
Ahora que en varios países europeos (entre ellos, el nuestro) la inflación se detiene y trata de ajustarse lo más posible al cero, cabría la posibilidad de imaginar que se pudiera hacer lo mismo con la literatura, entendida ésta en su sentido más amplio que abarca tanto las obras de creación como la crítica.
No me refiero a que haya necesidad de un equilibrio antinatural o ficticio, sólo que nos acercáramos un poco al valor real de las obras. La inflación en literatura tiene, como mínimo, varias características, dos de ellas de una cierta importancia: el exceso genérico de la profusión determinado por la industria, y el exceso crítico que valora excesivamente lo que cada día que pasa pierde peso.
Surgen panoramas y libros de crítica e historia -en ocasiones en editoriales más o menos fiables- que se relacionan con la literatura como con un mercado que hay que mantener, y del cual han eliminado el riesgo y la crítica misma.
Pongamos un caso sin nombre (ya que tampoco lo tiene este texto): una historia de la poesía española que abarca el siglo. Si analizamos la segunda mitad veremos que están prácticamente todos los que se manejan habitualmente en los suplementos literarios y en las antologías.
Cualquier lector sensible sabe que la mitad de esa mitad no soporta una lectura atenta, que son escritores mantenidos por la lógica del mercado y los usos y abusos de los medios de comunicación.
La pregunta del millón es: ¿Por qué el estudioso no tiene un criterio suficiente? ¿Por qué no arriesga nada? La supuesta objetividad (que en este caso es la aceptación de un cierto estado de opinión) que podría blandir el autor, no resiste un examen sobre la misma, entre otras cosas porque los valores de la literatura no tienen nada que ver con la aritmética democrática. Hay que agradecer a T. S. Eliot que leyera con atención a John Donne o a Paz que haya escrito su ya clásico Sor Juana, aunque ni el poeta metafísico ni la monja barroca fueran lecturas de los coetáneos de ambos actos de reivindicación.
Si por el estado de opinión nos lleváramos, los cien años de Un coup de des que se cumplen en el 98, nadie lo tomaría en cuenta en nuestro país, tan ajeno no digamos a ese poema sino a su significado histórico.
La historia de la literatura, incluso cuando se hace respecto a un pasado que ya ha impuesto cánones, hay que hacerla con riesgo, aunque se exponga a la discusión y a las mofas del gremio. Y no digamos ya si se pretende historiar el presente. En ese caso hay censo o crítica.
El censo supone la ausencia del crítico, y la presencia de éste es negación del censo y afirmación de criterios y gustos, aunque éstos no sean aceptados por todos. En el presente sólo puede haber un cuerpo a cuerpo con la literatura, lo que introduce la noción de sujeto y con ella toda una familia semántica: subjetividad, placer, gusto, debilidad, etc. que nos conducen al lector abierto (en el sentido que Umberto Eco atribuye a la obra). Se observa una gran ausencia de ese trato corporal y, no sé si lo peor, ausencia de trato mental: ejercicio intelectual reflexivo, que se dirige a las obras tanto como a los procedimientos y al lector de las mismas.
Lo que queda, salvando honrosas excepciones, es inflación. Y siempre que surge esta palabra, hay que añadir lo de corríjase. El fatalista confiará en el tiempo, ese gran crítico y antólogo que va situando las obras como cantos rodados, despojadas de sus lastres; y el que sabe que nada se hará que no hagamos y, por lo tanto, desconfía de ese tiempo anónimo y justiciero, piensa que el tiempo es la voz de todos, pero no es fácil oírla porque siempre está hecha de presente: «sólo a través del tiempo se conquista el tiempo».
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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