
Monsieur Pain, Roberto Bolaño, Anagrama, Barcelona, 1999, 171 pp.
En el relato que titula «Sensini» (Llamadas telefónicas, 1997) el escritor chileno Roberto Bolaño desliza un modelo imitable de supervivencia: enviar el mismo escrito a varios certámenes literarios, enmascarado con un título diferente para que el jurado no advierta el truco.
En un comienzo, lo sabemos, el ficticio detalle se tradujo en actos: hacia 1981 o 1982 Bolaño logró con La senda de los elefantes el premio de novela corta Félix Urabayen, otorgado por el Ayuntamiento de Toledo.
Se trata del mismo libro que poco antes, con rótulo distinto, había merecido una mención en otro certamen y que ahora –perseverar es definirsepublica en Anagrama, confesando la anécdota en contraste con su crecida popularidad.
Más allá de la importancia personal que atribuye al volumen, su autor pone el acento en la ambivalencia del reflejo literario, construido bajo los sarcasmos de la historia y, seguramente por ello, nutrido de referencias y también de lo que Barthes llamó biografemas.
El sentido es claro: Bolaño se inspira en figuras reales con razón estratégica, instaladas ya en el texto donde adquieren desarrollo y proclaman la mezcla del mortero (al girar las categorías de lo verificable y lo ficticio, cada una ofrece una faceta de la realidad que compensa las deficiencias de la otra).
En esa oscilación, parece seguir el dictado de Monterroso: «Uno debería ser borrado por sus personajes, de quienes uno apenas estuvo al servicio».
Para ello idea prolongaciones tan cercanas a su ingenio como Arturo Belano, y otras de máscara disímil, como Pierre Pain, el mesmerista que protagoniza la intrigante novela que comentamos.
Conviene decido: Pain es el eje de una secuencia falsa.
Para miniaturizar cuanto es fruto de la inventiva, la nota introductoria resalta que casi todos los hechos narrados ocurrieron en la realidad.
Una tarde de 1938 este hipnotizador recibe el encargo de sanar a un hispanoamericano que ha comenzado a hipar constantemente.
A partir de esa línea, Pain irá indagando en los detalles de agonía que rodean al enfermo, «un poeta, aunque muy poco conocido, y pobrísimo».
El poeta no es otro que César Vallejo, corroído por su circunstancia parisinao En esta búsqueda de sentido, descubrimos los sentimientos de Pain hacia la dama que le ha encomendado la cura, madame Reynaud ("Pensé que era muy hermosa y que yo era muy desdichado", llega a comentar).
Con pulso misterioso, siguiendo la titubeante dirección de sus pesquisas (<
En ello parece adueñarse de unos versos de Trace: «Vosotros sois los cadáveres de una vida / que nunca fue. Triste destino. / El no haber sido sino muertos siempre».
A modo de conclusión, la obra incluye un epílogo de voces.
Como advertirá el lector, la fórmula narrativa de este apéndice recuerda vivamente uno de los textos más felices de Bolaño, La literatura nazi en América (1996).
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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