Octavio Paz: Cartas a Pere Gimferrer 1966–1997, Edición, prólogo y notas de Pere Gimferrer, prefacio de Basilio Baltasar, Seix Barral, Barcelona, 1999, 425 pp.
Durante más de treinta años (exactamente, de abril de 1966 a abril de 1997) se escribieron paz y Gimferrer. Al principio, de usted y cuando Gimferrer se llamaba Pedro. Luego, con mayor intimidad, cariño amistoso y atención profesional entre el escritor y su editor barcelonés.
Mucho material informativo, anecdótico y hasta cotilloso se encuentra en estas cartas.
No obstante, para el lector desprevenido o el mero seguidor de la obra paciana, contienen precisiones intelectuales (que en Paz son siempre poéticas y viceversa) de especial interés.
Es cuando Octavio dialoga o interpela a su desconocido y alerta Otro (y lo advierte: «la he escrito como si la escribiera a mí mismo» acepta el 23 de abril de 1967).
Girnferrer interesó a Paz como el único poeta español que sentía contemporáneo.
Más tarde amplió la elección a Gil de Biedma y a Valente.
En todos percibía una reacción contra un anticuado sentimentalismo didáctico y un sentido patrimonial del lenguaje, como si fuera un descuidado coto privado, y no el dominio de la alteridad y la extrañeza.
A veces, siempre en plan decimonónico, caen en lo confesional, como si ignorasen que el poema es un objeto. En castellano, al menos desde el modernismo.
Ambos corresponsales se sentían aislados en medio de una cultura insolidaria, de raíz hispánica, pero que afectaba tanto a Barcelona como a México, más allá de los cambios políticos, que liberalizaron a España y pusieron en violenta crisis el unicato del pro. Los dos anhelaban marcharse.
Paz lo hizo siempre, fijó residencias muy dispares, cercanas o lejanas de México (París, Estados Unidos, la India, Inglaterra).
Girnferrer nunca, y su viaje imaginario lo condujo a redoblar su arraigo en la lengua y las instituciones de Cataluña.
En cualquier caso, resalta la percepción de nuestras sociedades como corporativas y tribales, propensas a la burocratización, la mafia y la guerrilla.
Como siempre en Paz, las observaciones sobre el mundo exterior se mezclan con la introspección y ese tercer mundo, en perpetuo cuestionamiento, que es el comercio con el lenguaje y del lenguaje con sus propios sujetos.
Hay una oscilación entre su apasionado interés por lo actual y el afuera (político, en definitiva) y su fascinación por el más allá.
Como Gide, creyó que el escritor debe vivir contra la corriente, en especial contra sus propios talentos, dones y facilidades.
Al revés del político, no hablar nunca en nombre de nadie, no representar a nadie.
Sólo así sus palabras se liberan y alcanzan sus posibilidades creativas.
Paz se veía a sí mismo –y lo reitera en estas cartas– como un hombre del siglo XX: perdido en un espacio que la tecnología amplió vertiginosamente, sin referencias trascendentes, sin sistemas, sin convicciones inamovibles.
Liberado y, a la vez, desamparado.
Y sin derecho a reclamar un anacrónico amparo a las religiones extintas o los poderes caducados.
Una tensión entre ambos extremos (la modernidad como secularización y la necesidad de un espacio de trascendencia) lo condujo a una suerte de antropología de la contradicción, cuyo escenario obligado pero inconcluyente es la historia.
No una Historia resuelta de antemano por una teleología que convirtiera la trascendencia en código, sino la historia nada más –y nada menos– que como lugar común de la humanidad.
Paz se muestra como un hombre erótico, que rechaza la desdicha y la muerte, y ama voluptuosamente (mejor: venusinamente) la vida, pero la vida como máscara de la muerte, vida en la muerte, vida tentada por la muerte: desaparición, finitud, tiempo.
En esta hondonada del tiempo (una honda nada, si cabe el calembur), el hombre busca, por medio de las iluminaciones (religiosa, erótica, poética) contradecir al tiempo y ser de nunca y siempre, no meramente de ahora (la opción proviene de Eliot).
El hilo rojo que une estas tres experiencias ilurninadoras es, en Occidente es, en Occidente, el lenguaje.
Un ejercicio hipnótico y desazonante de infinita corrección, que sueña con la otra orilla hasta que la encuentra aquí, en la inmediatez, según la figura del místico hindú.
El lenguaje no es algo dado, como ocurre en la comunicación de cada día, sino algo que debe rehacerse cada día, y en ello reside la tarea poética.
Una relación encarnizada con las palabras, dice Paz, una relación con las palabras encarnadas, hechas cuerpo y, en tanto cuerpo humano, cuerpo simbolizado, temporalizado, histórico.
El poema no declara ni ejemplifica un sentimiento o una convicción, porque el lector nunca escucha lo que dice el poeta.
El lector da vida a un poema que es un objeto y, al darle vida, advierte que es un sujeto que lo está interpelando.
En ese sentido, el poema es como una carta.
Quizás esta similitud convirtió a Paz en un excelente corresponsal, porque la carta lo interpelaba a él, desde el lugar imaginario del destinatario, en primer término.
Por si hicieran falta más pruebas, este epistolario demuestra por enésima vez la vivacidad intelectual de Paz, en cualquier edad y en todo trance, aun en los umbrales mismos de su muerte propia y personal.
Paz interrogándose, Paz exigiéndose, Paz sospechando de sí mismo.
En esto, sí, definitivamente, moderno, aun a sabiendas de que ser moderno es coincidir con su tiempo y estar siempre, modernamente, más allá de él, disintiendo de él.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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