
Un artículo de Mario Vargas Llosa, Librerías y libródromos, me da pie a una reflexión sobre la capacidad de autocrítica de esa forma de convivencia que llamamos democracia.
A veces disiento, y no siempre con buen humor, de lo que dice Vargas Llosa. En otras ocasiones, comprendo la disidencia y se la agradezco. Con muchas de sus páginas me identifico. Siempre me gusta en él su capacidad para molestar a fuerza de claridad y rehuyendo cualquier postura simpática de antemano.
Estas matizaciones también son un elogio: un escritor con el que no siempre estamos de acuerdo es un pensador, ya que tampoco estamos siempre de acuerdo con nosotros mismos.
Esa puesta en escena de la discordia intima nos enseña a pensar, a pensamos. Vargas Llosa defiende la democracia en lo político y la economía de mercado. Pero no las defiende como la solución final de la historia.
Neoliberales fogosos hay por el mundo, que abrazan su parcialidad como si fuera la verdad de las relaciones humanas, abrigando un embozado providencialismo.
Confiad en el mercado, nos dicen, él contiene todos los equilibrios secretos que se explayan en libertad. Finalmente, las cosas están gobernadas por una mano oculta, acaso la del Dios que las ha creado y las acaricia, las arroja o las aprieta hasta destrozarlas o reconvertirlas, como ocurre con las grandes empresas económicas.
En cambio, el escritor peruano, tras enaltecer los efectos benéficos de la libre concurrencia y la democracia, les señala algunos feos vicios culturales que implican una crítica y una autocrítica.
Concretamente, se lamenta desde su lugar de escritor y, sobre todo, de lector. Es evidente que las nuevas técnicas de impresión, los artilugios de la moderna papelería y la producción de escala han abaratado los libros y puesto al alcance de las mayorías un tipo de objeto que para muchos de nuestros abuelos era todavía un lujo.
En otro sentido, las dimensiones de un operativo de fabricación y venta de libros nos conducen a la desaparición de la librería clásica, del librero adicto a la lectura, consejero y también interlocutor de sus clientes.
Los libros se venden en las llamadas “grandes superficies” como cualquier otro bien fungible (una lata de tomates, unas zapatillas de pádel, unos preservativos: objetos divertidos y que propenden a la nutrición).
Por otra parte, la creciente dimensión de las editoriales, su concentración incesante, la carestía de los costos fijos, todo conduce a la búsqueda del best-seller que venda cientos de miles de ejemplares en pocas semanas, se filme, se televise y se convierta en cinta de video o CD-ROM, aunque a los escasos meses o años nadie se acuerde de él.
Nada de esto es perjudicial en sí mismo, pues siempre habrá más o menos lectores de otra clase, libreros como Dios manda, tiempo para revolver anaqueles y bateas, selección minuciosa de textos, tertulia: cultura, en el sentido de cultivo.
Cosas para muchos y cosas para pocos, lo cual cuenta escasamente a la hora de juzgar, porque se juzga desde los valores y no desde las cantidades. Lo malo del asunto no es que haya mayorías y minorías, sino que las mayorías se transformen en unanimidad y que sólo subsista, culturalmente, lo que escojan las mayorías. Y una mayoría no vale para nada cuando se trata de establecer la corrección de una teoría científica, lo razonable de un sistema filosófico o la excelencia de una obra de arte.
Estos objetos culturales no los hacen las mayorías. Tampoco las minorías. Los hacen algunos individuos que habitan, desde luego, el mundo que se reparte entre unas y otras. Una lata de tomates es intercambiable por otra. Un libro, no. Un libro, aunque fabricado en serie, es algo único, porque es un texto y un texto es una lectura, algo individual, concreto, insustituible.
Cuando tratamos los libros como latas de tomates, algo desaparece de nuestra historia cultural, de una tradición que funda la cultura de Occidente (la necesidad de escribir para proyectarse como necesidad de leer y releer) y de nuestro propio organismo imaginario, si se me concede la figura, un tanto gruesa (aunque hay también organismos flacos).
Algo nos faltará, de algo nos habrán/habremos amputado. La democracia es, de momento, el sistema menos irrazonable para legitimar a los que han de gobernar. Fija las normas para la conformación de las mayorías, los límites del poder concedido y los procedimientos de control y renovación. Pero una cosa es la mayoría, siempre limitada en el tiempo, y otra cosa es la unanimidad.
La mayoría no excluye la existencia de las minorías. Cuando las excluye, se vuelve unanimidad y los fines perseguidos por la sociedad democrática -ante todo: asegurar la pluralidad de opiniones y su libre circulación- se desnaturalizan, produciéndose una opresión formalizada de modo democrático.
El lamento crítico de Vargas Llosa proviene de esta alarma: advertir que la mayoría excluyente acabe con la gestión democrática de la sociedad, que la pluralidad originaria y esencial a la vida democrática se torne monótona unanimidad plebiscitaria.
La riqueza cultural de una sociedad variopinta y dialogante se pierde, de tal manera, en el desierto de lo predominante como único. En especial, cuando se trata de obras de arte, lo más impertinente en relación con ellas es cuantificar su alcance, ya que el arte maneja, justamente, los imponderables, las calidades, aquello que está siempre en estado virtual y que se vuelve acto cada vez que un receptor de la obra se pone en contacto con ella.
Un fresco de enormes proporciones no es mejor que una miniatura, ni una sinfonía mejor que un preludio, ni una novela mejor que un soneto, porque ocupen más espacio o tiempo. El voto mayoritario no puede conseguir que dos más dos sean cinco.
No hago formulaciones minoritarias, como si la cultura fuese patrimonio de una elite cuya mejor virtud sea, precisamente, la de estar formada por pocos. De algún modo, aunque llegue a escasas personas, una obra de cultura es válida porque tiene que ver, en positivo o en negativo, con una sociedad.
Puede intentar su descripción minuciosa y didáctica, como Balzac, o arrojarle oscuros enigmas a la cara, como Mallarmé. Pero siempre será esa sociedad y no otra, en ese tiempo y ese lugar, y no en otros. Con todo, ese vínculo histórico no significa que el artista vaya a pedir su legitimación a las mayorías ni a las minorías, a las masas o a la nobleza.
La obra se legitima a sí misma, tenga o no consenso mayoritario. A veces, ni siquiera minoritario. Los arquitectos del Renacimiento despreciaron el gótico, los preceptistas clásicos denostaron al barroco, los impresionistas fueron rehusados por el Salón. Y ahí están.
Creo que la queja de Vargas Llosa contra dos de sus querencias -el libre mercado y la democracia- apuntan a corregir sus deformaciones, deformaciones, producto de la costumbre.
Cuando un sistema de participación vivaz en la gestión de los asuntos comunes, como ha de serlo el democrático, se convierte en hábito mecánico, los dirigentes devienen burócratas y la forma de vida, mera gestualidad.
Un libro vendido como un objeto desechable, junto a las pilas eléctricas y los tubos de dentífricos, es el emblema patético de esta contradicción. Utilísimos como son, las pilas y los dentífricos resultan ilegibles al lado de un libro, letra abierta, palabra en el tiempo, signo que no deja de rotar: imaginación y libertad.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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