
Con perspectiva ya suficiente, sabemos que las inercias del mercado económico han introducido una serie de equívocos en el mundo del arte.
Lamentablemente, son muchos los que, al optar por este ejercicio creativo, aún hacen concordar el romanticismo con las expectativas monetarias. Por lo demás, la suntuosa escenografía del éxito tiene su secuela en los medios masivos.
Con todo, esto pone en evidencia una contradicción en la que conviene insistir, y es que disfrutar del canto no es lo mismo que obtener las glorias del escenario, sentir la vocación pictórica no prefigura un porvenir millonario en las subastas... y tampoco dedicarse a la escritura narrativa implica ser admirado por un número incontable de lectores.
Por intermedio de la publicidad editorial, muchos autores acaban asumiendo que quien no publica su obra con provecho económico no es un verdadero escritor.
La política de adelantos económicos refuerza esta ligazón entre escritura y profesionalismo. Por supuesto, tiene razón Mario Vargas Llosa cuando dice que la literatura “no comienza a existir cuando nace, por obra de un individuo; sólo existe de veras cuando es adoptada por los otros y pasa a formar parte de la vida social, cuando se torna, gracias a la lectura, experiencia compartida” (La verdad de las mentiras, Madrid, Alfaguara, 2002, pp. 388-389). Pero esto no implica un puesto en la lista de los autores más vendidos. En todo caso, esa comunión con los lectores equivale aquí a plenitud personal.
Si aceptamos la doctrina de Ortega y Gasset, la vida del escritor adquiere el carácter de la realización de un imperativo. Es el suyo un don irrevocable, propenso a las intuiciones fabulosas. “En nuestra mano −dice Ortega− está querer realizarlo o no, ser fieles o ser infieles a nuestra vocación. Pero ésta, es decir, lo que verdaderamente tenemos que hacer, no está en nuestra mano. Nos viene inexorablemente propuesto” (El libro de las misiones, Madrid, Espasa-Calpe, 1955, p. 20). Así, pues, un genuino autor literario ha de admitir esa carga para plasmar, con todo su potencial psíquico, la más completa imagen de sí mismo. El libro publicado encarna la culminación de este proceso íntimo. Sólo eso. En el plano extraliterario queda el detalle económico.
Al fin y al cabo, la profesionalización de los escritores es un asunto propio de la última centuria. De hecho, si miramos hacia atrás en la historia, comprobaremos que sólo los grandes folletinistas y dramaturgos del XIX podían subsistir holgadamente gracias a su empeño literario. Aún hoy, lo habitual es que los escritores contrarresten la inestabilidad financiera de dicho ejercicio con ingresos procedentes de otros dominios profesionales.
Para muchos, el artefacto narrativo no es, desde luego, sinónimo de prosperidad.
En oposición al prestigio cuantitativo −número de libros vendidos, cifras rubricadas en los contratos editoriales−, vamos a remitir a otro prestigio: aquel que es evaluable en el creador inquieto, dotado de una fuerte personalidad.
Así queda de manifiesto en una carta que Flaubert le envía en 1853 a Louise Colet. En ella dice el escritor que uno de sus viejos sueños es realizar una novela caballeresca. “Creo que es factible incluso después de Ariosto −dice−, introduciendo un elemento de terror y de poesía amplia que a él le falta. Pero ¿qué es lo que no tengo ganas de escribir? ¿Hay alguna lujuria de la pluma que no me excite?” (Cartas a Louise Colet, trad., prólogo y notas de Ignacio Malaxecheverría, Madrid, Ediciones Siruela, 1989, p. 290).
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