bioy Casares, se convierta en reiteración circular, o sea en todo lo contrario de la historia.
Azorín iba a ver películas del Oeste y las veía una y otra vez. Le complacían aquellos paisajes mesetarios y aquellas parameras, como los de su Mancha quijotesca, cruzados por solitarios llaneros, tan quijotescos también.
En Azorín vive la generación del 98 una enésima variante de su conflicto con la historia. Azorín es el escritor tardío, fin de época, que llega a los pueblos, a las casas, a las habitaciones y talleres, cuando los hombres ya se han ido y reina la paz difunta de las cosas, nombradas con palabras arcaicas y duraderas.
Queda algún solitario, tan solitario como el viajero y el cronista. Quedan los libros viejos, que nadie lee y que Azorín devuelve a la vida de la memoria.
Y queda la acuciosa pregunta: ¿qué vale la pena recordar, qué vale la pena no olvidar?
Vargas Llosa trazó un antecedente: Azorín precursó el nouveau roman francés. En efecto, hay momentos en la historia en que el olvido toma el lugar del pasado y los hombres quedamos, estupefactos e inmóviles, ante unas cosas que nada nos dicen y con las que nada sabemos hacer.
Son las cosas azorinianas, que nos rodean, llenan nuestras habitaciones y se convierten en una estática invasión del sentido en el silencio.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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